Juan José Arreola / LA MIGALA

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Juan José Arreola

LA MIGALA

La migala discurre libremente por la casa, pero mi capacidad de horror no disminuye.

El día en que Beatriz y yo entramos en aquella barraca inmunda de la feria callejera, me di cuenta de que la repulsiva alimaña era lo más atroz que podía depararme el destino. Peor que el desprecio y la conmiseración brillando de pronto en una clara mirada.

Unos días más tarde volví para comprar la migala, y el sorprendido saltimbanqui me dio algunos informes acerca de sus costumbres y su alimentación extraña. Entonces comprendí que tenía en las manos, de una vez por todas, la amenaza total, la máxima dosis de terror que mi espíritu podía soportar. Recuerdo mi paso tembloroso, vacilante, cuando de regreso a casa sentía el peso leve y denso de la araña, ese peso del cual podía descontar, con seguridad, el de la caja de madera en que la llevaba, como si fueran dos pesos totalmente diferentes; el de la madera inocente y el del impuro y ponzoñoso animal que tiraba de mi como un lastre definitivo. Dentro de aquella caja iba el infierno personal que instalaría en mi casa para destruir, para anular al otro, al descomunal infierno de los hombres.

La noche memorable en que solté a la migala en mi departamento y la vi correr como un cangrejo y ocultarse bajo un mueble, ha sido el principio de una vida indescriptible. Desde entonces, cada uno de los instantes de que dispongo ha sido recorrido por los pasos de la araña, que llena la casa con su presencia invisible.

Todas las noches tiemblo en espera de la picadura mortal. Muchas veces despierto con el cuerpo helado, tenso, inmóvil, porque el sueño ha creado para mí, con precisión, el paso consquilleante de la araña sobre mi piel, su peso indefinible, su consistencia de entraña. Sin embargo, siempre amanece. Estoy vivo y mi alma inútilmente se apresta y se perfecciona.

Hay días en que pienso que la migala ha desparecido, que se ha extraviado o que ha muerto. Pero no hago nada para comprobarlo. Dejo siempre que el azar me vuelva a poner frente a ella, al salir del baño, o mientras me desvisto para echarme en la cama. A veces el silencio de la noche me trae el eco de sus pasos, que he aprendido a oír, aunque sé que son imperceptibles.

Muchos días encuentro intacto el alimento que he dejado la víspera. Cuando desaparece, no sé si lo ha devorado la migala o algún otro inocente huésped de la casa. He llegado a pensar también que acaso estoy siendo victima de una superchería y que me hallo a merced de una falsa migala. Tal vez el saltimbanqui me ha engañado, haciéndome pagar un alto precio por un inofensivo y repugnante escarabajo.

Pero en realidad esto no tiene importancia, porque yo he consagrado a la migala con la certeza de mi muerte aplazada. En las horas más agudas del insomnio, cuando me pierdo en conjeturas y nada me tranquiliza, suele visitarme la migala. Se pasea embrolladamente por el cuarto y trata de subir con torpeza por las paredes. Se detiene, levanta su cabeza y mueve los palpos. Parece husmear, agitada, un invisible compañero.

Entonces, estremecido en mi soledad, acorralado por el pequeño monstruo, recuerdo que en otro tiempo yo soñaba en Beatriz y en su compañía imposible.

John Cheever / Una mujer sin país

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John Cheever

UNA MUJER SIN PAÍS

La vi aquella primavera en Campino, con el conde de Capra —el que lleva bigote—, entre la tercera carrera y la cuarta, bebiendo Campari junto a las pistas del hipódromo, con las montañas a lo lejos y, más allá de las montañas, una masa de nubes que en América hubieran significado una tormenta para la hora de cenar capaz de derribar árboles, pero que allí terminaría por quedarse en nada. Volví a verla en el Tennerhof de Kitzbühel, donde un francés cantaba canciones de vaqueros ante un público que incluía a la reina de Holanda; pero nunca la vi en las montañas, y no creo que esquiara; iba allí, al igual que tantos otros, para estar con la gente y participar en la animación. Más tarde la vi en el Lido, y de nuevo en Venecia algo después, una mañana en que yo iba en góndola a la estación y ella estaba sentada en la terraza de los Gritti, tomando café. La vi en la representación de la Pasión de Erl; no exactamente en la representación, sino en el mesón del pueblo, donde se suele comer aprovechando el intermedio, y la vi en la plaza de Siena con motivo del Palio, y aquel otoño en Treviso, cuando cogía el avión para Londres.

