Juan José Arreola / LA MIGALA

araña 001a_002 recorte 03.jpg

 

Juan José Arreola

LA MIGALA

La migala discurre libremente por la casa, pero mi capacidad de horror no disminuye.

El día en que Beatriz y yo entramos en aquella barraca inmunda de la feria callejera, me di cuenta de que la repulsiva alimaña era lo más atroz que podía depararme el destino. Peor que el desprecio y la conmiseración brillando de pronto en una clara mirada.

Unos días más tarde volví para comprar la migala, y el sorprendido saltimbanqui me dio algunos informes acerca de sus costumbres y su alimentación extraña. Entonces comprendí que tenía en las manos, de una vez por todas, la amenaza total, la máxima dosis de terror que mi espíritu podía soportar. Recuerdo mi paso tembloroso, vacilante, cuando de regreso a casa sentía el peso leve y denso de la araña, ese peso del cual podía descontar, con seguridad, el de la caja de madera en que la llevaba, como si fueran dos pesos totalmente diferentes; el de la madera inocente y el del impuro y ponzoñoso animal que tiraba de mi como un lastre definitivo. Dentro de aquella caja iba el infierno personal que instalaría en mi casa para destruir, para anular al otro, al descomunal infierno de los hombres.

La noche memorable en que solté a la migala en mi departamento y la vi correr como un cangrejo y ocultarse bajo un mueble, ha sido el principio de una vida indescriptible. Desde entonces, cada uno de los instantes de que dispongo ha sido recorrido por los pasos de la araña, que llena la casa con su presencia invisible.

Todas las noches tiemblo en espera de la picadura mortal. Muchas veces despierto con el cuerpo helado, tenso, inmóvil, porque el sueño ha creado para mí, con precisión, el paso consquilleante de la araña sobre mi piel, su peso indefinible, su consistencia de entraña. Sin embargo, siempre amanece. Estoy vivo y mi alma inútilmente se apresta y se perfecciona.

Hay días en que pienso que la migala ha desparecido, que se ha extraviado o que ha muerto. Pero no hago nada para comprobarlo. Dejo siempre que el azar me vuelva a poner frente a ella, al salir del baño, o mientras me desvisto para echarme en la cama. A veces el silencio de la noche me trae el eco de sus pasos, que he aprendido a oír, aunque sé que son imperceptibles.

Muchos días encuentro intacto el alimento que he dejado la víspera. Cuando desaparece, no sé si lo ha devorado la migala o algún otro inocente huésped de la casa. He llegado a pensar también que acaso estoy siendo victima de una superchería y que me hallo a merced de una falsa migala. Tal vez el saltimbanqui me ha engañado, haciéndome pagar un alto precio por un inofensivo y repugnante escarabajo.

Pero en realidad esto no tiene importancia, porque yo he consagrado a la migala con la certeza de mi muerte aplazada. En las horas más agudas del insomnio, cuando me pierdo en conjeturas y nada me tranquiliza, suele visitarme la migala. Se pasea embrolladamente por el cuarto y trata de subir con torpeza por las paredes. Se detiene, levanta su cabeza y mueve los palpos. Parece husmear, agitada, un invisible compañero.

Entonces, estremecido en mi soledad, acorralado por el pequeño monstruo, recuerdo que en otro tiempo yo soñaba en Beatriz y en su compañía imposible.

Anuncios

Charles D’Ambrosio / La punta

Charles D’Ambrosio

LA PUNTA

NO ME HABÍA PODIDO dormir después de la pesadilla, una pesadilla en la que mi padre y yo comprábamos globos de helio en un circo. Me amarré el mío a uno de los dedos y mi padre ató el suyo alrededor de una habichuela y lo perdió. Después permanecí en la oscuridad, dando vueltas y agitado, despierto por culpa de la arena que había en las sábanas y el alboroto de la sala. Entonces se abrió la puerta y por un momento me encandiló un brillante haz de luz. La fiesta estaba aún en pleno furor y ahora, con la puerta entreabierta y mientras mis ojos se adaptaban, alcancé a ver el humo plateado arremolinándose en la luz y a toda la gente suspendida en él, revoloteando como ángeles en el cielo, una especie de cielo en el que el anfitrión sirve tragos y los hombres fuman cigarros y las mujeres huelen todas a fruta podrida. Todo allí era pura euforia: los hombres reían, el hielo tintineaba, las mujeres chillaban. Una mujer entró, se sentó al borde de la cama y se inclinó sobre mí. Era mi madre. A contraluz se veía como una silueta vaga, amenazante, pero podía oler el lirio de los valles y algo más, la cáscara amarga de limón que siempre masticaba cuando llegaba al fondo aguado de su vodka con tónica. Cuando mi padre estaba vivo, ella rara vez bebía, pero después de que él se pegó un tiro, podría decirse que se soltó del tiso.

“¿Cariño?”, dijo.

“Hola, mamá”, dije.

“Tu vieja madre está borracha, cariño, completamente borracha.”

“Está bien”, dije. Le gustaba confesarme estas cosas, aunque siempre era evidente lo mucho que había bebido. Pero no me importaba. Me consideraba un profesional en estos negocios. “Es una fiesta”, dije sin dramatismo. “Diviértete.”

“Dios mío”, se rio. “No sé a qué horas me puse así.”

“¿Qué quieres, mamá?”

“Sí, cariño”, dijo. “Hay algo que quiero.”

Miró por la ventana, a la luna blanca como una vela más allá de las ramas negras del manzano, y después me miró a los ojos. “¿Qué era lo que quería?” Sus ojos estaban húmedos y surcados de venas rojas. “Vine por algo”, dijo, “pero se me olvidó.”

“Tal vez si vuelves a la fiesta lo recuerdes”, sugerí.

En ese momento la señora Gurney se asomó por la puerta. “¿Y bien?”, dijo desplomándose. La señora Gurney tenía el pelo platinado y estaba muy bronceada —el típico bronceado que las mujeres de por aquí adquieren cuando sus matrimonios comienzan a desmoronarse. Podía ver las vistosas cadenas de oro alrededor del moreno cuello de la señora Gurney titilando en la penumbra antes de ocultarse en el oscuro abismo que se abría entre sus senos.

“Eso era”, dijo mi madre. “La señora Gurney. Está peor que yo. Está realmente jincha… ¿juma? ¿Jumada?”

“Pásame la pantaloneta”, dije.

Me la puse debajo de las cobijas.

Durante años había escoltado a esos viejos ebrios por el arenoso campo de juego y a lo largo de los sinuosos senderos entablados hasta las escaleras blancas de sal de sus casas. Les hacía café, les preparaba tostaditas o les calentaba sobras, buscaba en los botiquines aspirina y vitamina B, les dejaba un vaso de agua en la mesa de noche o en la mesa de centro cuando se desplomaban en el sofá —una vez, incluso, acomodé a un vejestorio en su cama, entre sábanas de seda púrpura. Llevaba a estos borrachos a su casa y les oía sus historias sobre el alma máter, Theta Xi, la repartición de acciones de la Boeing, los Cadillacs, el divorcio, Nembutal, la infidelidad, y a menudo la gente a la que ayudo a llegar a la casa me daba tres o cuatro dólares por oírles todas sus tristes historias. Me imagino que esto es mejor que repartir periódicos. Mi padre, que fue médico militar en Vietnam, me asignó este oficio cuando tenía diez años, y a los trece ya me consideraba todo un veterano, y asumía cada viaje como si fuera una misión.

“Muy bien, señora Gurney”, dije. “Arriba.”

Me tendió la mano y yo se la agarré, me eché hacia atrás y la levanté. Se quedó allí un minuto, meciéndose de aquí para allá como un marinero que llevara tiempo sin tocar puerto.

Mi madre le dio un beso húmedo en los labios y luego le dijo “Apúrate.”

“Estoy borracha”, explicó la señora Gurney. “Totalmente borracha.”

“Salgamos por atrás”, le dije. Nos demoraríamos más si tuviéramos que abrirnos paso por entre la gente, excusándonos y haciendo esas promesas ridículas que los adultos siempre se hacen al final de una fiesta. “Tenemos que repetirlo”, se dicen, como si fuera necesario decirlo. Y yo había notado que, a medida que se terminaba el verano y se acercaba el Día del Trabajo, los adultos adquirían una especie de talante desesperado, pegajoso, como si todo fuera a terminar para siempre y nunca pudieran volver a ver los buenos tiempos. Ahora me doy cuenta, naturalmente, de que el final era simplemente un pretexto para hacer fiestas como locos. El torneo de softball, el derby del salmón, los cocteles, los asados de almejas, las barbacoas, todo sucedería de nuevo. Siempre había sido así y seguiría siéndolo.

En todo caso, salimos por detrás y bajamos la escalera.

Una vez cometí un grave error con un ejecutivo de cuenta retirado, amigo de mi padre. Fred ya estaba caído de la borrachera, de manera que no fueron de mucha ayuda los dos tragos que se tomó camino de la puerta, mientras pedía excusas por su estado, del que nadie se daba cuenta, y ofrecía ruidosamente datos falsos sobre el mercado de la bolsa. Finalmente logré sacarlo, lo arrastré en un carrito y lo dejé caer de culo frente a su casa —suficientemente cerca, supuse— trancado con unos palos para que la marea no lo arrastrara hacia el mar. No fue a dar al mar, pero al subir el mar llegó hasta él, y cuando despertó estaba en una maraña de algas verdes. Afortunadamente no se acordaba de nada —cómo había llegado, dónde estaba, dónde había estado antes—, pero a mí me asustó que un intento más o menos de buena voluntad de mi parte pudiera haber terminado en un enredo tan feo.

Sin embargo, ahora llevaba ya tanto tiempo en este oficio que conocía bien todos los trucos.

La luna estaba llena e inmaculadamente blanca en un cielo negro-azul. El viento se encauzaba por el Pasaje de Saratoga soplando fuerte, soplando al sur, y la señora Gurney y yo luchábamos contra él, avanzando y retrocediendo por el campo de juego. La señora Gurney me estrangulaba con su brazo y avanzábamos tambaleantes. La arena se nos metía en los ojos y nos enceguecía.

“¡Mantenga la cabeza baja, señora Gurney! ¡Yo la guío!”

Se dejó caer sobre la arena haciendo allí un nido como si fuera a poner un huevo. Se desató las sandalias y las arrojó hacia atrás. Me devolví corriendo y les sacudí la arena. La falda le revoloteaba al viento y se le iba a la cara. El cabello plateado, que generalmente mantenía lacado y peinado como un casco, se le abrió y se le astilló como un atado de paja.

“¿Por qué carajos tomé tanto?”, gritó. “Estoy borracha. En serio, Kurt, estoy completamente borracha. No debí haber bebido tanto, maldita sea.”

“Pero lo hizo, señora Gurney”, dije, inclinándome hacia ella. “Ese no es el problema ahora. El problema ahora es cómo llegar a su casa.”

Una cosa sobre estos borrachos: mi opinión es que, a la larga, vale la pena ceñirse estrictamente a la tarea que se tiene entre manos. Vamos a casa, les asegura uno, y mañana todo será diferente. Me he dado cuenta de que si uno se aleja demasiado de la simple meta de llegar a la casa e irse a dormir, se acaba metiendo en un berenjenal innecesario. Comienza uno a oírlos hablar sobre su miserable existencia, y de un momento a otro lo más importante en el mundo es arreglarlo todo ahí mismo. Hay ciertas cosas en la vida que no se pueden reparar, como le pasó a mi padre, y eso siempre es triste, pero creo que no hay nada en la vida que se pueda arreglar bajo la influencia de media docena de cocteles.

Bueno, no todo el mundo en La Punta era un bebedor empedernido. Pero los que no lo eran, la gente que evaluaba con precisión su capacidad y equilibraba de acuerdo con ello su consumo, la gente que nunca se perdía, que nunca se desplomaba entre las matas, o que, a la deriva por entre el laberinto de estrechos tablados desistía de buscar su hogar y entraba a cualquier casa vieja de la vecindad —ellos, la gente que nunca hacía estas cosas y sabía lo que quería, nunca necesitó de mi ayuda. Tampoco eran muy amistosos con mi madre, ni participaban en sus parrandas semanales. La Punta estaba como dividida en esa forma —entre los residentes rectos, aptos para la navegación, y los amigos de mi madre, que se volcaban con facilidad.

La señora Gurney vivía una media milla playa arriba en un bungaló lleno de añadidos góticos. Los rumores sobre la señora Gurney eran que, aunque no estaba divorciada, su esposo no la amaba. Saber estas cosas era parte de mi trabajo, algo de lo que no disfrutaba pero que aceptaba como gajes del oficio. Conocía todos los chismes, los rumores, las cambiantes fortunas de los amigos de mi madre. Después de un verano, quisiéralo o no, conocía los trapos sucios de todo el mundo. Pero había desarrollado una percepción sacerdotal de mi posición, y todo lo que me contaban en un arranque disparatado de confesiones etílicas era para mí tan secreto y privilegiado como si lo hubieran dicho en una audiencia privada con el Papa. De todas maneras, esperaba que la señora Gurney se centrara en su objetivo inmediato y no comenzara a hablar sobre lo triste y sola que estaba, o lo cruel que era su marido, o qué iría a ser de nosotros, etc.

El viento mecía los columpios, hacía rechinar las cadenas y azotaba la rasgada bandera que ondeaba a media asta. A comienzos del verano el señor Crutchfield, abogado de seguros, se había caído por la borda y se había ahogado cuando trataba de jalar su trampa de cangrejos. Siempre untaba su caja de carnadas con Mentholatum, lo cual es ilegal, y eso a los cangrejos los enloquecía. Me imagino que, en su codicia, habiendo sobrepasado el límite, no pudo sacar la trampa pero tampoco la quiso perder, y el peso lo arrastró al mar, le dio un ataque al corazón y se ahogó. La corriente lo arrastró hasta Everett antes de que lo encontraran, blanco e hinchado como un pan mojado.

La señora Gurney estaba acuclillada, levantando puñados de arena que dejaba correr por entre sus dedos, y los granos caían como en un reloj de arena.

“¿Señora Gurney? No estamos progresando mucho.”

Se levantó, se agarró de la pierna de mi pantalón, de mi camisa, de mi manga y por fin de mi cuello. Comenzamos a caminar de nuevo. Había una capa de arena suelta y a cada paso nos hundíamos en ella hasta que lográbamos hacer pie en la arena más firme del fondo y avanzábamos con pasitos de bebé. La noche estaba clara y animada de sombras —todo, hasta los más diminutos penachos de maleza que brotaban de la arena, tenía una sombra— y esto profundizaba el mundo, lo hacía parecer más espeso, con capas y más capas, y luego la oscuridad a través de la cual no podía ver nada.

“Tú sabes”, me dijo la señora Gurney, “el problema de estas fiestas es… el problema sobre la bebida es… tú sabes, llegar a estar tan horriblemente perdida es…”. Se detuvo y trató de amasar su cabello salvaje y de volver a ponerlo en su sitio, y al no estarse sosteniendo de otra cosa que de su cabeza, se cayó hacia atrás, de culo en la arena.

Esperé a que terminara la frase y luego renuncié, sabiendo que se había ido para siempre. Noté que su boca estaba manchada de lápiz labial como si fuera un payaso, lo que fijaba sus labios en un gesto de desdén o tal vez en una sonrisa estúpida. Olía diferente de mi madre —a pimienta, pensé, y a bananos. Era más alta que yo, un poco rolliza, y su nariz tenía la misma forma que su cabeza; era como una pequeña réplica pegada en medio de la cara.

Finalmente salimos del campo de juego hacia el entablado que estaba frente al malecón. Había un vagón de madera volcado en la arena. Lo enderecé.

“Vamos, señora Gurney”, dije, señalando el vagón. “A bordo.”

“Estoy bien”, protestó. “De maravilla.”

“Usted no está de maravilla, señora Gurney.”

El vigilante había construido estos vagones con viejas compuertas de lanchas torpederas. Eran pesados, monstruosos y hechos para durar. Cuando uno lograba echarlos a andar, volaban.

La señora Gurney se subió, no sin muchos aspavientos, y cuando finalmente logré que se callara y se sentara, comencé a jalar. Nunca antes la había llevado a su casa, pero en una escala de uno a diez, siendo diez lo más escandaloso, en ese momento le daba a ella más o menos un seis.

Se estiró como Cleopatra flotando Nilo abajo en su barcaza. “Paren el mundo”, cantaba. “Quiero bajarme.”

Recordé vagamente que esa era una canción de la generación de mis padres. Me recordó a mi padre, que una mañana se pegó un tiro en la cabeza —¿ya lo había dicho? Estaba estacionado en la grama que hay sobre La Punta. Oficialmente, la suya fue una muerte accidental y, en efecto, todo el mundo creyó que había estado limpiando su arma; pero una noche mi madre me contó otra cosa. Ella tenía un repertorio de excusas ineptas que ensayó conmigo, pero verla buscando una respuesta y quedándose corta sólo me hizo sentir más triste. Deseé que saliera con algo, más que todo por ella. Mi padre solía decir que aquí todo el mundo era dinky dow, que en patois vietnamita quiere decir “loco”. Después de que papá murió, a veces se me ocurría que mi mamá se estaba volviendo un poco dinky dow.

Me eché hacia adelante, con la cabeza inclinada contra el viento. A estribor el mar estaba negro, con una línea de olas blancas iluminadas por la luna, que se estrellaban sin cesar en la orilla. A lo lejos, podía ver los oscuros promontorios de la isla Hat y la isla misa que surgía del agua como una ballena abriendo surcos y luego, más allá, las luces suaves, azules, indecisas de Everett, en la lejana tierra firme.

Me detuve para tomar un respiro y ya la señora Gurney se había ido. Estaba sentada en el entablado, unas cuantas casas más atrás.

“Mira todas esas casas”, dijo, meciendo los brazos.

“Vamos, señora Gurney.”

“Otro maldito gran verano en La Punta.”

Parecía que el viento refrescaba a la señora Gurney, pero era difícil asegurarlo. A veces los borrachos parecen a punto de despejarse, pero tan pronto como logran equilibrarse, se van para el otro lado y caen en la depresión.

“Pobre Crutchfield”, dijo la señora Gurney. Estábamos de pie frente a la casa del señor Crutchfield. Había una luz encendida en el segundo piso —yo sabía que era la alcoba—, aunque el primer piso estaba oscuro y vacío. “Y Lucy, por Dios, qué tristeza. Ellos se querían, Kurt.” La señora Gurney frunció el ceño. “Se amaban. ¿Y ahora?”

En realidad, los Crutchfield no se habían amado —cosa que sólo yo sabía. Con seguridad la tristeza de Lucy tenía que ver con el hecho de que su esposo había muerto en un estado deplorable, y ahora ella no iba a poder remediarlo. En la mente de Lucy, él siempre andaría por ahí tirando con todo el mundo y ella siempre estaría esperando a que él cambiara y volviera a casa. Después de que él murió, ella divulgó el mito de su reconciliación y todo el mundo se lo creyó, pero yo sabía que era mentira. El señor Crutchfield tenía una enorme sensación de fracaso en relación con su matrimonio. Se culpaba a sí mismo, y probablemente tenía razón. Pero recuerdo una noche al comienzo del verano, en que yo le dije que no había problema, que si no era feliz con Lucy, bien podía andar tirando por ahí. ¿Tú si crees?, me dijo él. Claro, le dije yo. Adelante.

Por supuesto que me podían preguntar: ¿qué podía saber yo? A los trece años no me había ni siquiera besuqueado con una niña, peo nada perdía con darle ánimos.

Estaba borracho, se sentía miserable, y yo tenía un trabajo, un trabajo que consistía en llevarlo hasta su casa y evitar que se compadeciera mucho de sí mismo.

Fue esa noche, la noche en que llevé al señor Crutchfield a su casa, mientras regresaba a la mía, cuando desarrollé la teoría del agujero negro, que me ayudó enormemente en este negocio de manejar borrachos por La Punta. La idea es la siguiente: que a cierta edad aparece en la mitad de la vida un agujero negro que se lo chupa todo, y uno sabe que ahí está para siempre, ese denso espacio negativo, y sin embargo, uno sigue y lucha, y hace plata, y tiene unos cuantos hijos y se agota, y uno hace de cuenta que no está ahí y nunca lo mira de frente, si puede arreglárselas para no hacerlo. Me imaginaba que este agujero negro existe en algún punto justo detrás de uno y también en algún punto justo delante de uno, de manera que uno está siempre dejándolo atrás y entrando en él al mismo tiempo. La cosa espacial no la tenía resuelta todavía, pero eso era lo que me imaginaba. A veces el agujero era sólo un agujerito en la mente, generalmente era vasto, y con frecuencia fluctuaba, latiendo como un corazón, pero siempre estaba allí, y cuando uno se emborrachaba, creyendo escapar, lo notaba todavía más. De todas maneras, cuando descubrí esto, a la manera de un astrónomo que observa el universo, pensé que tenía la clave, y convertí en norma no permitir nunca que alguno de mis borrachos pensara demasiado y cayera hacia adelante o hacia atrás en el agujero negro. Vamos a casa, les decía, eso es todo.

Me pregunté cuantos años podría tener la señora Gurney, y pensé que treinta y siete. Me imaginé que su agujero negro tendría el tamaño de una tapa de alcantarilla.

La señora Gurney se sentó en el casco de una balsa salvavidas volteada. Se metió las manos debajo de la falda y se quitó las medias de nailon, enrollándolas pierna abajo, y luego lanzó al viento las rosquitas negras. Yo las recogí y las embutí en las sandalias.

“Así está mucho mejor”, dijo.

“No estamos lejos, señora Gurney. Estará en su casa en un momento.”

Logró ponerse de pie por sí misma. Pasó ante mí flotando hacia el mar. Una maraña fantasmal de madera gris —viejas cepas de árboles, troncos desprendidos de los botalones, tablas— obstruía el camino, y era demasiado traicionera, pensé, para que ella tratara de escalarla en ese estado de embriaguez. Pero la señora Gurney siguió de largo mientras su cabello estallaba al viento, su falda ondeaba como una vela, y sus brazos se mecían como los de un trapecista en la cuerda floja.

“Señora Gurney”, llamé.

“Quiero…”, comenzó, pero el viento le arrebató las palabras. Después se sentó en un tronco, y cuando llegué, se estaba sosteniendo la cabeza con las manos y vomitaba entre las piernas. El vómito y el espectáculo de los adultos vomitando eran los aspectos desagradables de este oficio. Detestaba ver a la gente en una posición tan abyecta. Sin embargo, después de tres años, ya sabía en qué closet se guardaban los trapeadores y las esponjas y los limpiadores en más de una casa de La Punta.

Le di una palmadita a la señora Gurney en el hombro y le dije: “Está bien, está bien, vomite tranquila. Se sentirá mejor cuando lo haya sacado todo.”

Se atoró y escupió y un rastro de plata quedó colgándole de los labios hasta la arena. “Maldita sea, Kurt. Al diablo con todo.” Levantó la cabeza. “Mírame, sólo mírame, ¿quieres?”

Se veía un poco maltrecha pero bien. Los había visto peores.

“Fúmese un cigarrillo, señora Gurney”, dije. “Cálmese.”

Yo no fumaba —creía que era un hábito repugnante—, pero mi experiencia pasada me había enseñado que un cigarrillo debe saberle bien a la persona que acaba de vomitar. Uno o dos cigarrillos parecen clamar a la gente dándole en qué concentrarse.

La señora Gurney me pasó sus cigarrillos. Saqué uno de la cajetilla y me lo metí en la boca. Rastrillé media docena de fósforos antes de poder encender uno, protegiendo la llama del viento al estilo de las viejas películas de guerra. Di una bocanada. Le pasé el cigarrillo a la señora Gurney, y ella se lo fue fumando abstraída, mirando a lo lejos. Esperé y la dejé fumar en paz.

“Me siento terrible”, gimió la señora Gurney.

“Ya se le pasará, señora Gurney, es que está borracha. Tenemos que llevarla a su casa.”

“Mira mi falda”, dijo.

Cierto, la había ensuciado un poco con su propio vómito, pero no era nada que no pudiera arreglarse con un poco de agua y jabón. Se lo dije.

“¿Cuántos años tengo, Kurt?”, replicó.

Fingí pensar y luego apunté por lo bajo.

“¿Veintinueve? ¡Por Dios!” la señora Gurney miró a través del agua hacia la sombra negra y profunda de la isla Hat, y yo también miré y era notable la forma como la oscuridad se incrustaba entre la oscuridad que la rodeaba.

Pero eso era algo que podría admirar cuando no estuviera de servicio.

“Tengo treinta y ocho años, Kurt”, gritó. “¡Treinta y ocho, treinta y ocho, treinta y ocho!”

La estaba perdiendo. Se acercaba al diez en una escala de diez.

“Dando tumbos en una noche oscura”, dijo, “uno no puede distinguir entre treinta y ocho y cuarenta. ¡Cincuenta! ¡Sesenta!” Botó su cigarrillo, que trazó una alta curva y fue a estrellarse contra un tronco en una explosión de chispas doradas.

“¿A dónde voy, maldita sea?”

“A casa, señora Gurney. Aguante.”

“Me quiero morir.”

Unos cuantos botes se mecían con el viento, y una foca se quejaba en la balsa de buceo, y el viento alejaba sus gritos de nosotros, hacia el sur. Una boya roja titilaba en la arena. La señora Gurney se trepó sobre la maraña de madera y se fue tambaleando por la arena húmeda hacia el mar. Se detuvo en la orilla y por un momento pensé que se iba a lanzar al agua, pero no lo hizo. Se quedó parada en la orilla, con las olas blancas arremolinándose a sus pies, y dejó que la falda le cayera hasta los tobillos. Llevaba debajo una enagua blanca y sedosa, que brillaba como un reflector de bicicleta a la luz de la luna. Caminó por el agua y se acuclilló a limpiarse la falda. Después salió del agua y se estiró en la arena.

“¿Señora Gurney?”

“Todo me da vueltas.”

Tenía los ojos cerrados. Le recomendé que los abriera.

“Eso ayuda”, le dije. “Y siéntese, señora Gurney. Eso también le ayuda.”

“¿A ti también te da vueltas todo?”, preguntó la señora Gurney. “No me digas que le metes mano al bar de tu mamá, Kurt Pittman. No quiero oírlo. Por favor, evítame eso. Jesús, no podría soportarlo. Realmente, no podría soportarlo. Maldita sea, ni se te ocurra decírmelo ¿bueno?”

Nunca en mi vida me había tomado un trago. “Yo no bebo, señora Gurney.”

“Yo no bebo, señora Gurney”, repitió ella. “Tan santurrón.”

Me pregunté qué hora era y hacía cuánto habíamos salido.

“Tú no sabes cómo puede cambiar la vida de un momento a otro”, dijo la señora Gurney. “Qué tan mala puede llegar a ser.”

Al comienzo no dije nada. Estas conversaciones no conducen a ninguna parte. La señora Gurney estaba borracha y beligerante. Estaba buscando un enemigo. “Tenemos que llegar a su casa, señora Gurney”, dije. “Esa es mi única preocupación.”

“Tu única preocupación”, dijo la señora Gurnay, imitándome de nuevo. “Qué suerte.”

Me quedé allí, detrás de la señora Gurney. Estaba cansado, pero si me sentaba en la arena, la señora Gurney creería que donde estábamos estaba bien, y no era así. Teníamos que superar esta etapa, esta difícil etapa de arrastrarse por la arena y sentirse deprimida, e irnos a dormir.

“Así no llegaremos a ninguna parte”, dije.

“Tengo la boca de algodón”, dijo la señora Gurney. Movía la boca como un pescado. Y estaba temblando. Se agarró las rodillas y escondió la cabeza entre las piernas, tratando de enroscarse como un gusano.

“Kurt”, dijo la señora Gurney mirándome, “¿crees que soy hermosa?”

Pasé las sandalias a la otra mano. Primero contaré lo que dije; luego, lo que estaba pensando. Dije que sí, y lo dije inmediatamente. ¿Por qué? Porque me daba cuenta de que las preguntas que no obtienen una respuesta inmediata caen en el silencio y nunca son respondidas. Se las chupa el agujero negro. Ya me había dado cuenta de esto y sabía que el truco era cerrar el resquicio en la mente de la señora Gurney, suprimir el silencio fantasmal entre la pregunta y la respuesta. Ahí estaba ella, borracha, enferma, temblorosa, sin amor, sentada en la arena y preguntándome, a mí, un simple muchacho, si yo creía que era hermosa. Dije que sí, porque sabía que eso no le haría daño a ella, y a mí no me costaba nada, aunque esa no era realmente mi respuesta. La respuesta estaba en la inmediatez, en la velocidad de mi contestación, despojada de toda incertidumbre y vacilación.

“Sí”, dije.

La señora Gurney se volvió a tender en la arena. Se desabotonó la blusa y se desabrochó el sostén.

Escudriñé la oscuridad y fijé los ojos en un remolcador que arrastraba una barcaza hacia el norte, a través del Pasaje, hacia los San Juanes.

La señora Gurney se sentó. Se deshizo de la blusa y se despojó del sostén y los arrojó contra el viento. De nuevo, recogí sus cosas de donde habían caído, puse el bulto a mi lado y esperé.

“Así está mejor”, dijo la señora Gurney arqueando la espalda, y estiró las manos en el aire, moviéndolas como si fuera una especie de dignatario en un desfile. “Cuando el viento sopla, es como si un espíritu te estuviera lavando.”

“Debemos irnos, señor Gurney.”

“Siéntate, Kurt, siéntate”, dijo palmoteando sobre la arena húmeda. La huella de su mano permaneció allí por unos pocos segundos, después de aplanó y desapareció. La marea estaba subiendo rápidamente, y estaría alta hasta la noche, con la luna llena.