Exagero, pero todo esto podría ser verdad. Era una de esas personas que vagabundean incansablemente, y luego, noche tras noche, se van a la cama para soñar con bocadillos de beicon, lechuga y tomate. Aunque procedía de una pequeña ciudad industrial del norte donde se fabricaban cucharas de palo, uno de esos lugares solitarios de donde surge, paradójicamente, la sociedad internacional, eso no tuvo nada que ver con su vida errante. Su padre era el gerente de la fábrica, que pertenecía a la familia Tonkin: grandes propietarios, dueños de regiones enteras, por lo que la tramitación de su divorcio fue seguida con gran interés por los periódicos sensacionalistas; el joven Marchand Tonkin pasó un mes allí para adquirir práctica en los negocios, y se enamoró de Anne. Ella era una chica normal, dulce y modesta, por naturaleza —cualidades que nunca perdió—, y se casaron al cabo de un año. Aunque eran inmensamente ricos, Tonkin no amaban la ostentación, y la joven pareja vivió discretamente en un pequeño pueblo desde donde Marchand se trasladaba todos los días a Nueva York para trabajar en el despacho familiar. Tuvieron un hijo y vivieron una vida feliz y sin historia hasta una húmeda mañana del séptimo año de su matrimonio.

Marchand tenía una reunión en Nueva York y debía tomar el tren a primera hora de la mañana. Pensaba desayunar en la ciudad. Eran alrededor de las siete cuando se despidió de su mujer. Anne no se había vestido, y estaba echada en la cama cuando lo oyó pelearse con el motor del coche que solía usar para ir a la estación. Después oyó cómo se abría la puerta principal y la voz de su marido que la llamaba mientras subía la escalera. El coche no se ponía en marcha, ¿le importaría llevarlo a la estación en el Buick? No le daba tiempo a vestirse, de manera que Anne se echó una chaqueta por encima de los hombros y lo llevó a la estación. De medio cuerpo para arriba estaba correctamente vestida, pero de la chaqueta para abajo el camisón seguía siendo transparente. Marchand le dio un beso de despedida y le recomendó que se vistiera en seguida; Anne abandonó la estación, pero en el cruce de Alewives Lane y Hill Street se quedó sin gasolina.

Como se hallaba delante de la casa de los Bearden, pensó que podrían proporcionarle un poco de gasolina, o, al menos, prestarle un abrigo. Tocó el claxon una y otra vez hasta darse cuenta de que los Bearden estaban de vacaciones en Nassau. Todo lo que podía hacer era esperar en el coche, prácticamente desnuda, a que alguna compasiva ama de casa pasara por allí y se ofreciera a ayudarla. Mary Pym fue la primera, y aunque Anne la saludó con la mano, pareció no darse cuenta. Después pasó Julia Weed, que llevaba a Francis al tren a toda velocidad, pero que iba demasiado de prisa para fijarse en nada. A continuación cruzó por allí Jack Burden, el libertino del pueblo, y sin que nadie lo llamara, pareció sentirse magnéticamente atraído hacia el automóvil. Se detuvo y preguntó si podía ayudar en algo. Anne se trasladó a su coche —¿qué otra cosa podría haber hecho?—, pensaba en lady Godiva y en santa Águeda. Lo peor de todo fue que no acababa de despertarse: de cruzar la distancia entre las sombras del sueño y la luz del día. Y era un día sin luz, sombrío y opresivo, como el ambiente de una pesadilla. El sendero hasta su casa quedaba oculto desde la carretera gracias a unos cuantos arbustos, y cuando Anne se apeó del coche y le dio las gracias a Jack Burden, él la siguió escalones arriba y se aprovechó de ella en el vestíbulo, donde fueron descubiertos por Marchand cuando volvió en busca de su cartera.