Me agazapé a poca distancia.

“¿Así que crees que soy hermosa?”, dijo la señora Gurney. Miró hacia adelante, sin fijarse en mí, dejando que sus palabras flotaran en el viento.

“No es asunto de belleza o no belleza, señora Gurney.”

“¿No?”

“No”, dije. “Sé que su esposo no la ama, señora Gurney. Ese es el problema.”

“Belleza”, cantó.

“No. Como dicen, la belleza está en el ojo del espectador. Usted ya no tiene un espectador, señora Gurney.”

“La luna y las estrellas”, dijo, “el viento y el mar.”

Viento, mar, estrellas, luna: estábamos en un territorio inexplorado y la culpa era mía. Había permitido  que nos apartáramos de nuestra meta, y ahora ya ni siquiera la veía. Tenía que retomar el curso, o acabaríamos hablando de Dios.

“Vístase, señora Gurney, está haciendo frío. Eso no es bueno. Vamos a casa.”

Se agarró las rodillas y se meció adelante y atrás. Se quejó. “Es tan lejos.”

“No es lejos”, dije. “Se ve desde aquí.”

“Un día te voy a dejar todo esto”, dijo la señora Gurney moviendo los brazos en círculos, señalando todo lo que había en el mundo. “Cuando lo herede de mi esposo, después del divorcio, te lo dejaré a ti. Es una promesa, Kurt. En serio. Lo pondré en mi testamento. Recibirás una llamada. Recibirás una llamada y sabrás que he muerto. Pero tú estarás feliz, muy feliz, porque todo esto será tuyo.”

Su casa estaba a escasos cien metros. Una mangaveleta llena del aire que la atravesaba, se agitaba de un lado a otro en lo alto de un poste blanco. Sus dos niños se habían estado quedando en la ciudad durante casi todo el verano. Yo no sabía si habían venido este fin de semana. Ella había dejado encendida la luz de la entrada.

“Quisieras tener esto, ¿no es cierto?”, preguntó la señora Gurney.

“No es el momento de discutirlo”, dije.

La señora Gurney se acostó en la arena. “Las estrellas tienen colas”, dijo. “Cuando dan vueltas.”

Miré hacia arriba. A mí me pareció que estaban fijas en su sitio.

“La primera vez que me enamoré tenía catorce años. Me enamoré cuando tenía quince, me enamoré cuando tenía dieciséis, diecisiete, dieciocho. Me enamoré una y otra vez”, dijo la señora Gurney. “Eventualmente esto me llevó al matrimonio.” Se aplastó una manotada de arena mojada en el pecho. “Es tan estúpido. ¿Sabes dónde lo conocí?”

Pensé que se refería a Jack, al señor Gurney. “No”, le dije.

“En una cancha de golf, ¿puedes creerlo?”

“¿Usted juega golf, señora Gurney?”

“¡No! Maldita sea, no.”

“¿Y Jack?”

“Tampoco.”

No podía ayudarla: esta es la clase de historias que no tienen sentido y que a los borrachos les gusta repetir. Llevaba tres años oyendo las mismas historias cada verano, la clase de historias que todos creen que son muy especiales sin darse cuenta de que todo el mundo cuenta casi lo mismo, sin darse cuenta de que todas se mezcal unas con otras, rezuman una en la otra.

“Tengo sed”, dijo la señora Gurney. “Me hace falta mi casa.”

“Ya estamos cerca”, dije.

“Eso no es lo que quiero decir”, dijo ella. “Tú no sabes lo que quiero decir.”

“Tal vez no”, dije. “Por favor, póngase la blusa, señora Gurney.”

“Me voy a matar”, dijo la señora Gurney. “Me voy a casa y me voy a matar.”

“Eso no la va a llevar a ninguna parte.”

“Van a ver.”

“Lo único que lograría es estar muerta, señora Gurney. Entonces la olvidarán.”

“A Crutchfield no lo han olvidado. Pobre Crutchfield. La bandera está a media asta.”

“Este año”, dije. “El próximo año estará donde siempre ha estado.”

“Mis niños no olvidarán.”

Eso era cierto, pensé, pero no quería entrar en esa discusión.

La señora Gurney se sentó. Sacudió violentamente la cabeza, y le salió arena. Entonces se levantó, tambaleándose. Le alcancé la blusa, mirando al suelo. Meneó los dedos de los pies y los enterró en la arena.

“Mírame”, dijo la señora Gurney.

“Preferiría no hacerlo, señora Gurney”, dije. “Mañana usted se alegrará de que no lo haya hecho.”

Por un momento no hablamos, y en ese espacio vacío se precipitaron el viento, las olas, el quejido de la foca en la balsa de buceo. Miré hacia arriba, a los ojos de la señora Gurney que eran verde oscuros, y estaban flotando entre lágrimas. Me miró pero vagamente y me pregunté qué veía.

Tenía la impresión de que el primero que pestañeara perdería.

Me quitó la blusa de las manos.

Miré.

Yo no tenía experiencia en esto, pero sabía que lo que estaba mirando no era carne joven. Los senos le colgaban como sacos de arena mojada, desplomándose hacia los lados. Pensé que eran enormes, aunque no tenía con qué compararlos. Tenían largas cicatrices blancuzcas como si un hombre salvaje o un oso la hubieran arañado. Los pezones se veían morados a la luz de la luna, y fruncidos por el viento frío. Las cadenas doradas y serpenteantes le brillaban en la oscuridad del cuello, y la V del bronceado hacía que todo lo demás pareciera asombrosamente blanco. La piel bronceada de su pecho se veía como un pergamino, como la página amarillenta y ajada de algún texto antiguo, tal vez la Biblia o la Constitución —la copia original o incluso el borrador.

La señora Gurney se echó la blusa sobre los hombros y la dejó aletear al viento. Se le fue volando por la playa. Suspiró. Después se acercó y se inclinó hacia mí. Podía olerla —la pimienta, los bananos.

“Señora Gurney”, dije. “Vámonos ya.” La marea estaba tan alta que podíamos sentir la espuma blanca de las olas alrededor de los pies. Las olas que retrocedían arrastraban su blusa hacia el mar, y las que venían la devolvían. Se quedó allí en la orilla, remojándose. Nos miramos a los ojos. Incluso así de cerca, no había nada familiar en los de ella; eran vidriosos, oscuros y sin expresión.

En ese momento, estoy seguro, sus manos rozaron el frente de mi pantaloneta. No recuerdo muy bien en qué estaba pensando o si pensaba en algo. Y esto, el no haber estado pensando con claridad, pudo haber sido mi ruina. ¿Qué hay allá afuera que nos indique el camino recto? Hubiera podido caer del todo. Me hubiera podido hundir en ese instante. Conocía todas las palabras para nombrarlo y todas eran cortas y brutales. Joder, tirar, clavar. Una voz me dijo que podía hacerlo impunemente. ¿Quién se va a dar cuenta? Preguntó la voz. Dale, siguió diciendo. Yo conocía la voz, sabía que era la misma voz que le había dicho al señor Crutchfield que le diera, que tirara con quien quisiera. Estábamos solos, allá afuera no había más que la luna y el mar. Miré a la señora Gurney, la miré a los ojos, y vi dos líneas negras que brotaban de ellos y rodaban en líneas locas por sus mejillas.

Sentí que debía ser galante o tierno y besar a la señora Gurney. Sentí que debía decir algo, después sentí que debía quedarme callado. El momento parecía estar suspendido en el aire, como si todo fuera frágil, como si sólo el silencio le diera consistencia.

Nos alejamos de la orilla y de la marea por la playa, y la arena bajo la superficie aún conservaba algo del calor del día.

Me quité la camiseta. “Póngasela”, le dije.

Ella se la puso al revés, y yo recogí las sandalias, las medias y el sostén. Nos quedamos callados. Seguimos nuestro camino por la arena, sobre la maraña de palos arrojados a la playa, con el viento empujándonos desde el norte.

Cruzamos el entramado y yo sostuve a la señora Gurney por el codo mientras subíamos las escaleras de su casa. Adentro encontré la aspirina, serví un vaso de cidra y se lo llevé a la cama donde ya se había enroscado bajo una pesada frazada mexicana. Parecía como si estuviera durmiendo debajo de una alfombra. “Tengo sed”, dijo y se tomó la aspirina con el jugo. Había una lámpara encendida. El cabello platinado de la señora Gurney se desparramó sobre la almohada, con chuzos como los radios de una bicicleta. Me arrodillé al lado de la cama, y ella me tocó la mano y entreabrió los labios como para hablar, pero yo le apreté la mano y sus ojos se cerraron. Pronto estuvo dormida.

Cuando bajaba las escaleras, sus dos hijos, Mark y Timmy, salieron de su alcoba y me miraron desde el rellano.

“¿Ya llegó mamá?”, preguntó Timmy que tenía tres años.

“Sí”, dije. “Está acostada, está dormida.”

Se quedaron allí en el rellano iluminado, parpadeando y frotándose los ojos, y yo me quedé parado más abajo en las escaleras, en la oscuridad.

“¿Dónde está la niñera?”, pregunté.

“Se quedó dormida”, dijo Timmy.

“Ustedes, niños, también deberían estar dormidos.”

“No me puedo dormir”, dijo Timmy. “Cuéntame un cuento.”

“No me sé ningún cuento”, dije.

Cuando regresé y entré a la casa, la luz brillante y el humo me hicieron arder los ojos. La sala estaba llena de gente, pero yo conocía a todo el mundo —loa Potters, los Shanks, los Capstands, etc. Había un ruidaje frenético; alguien le había dado cuerda a la vitrola, y de uno de los viejos discos de mi abuelo salían oleadas de estática que inundaban el cuarto. Podía ver en la repisa de la chimenea, a través de las nubes de humo, el altar que mi madre le había levantado a mi padre: su Estrella de Plata y el Corazón Púrpura que recibió en Lao Bao, hacia arriba, por Khe Sanh, cerca de la zona desmilitarizada en donde sirvió como médico. Su diploma de la escuela de medicina colgaba torcido de un clavo. La pelota que atrapó en un juego de béisbol, sus anteojos, una navaja de bolsillo, el estetoscopio, un juramento hipocrático enmarcado con serpientes enrolladas alrededor de lo que parecía un poste de barbero. Vi a mi madre revolotear por la cocina con una coctelera de plata, que sacudía como si fuera un instrumento de percusión. Se paseaba como un animal enjaulado, sacudiendo hielo picado en la coctelera. El ruido de la fiesta me impedía oír alguna voz específica. Me quedé allí un rato. Nadie parecía haber notado mi presencia hasta cuando Fred, como una cuba, levantó su vaso vacío en el aire y dijo “¡Hola, Capitán!”

Entré a la cocina. Mi madre dejó la coctelera y me miró. La abracé y le dije: “Volví.”

Después me fui para mi alcoba y destendí la cama. Saqué las sábanas por la ventana y sacudí la arena. Volví a ponerlas en la cama y me acosté, pero no me pude dormir. Me levanté y saqué una de las viejas cartas de mi padre de debajo del colchón. Salí por la puerta de atrás. Era una de esas noches de La Punta en las que el viento que sopla, las olas que se rompen en líneas blancas contra la orilla, la arena molida, las siluetas amontonadas de las casas lavadas por la luna, el golpeteo de las boyas, en las que todo esto parece haber estado sucediendo durante mucho, mucho tiempo, y uno siente que la eternidad lo está mirando. Me senté en el columpio. La carta estaba un poco rota en los dobleces, y la abrí con cuidado, buscando la luz de la luna. Estaba fechada en 1966 y dirigida a mi madre. La letra era borrosa y difícil de distinguir.

Primero que todo, las viejas noticias: gracias por la corbata. No sé cuándo podré usarla, pero gracias. Ahora mis noticias. Me hirieron, pero no te preocupes. Estoy bien.

Desde hace varios días han desplegado una compañía en el perímetro de este pueblo —corría el rumor de que los campos habían sido minados por el Vietcong. Los hombres trabajan con tanques —tanques de película que se mueven hacia adelante y hacia atrás sobre un campo como podadoras de césped gigantes. Despejan el camino haciendo explotar las minas. Generalmente las minas del Vietcong son antipersonales, y la idea es que los tanques deberían activarlas y absorber las explosiones. Los tanques resisten los estallidos fácilmente y adentro los hombres están a salvo. Una operación de libro. Fácil. Ayer hicieron explotar doce minas. Quién sabe cómo llegaron hasta allá.

Tomó varios días despejar el perímetro. Anoche creyeron que habían terminado. Pero cuando los hombres estaban saltando de los tanques, uno de ellos cayó directamente sobre una mina. Yo fui el primer médico en llegar. Sus pies y sus piernas habían volado, volado hasta el nivel de la ingle. Nunca había visto algo tan terrible, pero esto es lo que recuerdo con más claridad: una pieza de metralla había perforado su lata de crema de afeitar y un chorro de espuma blanca se elevaba metro y medio por el aire. La sangre se regaba por todas partes, y ese surtidor blanco salía de su espalda haciendo un arco. La presión dentro de la lata no dejaba de silbar. El muchacho podía tener unos diecinueve años. “Doctor, estoy vuelto nada”, dijo. Llamé a una unidad de evacuación. Comencé a aplicarle compresas, después vi que sus ojos se cerraron y traté de revivirlo con un masaje cardiaco. El muchacho murió antes de que la crema de afeitar hubiera terminado de regarse.

Todo quedó misteriosamente tranquilo, considerando el estrago, y de un momento a otro la zona liberada se puso caliente y comenzaron a dispararnos: quince minutos de artillería y fuego de mortero; después, tranquilo otra vez. Nada, absolutamente nada. Recibí un fragmento de metralla en la espalda, pero no te preocupes. Estoy bien, aunque no tendré ocasión de ponerme esa corbata pronto. Ni siquiera supe que estaba herido hasta que sentí la sangre, y aun entonces creí que era de alguien más.

Es curioso, pero no sentí miedo durante los quince minutos de la acción. Generalmente no hay mucho contacto con el enemigo. A veces no se ve un solo Vietcong. Pasan los días sin contacto alguno. Uno sabe que están ahí, pero nunca los ve. Sólo las minas y las bombas. Yo no soy más que un médico y mi contacto con el enemigo casi nunca es directo —lo que veo son los hombres heridos y los muertos, los cadáveres. Veo la destrucción y he comenzado tanto a temer como a odiar a los vietnamitas —aun aquí, en Vietnam del Sur, no sé de qué lado están. Visito todos los días un pueblo cercano y ayudo al médico local a vacunar a los niños. La mañana después del ataque, sentí que la gente del pueblo se reía de mí porque sabía que un americano había muerto. Ayer volví al mismo pueblo. Todo estaba tranquilo, cada cual en lo suyo, como siempre, y yo me quedé ahí parado, rodeado de borrachines, pensando en aquel muchacho muerto, y por un momento sentí la necesidad de emparejar la cuenta en alguna forma.

No sé lo que digo,  cariño. Soy un médico, entrenado para salvar vidas. Todos los días estoy más cerca de la muerte que la mayor parte de las personas, excepto en su último segundo sobre la tierra. Este es un mundo de dolor —esa es la expresión que usamos— y aquí pasan cosas, cosas que uno no puede guardarse. He visto lo que pasa a los hombres que tratan de hacerlo. Lo que han visto y lo que han hecho los consume, se vuelven obsesivos y lentamente pierden de vista el trabajo que se supone que deben hacer. No tengo clara prueba de esto, pero creo que los hombres en estas condiciones se exponen al ataque. Uno tiene que hablar de las cosas, tenerlo todo muy claro en la mente. Tengo la suerte de tener aquí a un compañero que también ha estado bajo fuego, y entiende lo que estoy sintiendo. Eso ayuda.

Lamento escribir así, pero en tu carta decías que querías saberlo todo. No está en mi poder decir lo que esta guerra significa para ti o para cualquiera allá en casa, pero puedo describir lo que sucede y, si quieres seguiré haciéndolo. Para mí, por lo menos, es una tranquilidad saber que hay alguien allá lejos que realmente no puede comprender, y que espero que nunca pueda hacerlo. Pronto escribiré de nuevo.

Con amor,

Henry.

Yo había sacado esta carta de una caja que mi madre guardaba en su alcoba, bajo la cama. Había otras clases de cartas, cartas sobre el amor y la familia y el trabajo, pero no creí que mi madre echara de menos esta que era sólo sobre la guerra. Mi padre nunca habló mucho sobre su permanencia en Vietnam, pero lo hacía cuando se le preguntaba. En consideración a esto, yo estaba enterado de las redadas Zippo, los códigos luminosos, las minas asesinas, las granadas de fragmentación, las mochilas explosivas y demás. Y cuando estaba furioso, o triste, mi padre salpicaba su lenguaje con jerga que se le había prendido, como titi, que quiere decir “pequeño”, y didi mow, que quiere decir “apúrese”, y xin loi, que quiere decir “lo siento”.

Guardé la carta. Me columpié con fuerza, y subí, después bajé, subí y bajé, mirando y luego sin mirar. Cuando el columpio estuvo lo suficientemente alto, me dejé ir y navegué por el aire libre antes de caer en una explosión de arena blanda. Me quité la arena de los ojos. Los ojos se me aguaron, y todo se puso borroso. El viento volcaba y arrratraba las cosas. Una sombrilla de playa a rayas rodaba por el campo de juego, dando vueltas como un trompo. Una sábana de la tendedera de alguien aleteó hasta que se soltó y salió volando. Pensé en mi pesadilla, en el globo de mi padre amarrado a una habichuela. Miré hacia el cielo, y estaba negro, con alguna luz. Había estrellas, millones de estrellas como agujeritos en algo, y la luna, como un agujero más grande en la misma cosa. Agujeros blancos. Pensé en la señora Gurney y en sus ojos en blanco y en lo negro que salía de ellos. ¿Fue el viento, una ráfaga súbita, la que me empujó y me rozó los pantalones? Sucedió tan rápidamente. ¿Había tratado de tocarme? ¿Lo había hecho? Me estiré en la arena. El viento me puso la carne de gallina. Temblando, escuché. De la casa, me llegaba el sonido de hombres que reían, de hielo que tintineaba, de mujeres que chillaban. Allí todo seguía frenético. Nunca podría dormirme. Decidí permanecer despierto. Todos se irían a sus casas, pero hasta entonces yo esperaría afuera.

Me quedé allí, muy quieto. Me sacudí un poco de arena. Esperé.

Fui yo quien encontré a mi padre esa mañana. Había ido a sacar un poco de creosota del baúl de su carro. Era una mañana fría y húmeda, como las que tenemos habitualmente, y en la pradera sobre el estacionamiento había una familia de ciervos rumiando, mirando alrededor, toda inocencia. Y allí estaba, sentado en el carro. Abrí la puerta del lado pasajero. Al comienzo, los ojos como que se separaron del cerebro, y lo vi todo muy despacio, como en una película o como algo lejano que no le está pasando a uno. Se había volado parte de la cara. Uno de los ojos miraba fijamente hacia afuera. Todavía respiraba, pero sus pulmones trabajaban como si se hubiera tragado un metro de cascajo o de arena. Se sacudía. Le toqué su mano y sus dedos se enroscaron alrededor de los míos, agarrándolos, pero eran sólo los nervios, una antigua reacción o algo, porque su cerebro ya estaba muerto. Mi imaginación se disparó cuando él me agarró. Supe en seguida que un muerto me había agarrado. Hui. Corrí. En casa traté de hablar, pero no había palabras. Comencé a golpear las paredes y a patear los muebles y a quebrar cosas. No podía ver, oía que caía. Corrí alrededor de la casa cogiéndome la cabeza y jalándome el pelo. Eventualmente mi madre me alcanzó. Yo sólo señalé hacia el carro. Mi padre me hace falta, entiéndanme, me hace falta tenerlo a mi lado para que me diga lo que está bien y lo que está mal, o para hablar de boom-boom, o sea de sexo, o para ir a pescar salmón por los lados de la isla Hat, y no preocuparme por nada en ningún sentido. Pero también quiero decir que nunca más quiero ver lo que vi aquella mañana. Nunca, mientras viva, quiero encontrarme a otra persona muerta. Ya ni siquiera era una persona, era sólo una cosa reventada, basura aplastada. Parte de su cabeza había volado, y había sangre y pelo y hueso salpicados en el parabrisas. Parecía como si hubiera pasado con el carro a través de algo terrible, como si necesitara usar los limpiabrisas, poner las plumillas a toda velocidad y limpiarlo todo, excepto que las plumillas no le iban a servir de nada porque todo el horror estaba por dentro.

Anton Chejov / La señora del perrito

 

Anton Chejov

LA SEÑORA DEL PERRITO

UNO

Un nuevo personaje había aparecido en la localidad: una señora con un perrito. Dmitri Dmitrich Gurov, que por entonces pasaba una temporada en Yalta, empezó a tomar algún interés en los acontecimientos que ocurrían. Sentado en el pabellón de Verney, vio pasearse junto al mar a una señora joven, de pelo rubio y mediana estatura, que llevaba una boina; un perrito blanco de Pomerania corría delante de ella.

Después la volvió a encontrar en los jardines públicos y en la plaza varias veces. Caminaba sola, llevando siempre la misma boina, y siempre con el mismo perrito; nadie sabía quién era y todos la llamaban sencillamente «la señora del perrito».

«Si está aquí sola, sin su marido o amigos, no estaría mal trabar amistad con ella», pensó Gurov.

Aún no había cumplido cuarenta años, pero tenía ya una hija de doce y dos hijos en la escuela. Se había casado joven, cuando era estudiante de segundo año, y por entonces su mujer parecía tener la mitad de edad que él. Era una mujer alta y tiesa, de cejas oscuras, grave y digna, y como ella misma decía, intelectual. Leía mucho, usaba un lenguaje rebuscado, llamaba a su marido no Dmitri, sino Dimitri, y él en secreto la consideraba falta de inteligencia, de ideas limitadas, cursi. Estaba avergonzado de ella y no le gustaba quedarse en su casa. Empezó por serle infiel hacía mucho tiempo -le fue infiel bastante a menudo-, y, probablemente por esta razón, casi siempre hablaba mal de las mujeres; y cuando se tocaba este asunto en su presencia, acostumbraba llamarlas «la raza inferior». Parecía estar tan escarmentado por la amarga experiencia, que le era lícito llamarlas como quisiera, y, sin embargo, no podía pasarse dos días seguidos sin «la raza inferior». En la sociedad de hombres estaba aburrido y no parecía el mismo; con ellos se mostraba frío y poco comunicativo; pero en compañía de mujeres se sentía libre, sabiendo de qué hablarles y cómo comportarse; se encontraba a sus anchas entre ellas aunque estuviese callado. En su aspecto exterior, su carácter y toda su naturaleza, había algo de atractivo que seducía a las mujeres predisponiéndolas en su favor; él sabía esto, y diríase también que alguna fuerza desconocida lo llevaba hacia ellas.

La experiencia, a menudo repetida, la cruda y amarga experiencia, le había enseñado hacía tiempo que con gente decente, especialmente gente de Moscú -siempre lentos e irresolutos para todo-, la intimidad, que al principio diversifica agradablemente la vida y parece una ligera y encantadora aventura, llega a ser inevitablemente un intrincado problema, y con el tiempo la situación se hace insoportable. Pero a cada nuevo encuentro con una mujer interesante, esta experiencia se le olvidaba, sentía ansias de vivir, y todo lo encontraba sencillo y divertido.

Una noche que estaba comiendo en los jardines, la señora de la boina llegó lentamente y se sentó a la mesa de al lado. La expresión de su rostro, su aire, el vestido y el peinado, le indicaron que era una señora, que estaba casada, que se encontraba en Yalta por primera vez y que estaba triste… Las historias inmorales, que se murmuran en sitios como Yalta, son la mayor parte mentira; Gurov las despreciaba, sabiendo que tales historias eran inventos, en su mayor parte, de personas que hubieran pecado tranquilamente, de haber tenido ocasión; pero cuando la señora del perro se sentó a la mesa de al lado, a tres pasos de él, recordó esas historias de conquistas fáciles, de excursiones a las montañas, y el tentador pensamiento de una dulce y ligera aventura amorosa, una novela con una mujer desconocida, cuyo nombre le fuese desconocido también, se apoderó súbitamente de su ánimo.

Llamó cariñosamente al pomeranio, y cuando el perro se acercó a él lo acarició con la mano. El pomeranio gruñó; Gurov volvió a pasarle la mano.

La señora miró hacia él bajando en seguida los ojos.

-No muerde -dijo, y se sonrojó.

-¿Le puedo dar un hueso? -preguntó Gurov; y como ella asintiera con la cabeza, volvió a decir cortésmente-. ¿Hace mucho tiempo que está usted en Yalta?

-Cinco días.

-Yo llevo ya quince aquí.

Un corto silencio siguió a estas palabras.

-El tiempo pasa de prisa, y sin embargo, ¡es tan triste esto! -dijo ella sin mirarlo.

-Es que se ha puesto de moda decir que esto es triste. Cualquier provinciano viviría en Belyov o en Lhidra sin estar triste, y cuando llega aquí exclama en seguida: «¡Qué tristeza! ¡Qué polvo!» ¡Cualquiera diría que viene de Granada!

Ella se echó a reír. Luego, ambos siguieron comiendo en silencio, como extraños; pero después de comer pasearon juntos y pronto empezó entre ellos la conversación ligera y burlona de dos personas que se sienten libres y satisfechas, a quienes no importa ni lo que van a hablar ni hacia dónde han de dirigirse. Pasearon y hablaron de la luz tan rara que había sobre el mar; el agua era de un suave tono malva oscuro y la luna extendía sobre ella una estela dorada. Hablaron del bochorno que hacía después de un día de calor. Gurov le contó que había venido de Moscú, en donde tomó el grado en Artes, pero que era empleado de un banco; que había estado como cantante en una compañía de ópera, abandonándola luego; que poseía dos casas en Moscú…

De ella supo que había sido educada en San Petersburgo, pero vivía en S. desde su matrimonio, hacía dos años, y que todavía pasaría un mes en Yalta, donde se le reuniría tal vez su marido, que también necesitaba unos días de descanso. No estaba muy segura de si su marido tenía un puesto en el Departamento de la Corona o en el Consejo Provincial, y esta misma ignorancia parecía divertirla.

También supo Gurov que se llamaba Ana Sergeyevna.

Más tarde, una vez en su cuarto, pensó en ella; pensó que volvería a encontrársela al día siguiente; sí, necesariamente se encontrarían. Al acostarse recordó lo que ella le contara de sus sueños de colegio: había estado en él hasta hacía poco, estudiando lecciones como una niña. Y Gurov pensó en su propia hija. Recordaba también su desconfianza, la timidez de su sonrisa y sus modales, su manera de hablar a un extraño. Debía ser ésta la primera vez en su vida que se encontraba sola, examinada con curiosidad e interés; la primera vez también que al dirigirse a ella creyó adivinar en las palabras de los demás secretas intenciones… Recordó su cuello esbelto y delicado, sus encantadores ojos grises.

«Algo hay de triste en esta mujer», pensó, y se quedó dormido.

DOS

Una semana había pasado desde que hicieron amistad. Era un día de fiesta. Dentro de las casas hacía bochorno, mientras que en la calle el viento formaba remolinos de polvo y tiraba el sombrero a los transeúntes. Era un día de sed, y Gurov entró varias veces en el pabellón y ofreció a Ana Sergeyevna jarabe y agua o un helado. Nadie sabía qué hacer.

Por la tarde, cuando el viento se calmó un poco, salieron a ver venir el vapor. Había muchas personas paseando por el puerto; se habían reunido para recibir a alguien y llevaban ramos de flores. Se notaban allí dos peculiaridades de la gente elegante de Yalta: las señoras mayores iban como muchachas y había muchos generales vestidos de uniforme.

A causa de lo alborotado que estaba el mar, el vapor llegó muy tarde, después de la puesta del sol, y tardó mucho tiempo en atracar al muelle. Ana Sergeyevna miró a través de sus impertinentes al vapor y a los pasajeros como esperando encontrar algún conocido, y al volverse hacia Gurov sus ojos brillaban. Habló mucho y preguntaba cosas desacordes, olvidando al poco rato lo que había preguntado; al hacer un movimiento con la mano dejó caer los impertinentes al suelo.

La gente empezaba a dispersarse; estaba demasiado oscuro para ver las caras de los que pasaban. El viento se había calmado por completo, pero Gurov y Ana Sergeyevna permanecían allí quietos como si esperasen ver salir a alguien más del vapor.

Ella olía en silencio las flores sin mirar a Gurov.

-El tiempo está mejor esta tarde -dijo él-. ¿Dónde vamos ahora?

Ella no contestó.

Entonces Gurov la miró intensamente, rodeó su cuerpo con el brazo y la besó en los labios, mientras respiraba la frescura y fragancia de las flores; luego miró a su alrededor ansiosamente, temiendo que alguien lo hubiese visto.

-Vamos al hotel -dijo él dulcemente. Y ambos caminaron de prisa.

La habitación estaba cerrada y perfumada con la esencia que ella había comprado en el almacén japonés. Gurov miró hacia Ana Sergeyevna y pensó: ¡Cuán distintas personas encuentra uno en este mundo! Del pasado, conservaba recuerdos de mujeres ligeras, de buen fondo algunas, que lo amaban alegremente agradeciéndole la felicidad que él podía darles, por muy breve que fuese; de mujeres, como la suya, que amaban con frases superfluas, afectadas, histéricas, con una expresión que hacía sospechar que no era amor ni pasión, sino algo más significativo; y de dos o tres más, hermosas, frías, en cuyos rostros sorprendió más de una vez destellos de rapacidad, el deseo obstinado de sacar de la vida aún más de lo que ésta podía darles. Eran mujeres irreflexivas, dominantes, faltas de inteligencia y de edad ya madura; cuando Gurov empezaba a mostrarse frío con ellas, esta misma hermosura excitaba su odio, figurándosele que los encajes con que adornaban su ropa eran para él escalas.