Marchand abandonó la casa en aquel mismo momento, y Anne nunca volvió a verlo. Murió de un ataque cardíaco diez días después en un hotel de Nueva York. Sus suegros fueron a los tribunales para solicitar la custodia del niño, y durante el juicio, Anne —en su inocencia— cometió la equivocación de echarle la culpa de su extravío a la humedad. Las revistas sensacionalistas lo sacaron a relucir —NO FUI YO; FUE LA HUMEDAD—, y aquello se extendió por todo el país. Inventaron una canción que se hizo muy popular, y, dondequiera que iba, parecía que Anne estaba condenada a escucharla:

La pobrecita Isabel
nunca besaba a un doncel
si faltaba la humedad,
pero si estaba nublado,
no se podía contener,
convertida en un tornado..

A mitad de juicio, Anne retiró sus demandas, se puso unas gafas de sol y se embarcó de incógnito para Génova, catalogada como persona indeseable por una sociedad que sólo parecía capaz de suavizar su puritanismo con un procaz sentido del humor.

No le faltaba dinero, claro está —sus sufrimientos eran sólo espirituales—, pero la habían herido, y sus recuerdos eran amargos. Por lo que sabía de la vida, Anne tenía derecho al perdón, pero no se lo habían concedido, y su propio país, al recordarlo desde el otro lado del Atlántico, parecía haber dictado contra ella una sentencia salvaje y poco realista. Se la había utilizado como cabeza de turco; se la había puesto en ridículo, y precisamente porque su pureza de corazón era auténtica, estaba profundamente ofendida. Basaba su expatriación en razones morales más que culturales. Al interpretar el papel de europea, quería expresar su desaprobación por lo que había pasado en su país. Vagabundeó por toda Europa, pero finalmente compró una villa en Tavola-Calda y pasaba allí por lo menos la mitad del año. Aprendió italiano, así como todos los sonidos guturales y gestos de manos que acompañan al idioma. En el sillón del dentista decía ¡ay!, en lugar de ¡au!, y podía espantar a un abejorro de su vaso de vino con gran elegancia. Se sentía muy dueña de su expatriación —su territorio personal, conseguido con grandes sufrimientos—, y la irritaba oír a otros extranjeros hablando italiano. Su villa era encantadora; los ruiseñores cantaban en los robles, las fuentes susurraban en el jardín, y ella, desde la terraza más alta, con el cabello teñido del peculiar tono bronceado que estaba de moda en Roma aquel año, saludaba a sus huéspedes: «Bentornati. Quanto piacere!», pero la escena no era nunca del todo perfecta.

Parecía una reproducción, con las leves imperfecciones que se encuentran en las ampliaciones: una disminución de calidad. El resultado no era tanto que estuviera de verdad en Italia como que se había marchado completamente de Estados Unidos.

Anne pasaba gran parte del tiempo con gente que, como ella, aseguraban ser víctimas de una atmósfera moral represiva y raquítica. Sus corazones estaban en los muelles de los puertos, siempre escapándose de casa. Anne había pagado su continua movilidad con cierta dosis de soledad. El grupo de amigos que esperaba encontrar en Wiesbaden desapareció sin dejar ninguna dirección. Los buscó en Heidelberg y en Munich, pero no consiguió encontrarlos. Las invitaciones de boda y los partes meteorológicos («La nieve cubre el nordeste de Estados Unidos») le producían una terrible nostalgia. Siguió perfeccionando su interpretación del papel de europea, y, aunque sus logros eran admirables, no dejaba de tener una especie de alergia a las críticas, y detestaba que la confundiesen con una turista. Un día, al final de la temporada en Venecia, tomó el tren en dirección al sur, y llegó a Roma en una calurosa tarde de setiembre. La mayor parte de los habitantes de la Ciudad Eterna estaban durmiendo, y el único signo de vida eran los autobuses de los turistas rechinando cansadamente por las calles, como si fueran una pieza básica en el funcionamiento de la ciudad, igual que el alcantarillado o la conducción de la luz. Le dio el talón del equipaje a un mozo y le describió sus maletas en un excelente italiano, pero él no se dejó engañar y murmuró algo acerca de los norteamericanos. ¡Eran tantos! Esto irritó a Anne, que replicó con aspereza:

—Yo no soy norteamericana.

—Disculpe, signora —dijo el otro—. ¿De qué país es usted, entonces?

—Soy griega —respondió.