Pero en el caso actual sólo había la timidez de la juventud inexperta, un sentimiento parecido al miedo; y todo esto daba a la escena un aspecto de consternación, como si alguien hubiera llamado de repente a la puerta. La actitud de Ana Sergeyevna -«la señora del perrito»- en todo lo sucedido tenía algo de peculiar, de muy grave, como si hubiera sido su caída; así parecía, y resultaba extraño, inapropiado. Su rostro languideció, y lentamente se le soltó el pelo; en esta actitud de abatimiento y meditación se asemejaba a un grabado antiguo: La mujer pecadora.

-Hice mal -dijo-. Ahora usted será el primero en despreciarme.

Sobre la mesa había una sandía. Gurov cortó una tajada y empezó a comérsela sin prisa. Durante cerca de media hora ambos guardaron silencio.

Ana Sergeyevna estaba conmovedora; había en ella la pureza de la mujer sencilla y buena que ha visto poco de la vida.

La luz de la bujía iluminando su rostro mostraba, sin embargo, que se sentía desgraciada.

-¿Cómo es posible que yo llegara a despreciarla? -preguntó Gurov-. No sabe usted lo que dice.

-Dios me perdone -dijo ella; y sus ojos se llenaron de lágrimas-. Es horrible -añadió.

-Parece que necesita usted ser perdonada.

-¿Perdonada? No. Soy una mala mujer; me desprecio a mí misma y no pretendo justificarme. No es a mi marido, es a mí a quien he engañado. Y esto no es de ahora, hace mucho tiempo que me estoy engañando. Mi marido podrá ser bueno y honrado, pero ¡es un lacayo! No sé qué es lo que hace allí ni en lo que trabaja; pero sé que es un lacayo. Yo tenía veinte años cuando me casé con él. He vivido atormentada por un sentimiento de curiosidad; necesitaba algo mejor. Debe de haber otra clase de vida, me decía a mí misma. Sentía ansias de vivir. ¡Vivir! ¡Vivir!… La curiosidad me abrasaba… Usted no me comprende, pero le juro a Dios que llegó un momento en que no pude contenerme; algo fuera de lo corriente debió ocurrirme; le dije a mi marido que estaba mala y me vine aquí… Y aquí he estado vagando de un lado para otro como una loca…, y ahora me veo convertida en una mujer vulgar, despreciable, a quien todos mirarán mal.

Gurov se sintió aburrido casi al escucharla.

Le irritaba el tono ingenuo con que hablaba y aquellos remordimientos tan inoportunos; a no ser por las lágrimas hubiera creído que estaba representado una comedia.

-No la entiendo a usted -dijo dulcemente-. ¿Qué es lo que quiere?

Ella ocultó su rostro en el pecho de él estrechándolo tiernamente.

-Créame, créame usted, se lo suplico. Amo la existencia pura y honrada, odio el pecado. Yo no sé lo que estoy haciendo. La gente suele decir: «El demonio me ha tentado». Yo también pudiera decir que el espíritu del mal me ha engañado.

-¡Chis! ¡Chis!… -murmuró Gurov.

Después la miró fijamente, la besó, hablándole con dulzura y cariño, y poco a poco se fue tranquilizando, volviendo a estar alegre, y acabaron por reírse los dos. Cuando salieron afuera no había un alma a orillas del mar. La ciudad, con sus cipreses, tenía un aspecto mortuorio, y las olas se deshacían ruidosamente al llegar a la orilla; cerca de ella se balanceaba una barca, dentro de la que parpadeaba soñolienta una linterna.

Encontraron un coche y lo tomaron; fueron en dirección de Oreanda.

-Al pasar por el vestíbulo he visto su apellido escrito en la lista: Von Diderits -dijo Gurov-. ¿Su marido de usted es alemán?

-No; creo que su abuelo sí lo era, pero él es ruso ortodoxo.

En Oreanda se sentaron silenciosos en un sitio no lejos de la iglesia y mirando hacia el mar. Yalta apenas era visible a través de la bruma matinal; blancas nubes permanecían quietas en lo alto de las montañas. No se movía una hoja; en los árboles cantaban las cigarras, y sólo llegaba a ellos desde abajo el cavernoso y monótono ruido de las olas hablando de paz, de ese sueño eterno que a todos nos espera. Del mismo modo debía oírse cuando ni Yalta ni Oreanda existían; así se oye ahora, y se oirá con la misma monotonía cuando ya no vivamos. Y en esta constancia, en esta completa indiferencia para la vida y la muerte de cada uno de nosotros, ahí se oculta tal vez la garantía de nuestra eterna salvación, del movimiento incesante de la vida sobre el mundo, del progreso hacia la perfección. Sentado al lado de una mujer joven que en la luz del amanecer parecía tan encantadora, acariciada e idealizada por los mágicos alrededores -el mar, las montañas, las nubes, el cielo azul-, Gurov pensó lo hermoso que es todo en el mundo cuando se refleja en nuestro espíritu: todo, menos lo que pensamos o hacemos cuando olvidamos nuestra dignidad y los altos designios de nuestra existencia.

Un hombre pasó cerca de ellos -un guarda, probablemente-, los miró, y siguió adelante.

Y este detalle les parecía misterioso y lleno de encanto también. Luego vieron un vapor que venía de Teodosia, cuyas luces brillaban confundidas con las del amanecer.

-Hay gotas de rocío sobre la hierba -dijo Ana Sergeyevna después de un silencio.

-Sí. Es hora de volver a casa. Y se volvieron a la ciudad.

Desde entonces volvieron a verse todos los días a las doce; comían juntos, se paseaban, contemplaban el mar. Ella se quejaba de dormir mal, sentía palpitaciones en el corazón; le hacía las mismas preguntas, interrumpidas a veces por celos, otras por el miedo de que Gurov no la respetara bastante. Y a menudo, en los jardines, a orillas del agua, cuando se encontraban solos, él la besaba apasionadamente. Aquella vida reposada, aquellos besos en pleno día mientras miraba alrededor por temor de ser visto, el calor, el olor del mar y el continuo ir y venir de gente desocupada, perfumada, bien vestida, hicieron de Gurov otro hombre. Encontraba a Ana Sergeyevna hermosa, fascinadora, y así se lo repetía a ella. Se volvió impaciente y apasionado hasta el punto de no querer separarse de su lado, y ella, mientras tanto, seguía pensativa y continuamente le decía que no la respetaba bastante, que no la amaba lo más mínimo, y que seguramente pensaría de ella como de una mujer cualquiera. Todos los días a la caída de la tarde se iban en coche fuera de Yalta, a Oreanda o a la cascada, y estos paseos eran siempre un triunfo para ellos; la escena les impresionaba invariablemente como algo magnífico y hermosísimo.

Esperaban al marido, que debía venir pronto; pero un día llegó una carta en la que anunciaba que se encontraba mal y suplicaba a su esposa que volviera cuanto antes. Ana Sergeyevna se preparó, pues, a marcharse.

-Es una buena cosa el que yo me vaya -le dijo a Gurov-. «¡Es el dedo del destino!»

El día de la marcha, Gurov la acompañó en el coche. Cuando llegaron al tren y sonó la segunda campanada, Ana Sergeyevna le dijo:

-¡Déjame mirarte una vez más… otra vez! Así, ya está.

No lloraba, pero en su rostro se reflejaba tal tristeza que parecía enferma, los labios le temblaban.

-Me acordaré de ti siempre…, pensaré siempre en ti -dijo-. Que Dios te proteja; sé feliz. No pienses nunca mal de mí. Nos separamos para no volvernos a ver más; así debe ser, porque nunca debimos habernos encontrado. Que Dios sea contigo, adiós.

El tren partió rápido, sus luces desaparecieron pronto de la vista, y un minuto más tarde no se oía ni el ruido, como si todo hubiera conspirado para hacer terminar lo antes posible aquel dulce delirio, aquella locura. Solo, en el andén, mirando hacia donde el tren desapareció, Gurov escuchó el chirrido de las cigarras, el zumbido de los hilos del telégrafo, y le pareció que acababa de despertarse. Y meditó sobre este episodio de su vida que también tocaba a su fin, y del que sólo el recuerdo quedaba… Se sintió conmovido, triste y con remordimientos. Aquella mujer, que nunca más volvería a encontrar, no fue feliz con él, porque aunque la trató con afecto y cariño, hubo siempre en sus maneras, en sus caricias, una ligera sombra de ironía, la grosera condescendencia de un hombre feliz que, además, le doblaba la edad. Ana Sergeyevna lo llamó siempre bueno, distinto de los demás, sublime a veces…; constantemente se había mostrado a ella como no era en realidad, sin intención la había engañado.

Un vago perfume de otoño se dejaba ya sentir en la atmósfera, hacía una tarde fría y triste.

-Es hora de que me marche al Norte -pensó Gurov al dejar el andén-. ¡Sí, ya es hora!

TRES

En su casa de Moscú lo encontró todo en plan de invierno; las estufas estaban encendidas, y por las mañanas aún era oscuro cuando sus hijos tomaban el desayuno para irse al colegio, tanto que la niñera tenía que encender la luz un rato. Habían empezado las heladas. Cuando cae la primera nieve y aparecen los primeros trineos es agradable ver la tierra blanca, los blancos tejados, exhalar el tibio aliento, y la estación trae a la memoria los años juveniles. Las viejas limas y abedules, cubiertos de escarcha, tienen una expresión simpática y están más cerca de nuestro corazón que los cipreses y las palmas. Junto a ellos se olvidan el mar y las montañas.

Gurov había nacido en Moscú; llegó a él en un bello día de nieve, y al ponerse su abrigo de pieles y sus guantes, al pasearse por Petrovka, al oír el domingo por la tarde el sonido de las campanas, olvidó el encanto de su reciente aventura y del sitio que dejara. Poco a poco se absorbió en la vida de Moscú; leía con avidez los periódicos ¡y declaraba que los leía sin fundamento! En seguida sintió un deseo irresistible de ir a los restaurantes, a los clubes, a las comidas, aniversarios y fiestas; se sintió orgulloso de hablar y discutir con célebres abogados, con artistas, de jugar a las cartas con algún profesor en el club de doctores. Ya podía hasta comer un plato de pescado salado o una col…

Al cabo de un mes, le pareció que la imagen de Ana Sergeyevna había de cubrirse de una bruma en su memoria y visitarlo en sueños de cuando en cuando, con una sonrisa, como hacían otras. Pero pasó más de un mes, llegó el verdadero invierno, y recordaba todo aquello tan claramente como si se hubiera separado de Ana Sergeyevna el día antes. Estos recuerdos, lejos de morir, se avivaron con el tiempo. En la tranquilidad de la tarde, al oír las palabras de los niños estudiando en alta voz, el sonido del piano en un restaurante, o el ruido de tormenta que llegaba por la chimenea, volvía de repente todo a su memoria: lo ocurrido en el muelle la mañana de niebla junto a las montañas, el vapor que volvía de Teodosia y los besos. Gurov se levantaba entonces y paseaba por su habitación recordando y sonriendo; luego, sus recuerdos se convertían en ilusiones, y en su fantasía el pasado se mezclaba con el porvenir. Ana Sergeyevna no lo visitaba ya en sueños, lo seguía por todas partes como una sombra, como un fantasma. Al cerrar los ojos la veía como si estuviese viva delante de él, y Gurov la encontraba más encantadora, más joven, más tierna de lo que en realidad era, imaginándosela aún más hermosa de lo que estaba en Yalta. Por la tarde, Ana Sergeyevna lo miraba desde el estante de los libros, desde el hogar de la chimenea; desde cualquier rincón oía su respiración y el roce acariciador de sus faldas. En la calle miraba a todas las mujeres buscando alguna que se pareciese a ella.

Un deseo intenso de comunicar a alguien sus ideas lo atormentaba. Pero en su casa era imposible hablar de su amor, y fuera de ella tampoco tenía a nadie; ni a sus compañeros de oficina ni a ninguno en el banco podía contárselo. ¿De qué iba a hablar entonces? Pero ¿es que había estado enamorado? ¿Hubo algo de poético, de edificante, simplemente de interés en sus relaciones con Ana Sergeyevna? Y todo se le volvía hablar vagamente de amor, de mujer, y nadie sospechaba nada; sólo su esposa fruncía el entrecejo y decía:

-No te va el papel de conquistador, Dimitri.

Una tarde, al volver del club de doctores con un oficial, con el que había estado jugando a las cartas, no se pudo contener y le dijo:

-¡Si supieras la mujer tan fascinadora que conocí en Yalta!

El oficial entró en su trineo, y se iba ya, pero se volvió de pronto exclamando:

-¡Dmitri Dmitrich!

-¿Qué?

-¡Tenías razón esta tarde: el esturión era demasiado fuerte!

Aquellas palabras tan corrientes llenaron a Gurov de indignación, encontrándolas degradantes y groseras. ¡Qué modo tan salvaje de hablar! ¡Qué noches más estúpidas, qué días más faltos de interés! El afán de las cartas, la glotonería, la bebida, el continuo charlar siempre sobre lo mismo. Todas estas cosas absorben la mayor parte del tiempo de muchas personas, la mejor parte de sus fuerzas, y al final de todo eso, ¿qué queda?: una vida servil, acortada, trivial e indigna, de la que no hay medio de salir, como si se estuviera encerrado en un manicomio o una prisión.

Gurov no durmió en toda la noche, tan lleno de indignación estaba. Al día siguiente se levantó con dolor de cabeza. Y a la otra noche volvió a dormir mal; se sentó en la cama, pensando; luego se levantó y empezó a pasearse por la habitación. Estaba harto de sus hijos, del banco, y sin ganas de ir a ningún sitio ni de ver a nadie.

En las vacaciones de diciembre se preparó para un viaje; le dijo a su mujer que iba a San Petersburgo a un asunto de un amigo y se marchó a S. ¿Para qué? Ni él mismo lo sabía. Sentía necesidad de ver a Ana Sergeyevna y de hablarle; a ser posible, arreglar una entrevista con ella.

Llegó a S. por la mañana y tomó el mejor cuarto del hotel; un cuarto con una alfombra gris en el suelo, y un tintero gris de polvo sobre la mesa, adornado con una figura a caballo que tenía el sombrero en la mano. El portero del hotel le informó necesariamente: Von Diderits vivía en una casa de su propiedad en la calle antigua de Gontcharny; no estaba lejos del hotel. Era rico y vivía a lo grande, tenía caballos propios; todo el mundo lo conocía en la ciudad. El portero pronunciaba «Dridirits».

Gurov se encaminó sin prisa a la calle de Gontcharny y encontró la casa. Enfrente de ella se extendía una larga valla gris adornada con clavos.

-Dan ganas de echar a correr al ver este demonio de valla -pensó Gurov, mirando desde allí a las ventanas de la casa y viceversa.

Luego recapacitó: era día de fiesta y probablemente el marido estaría en casa. De todos modos era una falta de tacto entrar en la casa y sorprenderla. Si le mandaba una carta, podía caer en manos del esposo y todo se echaría a perder. Lo mejor de todo era esperar una ocasión, y empezó a pasearse arriba y abajo por la calle esperando esa ocasión. Vio a un mendigo que se acercaba a la verja y a unos perros que salieron a ladrarle; una hora más tarde oyó débil e indistinto el sonido de un piano. Ana Sergeyevna debía tocar probablemente. De repente, se abrió la puerta, y una mujer vieja, acompañada del blanco y familiar pomeranio, salió de la casa. Gurov estuvo a punto de llamar al perro, pero empezó a latirle violentamente el corazón, y en su excitación no pudo recordar el nombre.

Siguió paseándose y midiendo la empalizada gris una y otra vez, y entonces le dio por pensar que Ana Sergeyevna lo había olvidado y se estaba a aquellas horas divirtiendo con otro, lo cual, al fin y al cabo, era natural en una mujer joven, que no tenía otra cosa que mirar desde por la mañana hasta la noche más que aquella condenada valla. Se volvió a su cuarto del hotel y estuvo largo rato sentado en el sofá sin saber qué hacer; luego comió y durmió bastante tiempo.

-¡Qué estúpido! -exclamó al despertarse y mirar por la ventana-. Sin venir a qué, me he quedado dormido y ahora ya es de noche; ¿qué hago?

Se sentó en la cama, que estaba cubierta por una colcha gris como las de los hospitales, y empezó a burlarse de sí mismo; sentía un fastidio terrible.

-¡Al diablo la señora del perro y la dichosa aventura! En buen lío te has metido, Gurov…

Aquella mañana le había llamado la atención un cartel con letras muy grandes. La Geisha iba a ser representada por primera vez. Al recordar esto, se vistió y se marchó al teatro.

-Es posible que ella vaya a la primera representación -pensó.

El teatro estaba lleno. Como en todos los de provincia, había una atmósfera muy pesada, una especie de niebla que flotaba sobre las luces; por las galerías se oía el rumor de la gente; en la primera fila, los pollos elegantes de la localidad estaban de pie mirando a la gente, antes de levantarse el telón. En el palco del gobernador, su hija, adornada con una boa, ocupaba el primer sitio, mientras que él, oculto modestamente detrás de la cortina, sólo dejaba visible las manos. La orquesta empezó a afinar los instrumentos; el telón se levantó.

Seguía entrando gente que iba a ocupar sus sitios, y Gurov los miraba uno a uno con ansia.

Ana Sergeyevna llegó también. Se sentó en la tercera fila y Gurov sintió que su corazón se contraía al mirarla; comprendió entonces claramente que para él no había en todo el mundo ninguna criatura tan querida como aquélla; aquella mujercita sin atractivos de ninguna clase, perdida en la sociedad de provincia, con sus vulgares impertinentes, llenaba toda su vida; era su pena y su alegría, la única felicidad que ambicionaba, y al oír la música de la orquesta y el sonido de los pobres violines provincianos, pensó cuán encantadora era. Pensó, y soñó…

Un hombre joven, con patillas, alto y encorvado, llegó con Ana Sergeyevna y se sentó a su lado; inclinaba la cabeza a cada paso y parecía estar continuamente haciendo reverencias. Debía ser sin duda el esposo, que una vez en Yalta, en una exclamación de amargura llamó ella lacayo; sonreía almibaradamente y en el ojal de la chaqueta llevaba una insignia o distinción que recordaba el número de un criado.

En el primer descanso el marido se salió fuera a fumar y Ana Sergeyevna se quedó sola en su butaca. Gurov se acercó a ella y con voz temblorosa y una sonrisa forzada le dijo:

-Buenas noches.

Al volver la cabeza y encontrarse con él, Ana Sergeyevna se puso intensamente pálida, lo miró otra vez, horrorizada casi, y estrujó el abanico y los impertinentes entre las manos como luchando para no desmayarse. Los dos guardaban silencio. Ella seguía sentada, él de pie, asustado por la confusión que su presencia le produjo, y no atreviéndose a sentarse a su lado.

Los violines y la flauta empezaron a sonar, y de repente Gurov sintió como si de todos los palcos los estuvieran mirando. Ana Sergeyevna se levantó, marchando rápida hacia la puerta; siguió él, y ambos empezaron a andar sin saber adónde iban, a través de pasillos, bajando y subiendo escaleras, viendo desfilar ante sus ojos uniformes escolares, civiles, militares, todos con insignias. Al pasar, veían señoras, abrigos de piel colgados en las perchas, y el aire les traía olor a tabaco viejo. Y Gurov, cuyo corazón latía con violencia, pensó:

«¡Cielos! ¿Para qué habrá aquí esta gente y esa orquesta?»

Y recordó en aquel instante cuando, después de marcharse Ana Sergeyevna de Yalta, creyó él que todo había terminado y que no volverían a encontrarse más. Pero ¡cuán lejos estaban del final!

Al pie de una escalera estrecha y sombría, sobre la que se leía: «Paso al anfiteatro», se pararon.

-¡Cómo me has asustado! -exclamó ella sin respiración casi, todavía pálida y como agobiada-. ¡Oh, cómo me has asustado! Estoy medio muerta. ¿Por qué has venido? ¿Por qué?…

-Pero escúchame, Ana, escúchame… -repetía Gurov rápidamente y en voz baja-. Te suplico que me escuches…

Ella lo miraba con temor mezclado de amor y de súplica; lo miraba intensamente como si quisiera grabar sus facciones más profundamente en su memoria.

-¡Soy tan desgraciada! -siguió diciendo sin escucharle-. No he hecho más que pensar en ti todo el tiempo; no vivo más que para eso. Y, sin embargo, necesitaba olvidar, olvidar; pero ¿por qué?, ¡ah!, ¿por qué has venido?…

En el piso de arriba dos colegiales fumaban mirando hacia abajo, pero a Gurov no le importaba nada; atrayendo hacia sí a Ana Sergeyevna empezó a besarle la cara, las mejillas y las manos.

-¡Qué estás haciendo, qué estás haciendo! -gritaba ella con horror apartándolo de sí-. Estamos locos. Vete; vete ahora mismo… Te lo pido por lo que más quieras… Te lo suplico… ¡Que viene gente!

Alguien subía por las escaleras.

-Es preciso que te vayas -siguió diciendo Ana Sergeyevna, y su voz parecía un susurro-. ¿Oyes, Dmitri Dmitrich? Iré a verte a Moscú. Nunca he sido feliz; ahora lo soy menos todavía, ¡y nunca, nunca seré dichosa!… No me hagas sufrir más. Te juro que iré a Moscú. Pero ahora separémonos, mi amado Gurov, no hay más remedio.

Estrechó su mano y empezó a bajar las escaleras muy de prisa volviendo atrás la cabeza; y en sus ojos pudo ver él que realmente era desgraciada. Gurov esperó un poco más, escuchó hasta que dejó de oírse el rumor de sus pasos, y entonces fue a buscar su abrigo v se marchó del teatro.

CUATRO

Y Ana Sergeyevna empezó a ir a verlo a Moscú. Cada dos o tres meses abandonaba S. diciendo a su esposo que iba a consultar a un doctor acerca de un mal interno que sentía. Y el marido le creía y no le creía. En Moscú paraba en el hotel del Bazar Eslavo, y desde allí enviaba a Gurov un mensajero con una gorra encarnada. Gurov la visitaba y nadie en Moscú lo sabía.

Una mañana de invierno se dirigía hacia el hotel a verla (el mensajero llegó la noche anterior). Iba con él su hija, a quien acompañaba al colegio. La nieve caía en grandes copos blancos.

-Hay tres grados sobre cero y, sin embargo, nieva -dijo Gurov a su hija-. Sólo hay deshielo en la superficie de la tierra; a mucha más altura de la atmósfera la temperatura es distinta completamente.

-¿Y por qué no hay tormentas en invierno, papá?

Y le explicó esto también.

Hablaba pensando que iba a verla a «ella», que nadie lo sabía y probablemente no se enterarían nunca. Tenía dos vidas: una franca, abierta, vista y conocida de todo el que quisiera, llena de franqueza relativa y relativa falsedad, una vida igual a la que llevaban sus amigos y conocidos; y otra que se deslizaba en secreto. Y a través de circunstancias extrañas, quizá accidentales, resultaba que cuanto había en él de verdadero valor, de sinceridad, todo lo que formaba el fondo de su corazón estaba oculto a los ojos de los demás; en cambio, cuanto había en él de falso, el estuche en que solía esconderse para ocultar la verdad -como, por ejemplo, su trabajo en el banco, sus discusiones en el club, aquello de la «raza inferior», su asistencia acompañado de su mujer a aniversarios y fiestas-, todo eso lo hacía delante de todo el mundo. Desde entonces juzgó a los otros por sí mismo, no creyendo en lo que veía y pensando siempre que cada hombre vive su verdadera vida en secreto, bajo el manto de la noche. La personalidad queda siempre ignorada, oculta, y tal vez por esta razón el hombre civilizado tiene siempre interés en que sea respetada.

Después de dejar a su hija en el colegio, Gurov se dirigió al Bazar Eslavo. Se quitó abajo el abrigo de pieles, subió las escaleras y llamó a la puerta. Ana Sergeyevna, vestida con su traje gris favorito, exhausta por el viaje y la espera, lo aguardaba desde la noche anterior. Estaba pálida; lo miró sin sonreír, y apenas había entrado se arrojó en sus brazos. Fue su beso lento, prolongado, como si hiciera años que no se veían.

-Y bien, ¿qué tal lo vas pasando allí? -preguntó Gurov-. ¿Qué noticias traes?

-Espera; ahora te contaré…, no puedo hablar.

Y no podía; estaba llorando. Se volvió de espaldas a él llevándose el pañuelo a los ojos.

«La dejaremos llorar. Me sentaré y esperaré», pensó Dmitri; y se sentó en una butaca.

Mientras tanto, llamó al timbre y pidió que le trajeran té. Ana Sergeyevna seguía de espaldas a él mirando por la ventana. Lloraba de emoción, al darse cuenta de lo triste y dura que era la vida para ambos; sólo podían verse en secreto, ocultándose de todo el mundo, como ladrones. Sus vidas estaban destrozadas.

-¡Ven, cállate! -dijo Gurov.

Para él era evidente que aquel amor tardaría mucho en acabarse; que no podía encontrarle fin. Ana Sergeyevna cada vez lo quería más. Lo adoraba y no había que pensar en decirle que aquello se acabaría alguna vez; por otra parte, no lo hubiera creído.

Se levantó a consolarla con alguna palabra de cariño, apoyó las manos en sus hombros y en aquel momento se vio en el espejo.

Empezaba a blanquearle la cabeza. Y le pareció raro haber envejecido tan rápida y tontamente durante los últimos años. Aquellos hombros sobre los que reposaban sus manos eran jóvenes, llenos de vida y calor, temblaban.

Sintió compasión por aquella vida todavía tan joven, tan encantadora, pero probablemente no lejos de marchitarse como la suya. ¿Por qué lo amaba ella tanto? Siempre había parecido a las mujeres distinto de como era en realidad; amaban, no a él mismo, sino al hombre que se habían forjado en su imaginación, a aquel a quien con ansia buscaran toda la vida; y después, al notar su engaño, lo seguían amando lo mismo. Sin embargo, ninguna fue feliz con él. El tiempo pasó, hizo amistad con ellas, vivió con algunas, se separó luego, pero nunca había amado; sería lo que quisiera, pero no era amor.

Y he aquí que ahora, cuando su cabeza empezaba a blanquear, se había realmente enamorado por primera vez en su vida.

Ana Sergeyevna y él se amaban como algo muy próximo y querido, como marido y mujer, como tiernos amigos; habían nacido el uno para el otro y no comprendían por qué ella tenía un esposo y él una esposa. Eran como dos aves de paso obligadas a vivir en jaulas diferentes. Olvidaron el uno y el otro cuanto tenían por qué avergonzarse en el pasado, olvidaron el presente, y sintieron que aquel amor los había cambiado.

Otras veces, en momentos de depresión moral, Gurov se había reconfortado a sí mismo con razonamientos de alguna clase; pero ahora no le preocupaban estas cosas; sentía profunda compasión, necesidad de ser sincero y tierno…

-No llores, querida -le dijo-. Ya has llorado bastante, vamos… Ven y hablaremos un poco, arreglaremos algún plan.

Entonces discutieron sobre la necesidad de evitar tanto secreto, el tener que vivir en ciudades diferentes y verse tan de tarde en tarde. ¿Cómo librarse de aquel intolerable cautiverio?…

-¿Cómo? ¿Cómo? -se preguntaba Gurov con la cabeza entre las manos-. ¿Cómo?…

Y parecía como si dentro de pocos momentos todo fuera a solucionarse y una nueva y espléndida vida empezara para ellos; y ambos veían claramente que aún les quedaba un camino largo, largo que recorrer, y que la parte más complicada y difícil no había hecho más que empezar.

 

 

 

 

 

Patricia Highsmith / Un objeto de cama transportable

Patricia Highsmith

UN OBJETO DE CAMA TRANSPORTABLE

THE MOBILE BED-OBJECT

Hay montones de chicas como Mildred, sin hogar, pero nunca sin techo… Generalmente, el techo de una habitación de hotel; a veces, el de un apartamento de soltero; el de la cabina de un yate, si hay suerte, o el de una tienda de campaña o una caravana. Estas chicas son objetos de cama, el tipo de cosa que se compra, como una botella de agua caliente, una plancha de viaje, un cepillo eléctrico para los zapatos, o cualquier otro lujo. Saber cocinar un poco es una ventaja para ellas, pero, ciertamente, no es necesario que hablen, en ningún idioma. Son también intercambiables, como las monedas de libre circulación o los cupones de respuesta postal internacionales. Su valor sube y baja, dependiendo de su edad y de su propietario actual.

Mildred consideraba que no era una vida desagradable, y si la hubiesen entrevistado, habría contestado con toda sinceridad: «Es interesante.» Mildred nunca se reía, y únicamente sonreía cuando pensaba que debía ser educada. Medía un metro sesenta y siete, era más bien rubia, bastante esbelta, y tenía una cara agradable e inexpresiva con grandes ojos azules siempre muy abiertos. Más que andar se escabullía, con los hombros encogidos y las caderas un poco hacia adelante; la forma de andar de las modelos, según había leído en algún sitio. Esto le daba un aire lánguido y pacífico, caminando parecía una sonámbula. En la cama era un poco más vivaz, y este dato pasaba de boca en boca o, entre hombres que no hablaban el mismo idioma, se transmitía por medio de gestos y sonrisitas. Mildred conocía su trabajo y hay que reconocer que se dedicaba a él diligentemente.

Estuvo dando tumbos en la escuela hasta los catorce años, cuando todo el mundo, incluyendo a sus padres, juzgaron que no tenía sentido que continuara. Se casaría pronto, pensaron sus padres. Pero Mildred se escapó de casa, o, más bien, se la llevó un vendedor de coches cuando apenas tenía quince años. Bajo la dirección del vendedor, escribió cartas tranquilizadoras a su casa, diciendo que trabajaba como camarera en una ciudad cercana y que vivía en un piso con otras dos chicas.

A los dieciocho, Mildred ya había estado en Capri, Méjico, Paris, y hasta en Japón, y varias veces en Brasil, donde los hombres la abandonaban generalmente, ya que a menudo iban huyendo de algo. Había sido el segundo premio, por así decirlo, de un Presidente electo americano la noche de su victoria. En Londres había sido prestada durante dos días a un jeque árabe, el cual la recompensó con una copa de oro bastante rara, que ella perdió más tarde; no es que le gustara la copa, pero debía valer una fortuna, y con frecuencia lamentaba su pérdida. Si alguna vez deseaba cambiar de hombre, no tenía más que ir sola a un bar de lujo de Río o de cualquier ciudad y ligarse a otro que estaría encantado de incluirla en su cuenta de gastos, y así volvía a América, o a Alemania, o a Suecia. A Mildred le tenía sin cuidado el país en el que estaba.

Una vez la olvidaron en la mesa de un restaurante, del mismo modo que se deja un encendedor. Mildred se dio cuenta, pero Herb tardó unos treinta minutos que resultaron ligeramente inquietantes para Mildred, aunque ella nunca se preocupaba de verdad por nada. Pero se volvió al hombre que estaba sentado junto a ella –era una comida de negocios, cuatro hombres y cuatro chicas– y le dijo:

–Pensé que Herb había ido solamente al servicio…

–¿Qué? –dijo el hombre robusto, un americano–. Oh, volverá. Hemos tenido que discutir asuntos desagradables. Herb está disgustado.

El americano sonrió comprensivo. Tenía a su chica al otro lado, una a la que se había ligado la noche anterior. Las chicas no habían abierto la boca, excepto para comer.

Herb volvió y recogió a Mildred, y se fueron al hotel. Herb estaba absolutamente sombrío porque había llevado la peor parte en el trato. Esa tarde los abrazos de Mildred no consiguieron levantar el ánimo ni el orgullo de Herb, y esa noche la cambió por otra. El nuevo guardián de Mildred era Stanley, de unos treinta y cinco años y regordete, como Herb. El intercambio tuvo lugar a la hora del aperitivo, mientras Mildred sorbía con una pajita un alexander, como de costumbre. Herb se llevó a la chica de Stanley, una estúpida rubia con el pelo artificialmente rizado. El rubio también era artificial, aunque un buen trabajo, observó Mildred, que era una experta en cuestiones de maquillaje y peinados. Mildred regresó fugazmente al hotel para hacer la maleta, y luego pasó la noche con Stanley. Este apenas le dirigió la palabra, pero sonrió mucho e hizo muchas llamadas telefónicas. Esto sucedía en Des Moines.

Con Stanley, Mildred fue a Chicago, donde él tenía un pequeño piso en propiedad, más una esposa que vivía en una casa en algún sitio, según le dijo. A Mildred no le preocupaba la esposa. Solamente una vez en su vida había tenido que enfrentarse con una esposa difícil que entró violentamente en un piso. Mildred blandió un cuchillo de trinchar y la esposa huyó. Generalmente las esposas se quedaban sin habla, luego la miraban con desprecio y se marchaban, evidentemente con la intención de vengarse de sus maridos. Stanley estaba fuera todo el día y no le dejaba mucho dinero, lo cual era un fastidio. Mildred no pensaba quedarse mucho tiempo con él, si podía remediarlo. Ella había abierto una vez una cuenta de ahorros en un banco en alguna parte, pero había perdido la cartilla y había olvidado el nombre de la ciudad donde estaba el banco.

Pero antes de que Mildred pudiera hacer una hábil maniobra para apartarse de Stanley, se encontró traspasada a otro hombre. Esto fue un golpe para ella. Un economista hubiese sacado conclusiones sobre la moneda que se da, y también las sacó Mildred. Comprendió que Stanley salió ganando un poco en el trato que hizo con el hombre llamado Louis, el nuevo dueño de Mildred, y sin embargo…

Sólo tenía veintitrés años. Pero Mildred sabía que esa era la edad peligrosa y que más le valía jugar sus cartas con cuidado de ahora en adelante. Dieciocho era la edad cumbre, y ella la superaba en cinco años. ¿Y qué había conseguido en ese tiempo? Un brazalete de diamantes que los hombres miraban con codicia y que había tenido que desempeñar dos veces con ayuda de algún nuevo hijo de puta. Un abrigo de visón, la misma historia. Una maleta con un par de vestidos buenos. ¿Qué es lo que quería? Pues quería continuar con la misma vida pero con una sensación de mayor seguridad. ¿Qué haría si se encontrara realmente entre la espada y la pared? ¿Si le dieran la patada, en vez de traspasarla a otro, y tuviese que irse a un bar y aun así no pudiera conseguir más que un ligue de una noche? Bueno, tenía algunas direcciones de antiguos amigos y siempre podía escribirles y amenazarles con hablar de ellos en sus memorias, diciendo que un editor estaba interesado en ellas. Pero Mildred había hablado con chicas de veinticinco años o más que habían amenazado con escribir memorias si no les pasaban una pensión vitalicia, y sólo sabía de una que lo hubiese logrado. Generalmente, decían las chicas, lo único que sacaban era que se riesen de ellas, o un «Adelante, escríbelas», en vez de dinero.

Por lo tanto, durante unos días, Mildred sacó todo el partido posible a su estancia con el gordo y viejo Louis. El tenía un bonito gato atigrado con el que Mildred se encariñó, pero lo más aburrido era el lóbrego apartamento, de una sola habitación y una cocina estrecha. Louis tenía buen carácter, pero era tacaño. A Mildred también le resultaba incómodo tener que salir a escondidas cuando iban a cenar fuera (lo cual sucedía raras veces, porque Louis esperaba de ella que cocinara y además hiciera un poco de limpieza), y que Louis le pidiera que se ocultara en la estrecha cocina sin hacer el menor ruido cuando recibía gente para hablar de negocios. Louis vendía pianos al por mayor. Mildred ensayaba el discurso que iba a hacerle pronto: «Espero que comprendas que no tienes ningún poder sobre mí, Louis… Yo soy una chica que no está acostumbrada a trabajar, ni siquiera en la cama…»

Pero antes de que tuviese la oportunidad de soltarle su discurso, que hubiera sido fundamentalmente una petición de más dinero, porque sabía que Louis tenía mucho y bien guardado, una noche fue regalada a un joven vendedor. Después de que todos hubieran terminado de cenar en un restaurante de carretera, Louis dijo sencillamente:

–Dave, ¿por qué no te llevas a Mildred a tu casa para tomar una copa? Yo tengo que acostarme temprano –y  le hizo un guiño.

Dave sonrió, radiante. Era bastante guapo, pero vivía en una caravana. ¡Dios mío! Mildred no tenía intención de convertirse en una gitana, darse baños de esponja y soportar retretes portátiles. Estaba acostumbrada a buenos hoteles con servicio de habitación día y noche. Puede que Dave fuera joven y ardiente, pero eso a Mildred le importaba un bledo. Los hombres decían que las mujeres eran todas iguales, pero en su opinión, era aún más cierto que todos los hombres eran iguales. Todos querían la misma cosa. Las mujeres por lo menos querían abrigos de piel, buenos perfumes, unas vacaciones en las Bahamas, un crucero por alguna parte, joyas, en fin, un montón de cosas.

Una noche cuando estaba con Dave en una cena de negocios (era distribuidor de pianos, aunque nunca había visto un piano en la caravana), Mildred conoció  a un tal Mr. Zupp, a quien llamaban Sam, que había invitado a Dave a un restaurante de lujo. Inspirada por tres alexanders, Mildred coqueteó descaradamente con Sam, el cual no dejó de responder por debajo de la mesa, y Mildred anunció sencillamente que se marchaba con Sam. Dave se quedó con la boca abierta y empezó a hacer una escena, pero Sam –mayor y más seguro de sí mismo–, muy diplomáticamente, le insinuó que habría un escándalo si llegaban a las manos, y Dave se achantó.

Esto supuso un gran ascenso. Sam y Mildred volaron a París en seguida, luego a Hamburgo. Mildred se compró ropa nueva. Las habitaciones de los hoteles eran magníficas. Mildred nunca sabía de un día para otro en qué ciudad estarían.

Este sí que era un hombre cuyas memorias valdrían dinero, si ella lograse saber a qué se dedicaba. Pero cuando hablaba por teléfono lo hacía en código, o en yidish, o en ruso, o en árabe. Mildred nunca había oído unos idiomas tan desconcertantes y nunca conseguía averiguar qué era exactamente lo que vendía. La gente tenía que vender algo, ¿no? O comprar algo, y si compraban algo tenía que haber una fuente de dinero, ¿no? Así que, ¿cuál era la fuente de dinero? Algo le decía a Mildred que pronto sería su hora de retirarse. Sam Zupp parecía haber sido enviado por la Providencia. Se puso a trabajarle, intentando ser útil.

–No me importaría sentar cabeza –dijo.

–Yo no soy de los que se casan –respondió él con una sonrisa.

No era eso lo que ella quería decir. Ella quería decir un dinerito para el porvenir, y luego él podía decir adiós, si lo deseaba. Pero, ¿no harían falta unos cuantos dineritos para reunir un dinero considerable? ¿Tendría que pasar de nuevo por todo esto con futuros Sam Zupp? La mente de Mildred se tambaleó a causa del esfuerzo de contemplar un futuro tan lejano, pero no parecía haber duda de que debería aprovecharse de Mr. Zupp, por lo menos ahora que lo tenía.

Estas ideas, o planes, frágiles como telas de araña rotas, fueron barridas por los acontecimientos de los días siguientes a la mencionada conversación.

Repentinamente Sam Zupp tenía que huir. Durante unos días volaron en asientos separados, para que pareciera que no viajaban juntos. En una ocasión oyeron las sirenas de la policía tras ellos, cuando el coche con chofer alquilado por Sam ascendía a toda carrera por una carretera alpina que conducía a Ginebra. O puede que a Zurich. Mildred estaba en su elemento, asistiendo a Sam con pañuelos mojados en agua de colonia, sacando de su bolso un sandwich de jambon por si tenía hambre, o una botellita de coñac cuando él sentía el corazón agitado. Mildred se imaginaba a sí misma como una de las heroínas que había visto en las películas –buenas películas– de hombres que huían con sus chicas de la espantosa e injustamente bien armada de la policía.

Sus fantasías de aventuras románticas fueron breves. Debió ser en Holanda –la mitad del tiempo, Mildred no sabía dónde estaba–, cuando el coche conducido por el chofer se detuvo de pronto con un chirrido de frenos exactamente como en las películas, y entre el chofer y Sam envolvieron a Mildred como una momia en una rígida y pesada lona y la ataron con cuerdas. Luego la arrojaron a un canal y se ahogó.

Nadie volvió a saber nada de Mildred. Nadie la encontró nunca. Si la hubiesen encontrado no hubiese habido medios de identificación inmediata, porque Sam llevaba su pasaporte y su bolso había quedado en el coche. La habían tirado como se tira un encendedor desechable, como un libro de bolsillo que ya se ha leído y que se convierte en exceso de equipaje. Nadie se preocupó por la ausencia de Mildred. La veintena aproximada de personas que la conocían y la recordaban, también ellas repartidas por el mundo, pensaron simplemente que vivía en otro país o en otra ciudad. Un día, suponían, aparecería por algún bar, o en el vestíbulo de algún hotel. Pronto la olvidaron.

Clarice Lispector / Felicidad clandestina

Clarice Lispector

FELICIDAD CLANDESTINA

 Ella era gorda, baja, pecosa y de pelo excesivamente crespo, medio amarillento. Tenía un busto enorme, mientras que todas nosotras todavía eramos chatas. Como si no fuese suficiente, por encima del pecho se llenaba de caramelos los dos bolsillos de la blusa. Pero poseía lo que a cualquier niña devoradora de historietas le habría gustado tener: un padre dueño de una librería.

No lo aprovechaba mucho. Y nosotras todavía menos: incluso para los cumpleaños, en vez de un librito barato por lo menos, nos entregaba una postal de la tienda del padre. Encima siempre era un paisaje de Recife, la ciudad donde vivíamos, con sus puentes más que vistos.

Detrás escribía con letra elaboradísima palabras como “fecha natalicio” y “recuerdos”.

Pero qué talento tenía para la crueldad. Mientras haciendo barullo chupaba caramelos, toda ella era pura venganza. Cómo nos debía odiar esa niña a nosotras, que éramos imperdonablemente monas, altas, de cabello libre. Conmigo ejerció su sadismo con una serena ferocidad. En mi ansiedad por leer, yo no me daba cuenta de las humillaciones que me imponía: seguía pidiéndole prestados los libros que a ella no le interesaban.

Hasta que le llegó el día magno de empezar a infligirme una tortura china. Como al pasar, me informó que tenía El reinado de Naricita, de Monteiro Lobato.

Era un libro gordo, válgame Dios, era un libro para quedarse a vivir con él, para comer, para dormir con él. Y totalmente por encima de mis posibilidades. Me dijo que si al día siguiente pasaba por la casa de ella me lo prestaría.

Hasta el día siguiente, de alegría, yo estuve transformada en la misma esperanza: no vivía, flotaba lentamente en un mar suave, las olas me transportaban de un lado a otro.

Literalmente corriendo, al día siguiente fui a su casa. No vivía en un apartamento, como yo, sino en una casa. No me hizo pasar. Con la mirada fija en la mía, me dijo que le había prestado el libro a otra niña y que volviera a buscarlo al día siguiente. Boquiabierta, yo me fui despacio, pero al poco rato la esperanza había vuelto a apoderarse de mí por completo y ya caminaba por la calle a saltos, que era mi manera extraña de caminar por las calles de Recife. Esa vez no me caí: me guiaba la promesa del libro, llegaría el día siguiente, los siguientes serían después mi vida entera, me esperaba el amor por el mundo, y no me caí una sola vez.

Pero las cosas no fueron tan sencillas. El plan secreto de la hija del dueño de la librería era sereno y diabólico. Al día siguiente allí estaba yo en la puerta de su casa, con una sonrisa y el corazón palpitante. Todo para oír la tranquila respuesta: que el libro no se hallaba aún en su poder, que volviese al día siguiente. Poco me imaginaba yo que más tarde, en el curso de la vida, el drama del “día siguiente” iba a repetirse para mi corazón palpitante otras veces como aquélla.

Y así seguimos. ¿Cuánto tiempo? Yo iba a su casa todos los días, sin faltar ni uno. A veces ella decía: Pues el libro estuvo conmigo ayer por la tarde, pero como tú no has venido hasta esta mañana se lo presté a otra niña. Y yo, que era propensa a las ojeras, sentía cómo las ojeras se ahondaban bajo mis ojos sorprendidos.

Hasta que un día, cuando yo estaba en la puerta de la casa de ella oyendo silenciosa, humildemente, su negativa, apareció la madre. Debía de extrañarle la presencia muda y cotidiana de esa niña en la puerta de su casa. Nos pidió explicaciones a las dos. Hubo una confusión silenciosa, entrecortado de palabras poco aclaratorias. A la señora le resultaba cada vez más extraño el hecho de no entender. Hasta que, madre buena, entendió al fin. Se volvió hacia la hija y con enorme sorpresa exclamó: ¡Pero si ese libro no ha salido nunca de casa y tú ni siquiera querías leerlo!

Y lo peor para la mujer no era el descubrimiento de lo que pasaba. Debía de ser el horrorizado descubrimiento de la hija que tenía. Nos espiaba en silencio: la potencia de perversidad de su hija desconocida, la niña rubia de pie ante la puerta, exhausta, al viento de las calles de Recife. Fue entonces cuando, recobrándose al fin, firme y serena, le ordenó a su hija:

-Vas a prestar ahora mismo ese libro.

Y a mí:

-Y tú te quedas con el libro todo el tiempo que quieras. ¿Entendido?

Eso era más valioso que si me hubiesen regalado el libro: “el tiempo que quieras” es todo lo que una persona, grande o pequeña, puede tener la osadía de querer.

¿Cómo contar lo que siguió? Yo estaba atontada y fue así como recibí el libro en la mano. Creo que no dije nada. Cogí el libro. No, no partí saltando como siempre. Me fui caminando muy despacio. Sé que sostenía el grueso libro con las dos manos, apretándolo contra el pecho. Poco importa también cuánto tardé en llegar a casa. Tenía el pecho caliente, el corazón pensativo.

Al llegar a casa no empecé a leer. Simulaba que no lo tenía, únicamente para sentir después el sobresalto de tenerlo. Horas más tarde lo abrí, leí unas líneas maravillosas, volví a cerrarlo, me fui a pasear por la casa, lo postergué más aún yendo a comer pan con mantequilla, fingí no saber dónde había guardado el libro, lo encontraba, lo abría por unos instantes. Creaba los obstáculos más falsos para esa cosa clandestina que era la felicidad. Para mí la felicidad siempre habría de ser clandestina. Era como si yo lo presintiera. ¡Cuánto me demoré! Vivía en el aire… había en mí orgullo y pudor. Yo era una reina delicada.

A veces me sentaba en la hamaca para balancearme con el libro abierto en el regazo, sin tocarlo, en un éxtasis purísimo. No era más una niña con un libro: era una mujer con su amante.

Clarice Lispector / Restos de carnaval

Collar
Carnaval de Barranquilla 2011
Foto de Triunfo Arciniegas

Clarice Lispector

RESTOS DE CARNAVAL

No, no del último carnaval. Pero éste, no sé por qué, me transportó a mi infancia y a los miércoles de ceniza en las calles muertas donde revoloteaban despojos de serpentinas y confeti. Una que otra beata, con la cabeza cubierta por un velo, iba a la iglesia, atravesando la calle tan extremadamente vacía que sigue al carnaval. Hasta que llegase el próximo año. Y cuando se acercaba la fiesta, ¿cómo explicar la agitación íntima que me invadía? Como si al fin el mundo, de retoño que era, se abriese en gran rosa escarlata. Como si las calles y las plazas de Recife explicasen al fin para qué las habían construido. Como si voces humanas cantasen finalmente la capacidad de placer que se mantenía secreta en mí. El carnaval era mío, mío.

En la realidad, sin embargo, yo poco participaba. Nunca había ido a un baile infantil, nunca me habían disfrazado. En compensación me dejaban quedar hasta las once de la noche en la puerta, al pie de la escalera del departamento de dos pisos, donde vivíamos, mirando ávidamente cómo se divertían los demás.  Dos cosas preciosas conseguía yo entonces, y las economizaba con avaricia para que me durasen los tres días: un atomizador de perfume, y una bolsa de confeti. Ah, se está poniendo difícil escribir.  Porque siento cómo se me va a ensombrecer el corazón al constatar que, aun incorporándome tan poco a la alegría, tan sedienta estaba yo que en un abrir y cerrar de ojos me transformaba en una niña feliz.

¿Y las máscaras? Tenía miedo, pero era un miedo vital y necesario porque coincidía con la sospecha más profunda de que también el rostro humano era una especie de máscara. Si un enmascarado hablaba conmigo en la puerta al pie de la escalera, de pronto yo entraba en contacto indispensable con mi mundo interior, que no estaba hecho sólo de duendes y príncipes encantados, sino de personas con su propio misterio. Hasta el susto que me daban los enmascarados era, pues, esencial para mí.

No me disfrazaban: en medio de las preocupaciones por la enfermedad de mi madre, a nadie en la casa se le pasaba por la cabeza el carnaval de la pequeña. Pero yo le pedía a una de mis hermanas que me rizara esos cabellos lacios que tanto disgusto me causaban, y al menos durante tres días al año podía jactarme de tener cabellos rizados. En esos tres días, además, mi hermana complacía mi intenso sueño de ser muchacha -yo apenas podía con las ganas de salir de una infancia vulnerable- y me pintaba la boca con pintalabios muy fuerte pasándome el colorete también por las mejillas. Entonces me sentía bonita y femenina, escapaba de la niñez.

Pero hubo un carnaval diferente a los otros. Tan milagroso que yo no lograba creer que me fuese dado tanto; yo, que ya había aprendido a pedir poco. Ocurrió que la madre de una amiga mía había resuelto disfrazar a la hija, y en el figurín el nombre del disfraz era Rosa. Por lo tanto, había comprado hojas y hojas de papel crepé de color rosa, con las cuales, supongo, pretendía imitar los pétalos de una flor. Boquiabierta, yo veía cómo el disfraz iba cobrando forma y creándose poco a poco. Aunque el papel crepé no se pareciese ni de lejos a los pétalos, yo pensaba seriamente que era uno de los disfraces más bonitos que había visto jamás.

Fue entonces cuando, por simple casualidad, sucedió lo inesperado: sobró papel crepé, y mucho. Y la mamá de mi amiga -respondiendo tal vez a mi muda llamada, a mi muda envidia desesperada, o por pura bondad, ya que sobraba papel- decidió hacer para mí también un disfraz de rosa con el material sobrante. Aquel carnaval, pues, yo iba a conseguir por primera vez en la vida lo que siempre había querido: iba a ser otra aunque no yo misma.

Ya los preparativos me atontaban de felicidad. Nunca me había sentido tan ocupada: minuciosamente calculábamos todo con mi amiga, debajo del disfraz nos pondríamos un fondo de manera que, si llovía y el disfraz llegaba a derretirse, por lo menos quedaríamos vestidas hasta cierto punto. (Ante la sola idea de que una lluvia repentina nos dejase, con nuestros pudores femeninos de ocho años, con el fondo en plena calle, nos moríamos de vergüenza; pero no: ¡Dios iba a ayudarnos! ¡No llovería!) En cuanto a que mi disfraz sólo existiera gracias a las sobras de otro, tragué con algún dolor mi orgullo, que siempre había sido feroz, y acepté humildemente lo que el destino me daba de limosna.

¿Pero por qué justamente aquel carnaval, el único de disfraz, tuvo que ser melancólico? El domingo me pusieron los tubos en el pelo por la mañana temprano para que en la tarde los rizos estuvieran firmes. Pero tal era la ansiedad que los minutos no pasaban. ¡Al fin, al fin! Dieron las tres de la tarde: con cuidado, para no rasgar el papel, me vestí de rosa.

Muchas cosas peores que me pasaron ya las he perdonado. Ésta, sin embargo, no puedo entenderla ni siquiera hoy: ¿es irracional el juego de dados de un destino? Es despiadado. Cuando ya estaba vestida de papel crepé todo armado, todavía con los tubos puestos y sin pintalabios ni colorete, de pronto la salud de mi madre empeoró mucho, en casa se produjo un alboroto repentino y me mandaron en seguida a comprar una medicina a la farmacia. Yo fui corriendo vestida de rosa -pero el rostro no llevaba aún la máscara de muchacha que debía cubrir la expuesta vida infantil-, fui corriendo, corriendo, perpleja, atónita, ente serpentinas, confeti y gritos de carnaval. La alegría de los otros me sorprendía.

Cuando horas después en casa se calmó la atmósfera, mi hermana me pintó y me peinó. Pero algo había muerto en mí. Y, como en las historias que había leído, donde las hadas encantaban y desencantaban a las personas, a mí me habían desencantado: ya no era una rosa, había vuelto a ser una simple niña. Bajé la calle; de pie allí no era ya una flor sino un pensativo payaso de labios encarnados. A veces, en mi hambre de sentir el éxtasis, empezaba a ponerme alegre, pero con remordimiento me acordaba del grave estado de mi madre y volvía a morirme.

Sólo horas después llegó la salvación. Y si me apresuré a aferrarme a ella fue por lo mucho que necesitaba salvarme. Un chico de doce años, que para mí ya era un muchacho, ese chico muy guapo se paró frente a mí y con una mezcla de cariño, grosería, broma y sensualidad me cubrió el pelo, ya lacio, de confeti: por un instante permanecimos enfrentados, sonriendo, sin hablar. Y entonces yo, mujercita de ocho años, consideré durante el resto de la noche que al fin alguien me había reconocido; era, sí, una rosa.

Clarice Lispector / Una gallina

Clarice Lispector

UNA GALLINA

Traducción de Cristina Peri Rossi

 Era una gallina de domingo. Todavía vivía porque no pasaba de las nueve de la mañana. Parecía calma. Desde el sábado se había encogido en un rincón de la cocina. No miraba a nadie, nadie la miraba a ella. Aun cuando la eligieron, palpando su intimidad con indiferencia, no supieron decir si era gorda o flaca. Nunca se adivinaría en ella un anhelo.

            Por eso fue una sorpresa cuando la vieron abrir las alas de vuelo corto, hinchar el pecho y, en dos o tres intentos, alcanzar el muro de la terraza. Todavía vaciló un instante -el tiempo para que la cocinera diera un grito- y en breve estaba en la terraza del vecino, de donde, en otro vuelo desordenado, alcanzó un tejado. Allá quedó como un adorno mal colocado, dudando ora en uno, ora en otro pie. La familia fue llamada con urgencia y consternada vio el almuerzo junto a una chimenea. El dueño de la casa, recordando la doble necesidad de hacer esporádicamente algún deporte y almorzar, vistió radiante un pantalón de baño y resolvió seguir el itinerario de la gallina: con saltos cautelosos alcanzó el tejado donde ésta, vacilante y trémula, escogía con premura otro rumbo. La persecución se tornó más intensa. De tejado en tejado recorrió más de una manzana de la calle. Poco afecta a una lucha más salvaje por la vida, la gallina debía decidir por sí misma los caminos a tomar, sin ningún auxilio de su raza. El hombre, sin embargo, era un cazador adormecido. Y por ínfima que fuese la presa había sonado para él el grito de conquista.

            Sola en el mundo, sin padre ni madre, ella corría, respiraba agitada, muda, concentrada. A veces, en la fuga, sobrevolaba ansiosa un mundo de tejados y mientras el hombre trepaba a otros dificultosamente, ella tenía tiempo de recuperarse por un momento. ¡Y entonces parecía tan libre!

            Estúpida, tímida y libre. No victoriosa como sería un gallo en fuga. ¿Qué es lo que había  en sus vísceras para hacer de ella un ser? La gallina es un ser. Aunque es cierto que no se podría contar con ella para nada. Ni ella misma contaba consigo, de la manera en que el gallo cree en su cresta. Su única ventaja era que había tantas gallinas, que aunque muriera una surgiría en ese mismo instante otra tan igual como si fuese ella misma.

            Finalmente, una de las veces que se detuvo para gozar su fuga, el hombre la alcanzó. Entre gritos y plumas, ella fue apresada. Y enseguida cargada en triunfo por un ala a través de las tejas, y depositada en el piso de la cocina con cierta violencia. Todavía atontada, se sacudió un poco, entre cacareos roncos e indecisos.

            Fue entonces cuando sucedió. De puros nervios la gallina puso un huevo. Sorprendida, exhausta. Quizás fue prematuro. Pero después que naciera a la maternidad parecía una vieja madre acostumbrada a ella. Sentada sobre el huevo quedó respirando mientras abría y cerraba los ojos. Su corazón tan pequeño en un plato, ahora elevaba y bajaba las plumas llenando de tibieza aquello que nunca pasaría de ser un huevo. Solamente la niña estaba cerca y observaba todo, aterrorizada. Apenas consiguió desprenderse del acontecimiento se despegó del suelo y escapó a los gritos:

            −¡Mamá, mamá, no mates a la gallina, ella puso un huevo!, ¡ella quiere nuestro bien!

            Todos corrieron de nuevo a la cocina y enmudecidos rodearon a la joven parturienta. Entibiando a su hijo, ella no estaba ni suave ni arisca, ni alegre ni triste, no era nada, solamente una gallina. Lo que no sugería ningún sentimiento especial. El padre, la madre, la hija, hacía ya bastante tiempo que la miraban, sin experimentar ningún sentimiento determinado. Nunca nadie acarició la cabeza de la gallina. El padre, por fin, decidió con cierta brusquedad:

            −¡Si mandas matar a esta gallina, nunca más volveré a comer gallina en mi vida!

            −¡Y yo tampoco! −juró la niña con ardor.

            La madre, cansada, se encogió de hombros.

            Inconsciente de la vida que le fuera entregada, la gallina pasó a vivir con la familia. La niña, de regreso del colegio, arrojaba la cartera lejos sin interrumpir sus corridas hacia la cocina. El padre todavía recordaba, de vez en cuando: “¡Y pensar que yo la obligué a correr en ese estado!” La gallina se transformó en la reina de la casa. Todos, menos ella, lo sabían. Continuó su existencia entre la cocina y los fondos de la casa, usando de sus dos capacidades: la apatía y el sobresalto.

            Pero cuando todos estaban quietos en la casa y parecían haberla olvidado, se llenaba de un pequeño valor, restos de la gran fuga, y circulaba por los ladrillos, levantando el cuerpo por detrás de la cabeza pausadamente, como en un campo, aunque la pequeña cabeza la traicionara: moviéndose ya rápida y vibrátil, con el viejo susto de su especie mecanizado.

            Una vez u otra, al final más raramente, la gallina recordaba que se había recortado contra el aire al borde del tejado, pronta a renunciar. En esos momentos llenaba los pulmones con el aire impuro de la cocina y, si les hubiese sido dado cantar a las hembras, ella, si bien no cantaría, por lo menos quedaría más contenta. Aunque ni siquiera en esos instantes la expresión de su vacía cabeza se alteraba. En la fuga, en el descanso, cuando dio a luz, o mordisqueando maíz, la suya continuaba siendo una cabeza de gallina, la misma que fuera desdeñada en los comienzos de los siglos.

            Hasta que un día la mataron, la comieron, y pasaron los años.