La enormidad, la tragedia de su mentira fue un terrible golpe para ella. «¿Qué he hecho?», se preguntó a sí misma con incredulidad. Su pasaporte era tan verde como la hierba, y viajaba bajo la protección del Gran Sello de Estados Unidos. ¿Qué la había impulsado a mentir sobre una faceta tan importante de su identidad?

Tomó un taxi par a ir a un hotel de Via Veneto, mandó subir las maletas a la habitación, y se dirigió al bar para beber algo. No había más que un norteamericano: un hombre de cabellos blancos con un audífono. Estaba solo y parecía sentirse solo; finalmente se volvió hacia la mesa donde se encontraba Anne y le preguntó muy cortésmente si era estadounidense.

—Sí.

—¿Cómo es que habla italiano?

—Vivo aquí.

—Me llamo Stebbins —dijo él—. Charlie Stebbins, de Filadelfia.

—Encantada —dijo ella—. ¿De qué parte de Filadelfia?

—Bueno; nací en Filadelfia —dijo él—, pero no he vuelto allí desde hace cuarenta años. Mi verdadero hogar es Shoshone, en California. Lo llaman la puerta del valle de la Muerte. Mi mujer era de Londres. Londres en el estado de Arkansas, ja, ja. Mi hija se educó en seis estados de la Unión: California, Washington, Nevada, Dakota del Sur y del Norte y Louisiana. Mi mujer murió el año pasado, y decidí que tenía que ver un poco de mundo.

Las barras y las estrellas parecían materializarse en el aire por encima de la cabeza del señor Stebbins, y Anne se dio cuenta de que en Norteamérica las hojas estaban cambiando de color.

—¿Qué ciudades ha visitado? —le preguntó.

—¿Sabe? Es un poco cómico, pero no lo sé demasiado bien. Una agencia de California planeó el viaje y me dijeron que iba a hacerlo con un grupo de norteamericanos, pero tan pronto como llegué a alta mar descubrí que viajaba solo. No volveré a hacerlo nunca. En ocasiones me paso días enteros sin oír hablar a nadie en un inglés de Estados Unidos decente. Fíjese que algunas veces me siento en la habitación y hablo conmigo mismo por el placer de escuchar norteamericano. No sé si me creerá, pero tomé un autobús de Frankfurt a Munich, y no había nadie allí que supiera una palabra de inglés. Después tomé otro autobús de Munich a Innsbruck, y tampoco había nadie que hablara inglés. Luego otro de Innsbruck a Venecia y tres cuartos de lo mismo, hasta que se subieron unos norteamericanos en Cortina. Pero de los hoteles no tengo ninguna queja. Normalmente hablan inglés en los hoteles, y he estado en algunos francamente buenos.

A Anne le pareció que aquel desconocido, sentado en un taburete de un sótano romano, había conseguido redimir a su país. Un halo de timidez y de hombría de bien parecía rodearlo. En la radio, la emisora de las fuerzas armadas de Verona lanzaba a las ondas los compases de Stardust.

—Eso es Stardust —señaló el norteamericano—. Aunque supongo que ya habrá reconocido la canción. La escribió un amigo mío, Hoagy Carmichael. Sólo con esa pieza gana todos los años seis o siete mil dólares de derechos de autor. Es un buen amigo mío. No lo he visto nunca, pero nos escribimos. Quizá le parezca extraño tener un amigo al que no se ha visto nunca, pero Hoagy es realmente amigo mío.

A Anne le pareció que sus palabras eran mucho más melodiosas y expresivas que la música. El orden de las frases, su aparente falta de sentido, el ritmo con que habían sido pronunciadas le parecieron como la música de su propio país y se vio andando, todavía muchacha, junto a los montones de serrín de la fábrica de cucharas, camino de la casa de su mejor amiga. A veces, por las tardes, tenía que esperar en el paso a nivel, porque iba a cruzar por allí un tren de mercancías. Primero se oía un sonido a lo lejos, como de un huracán, y después un trueno metálico, el ruido de las ruedas. El tren de mercancías cruzaba a toda velocidad, como un rayo. Pero leer los carteles de los vagones solía emocionarla; no es que le hicieran imaginarse maravillosas posibilidades al final del trayecto: tan sólo la grandeza de su propio país, como si los estados de la Unión —estados trigueros, estados petrolíferos, estados ricos en carbón, estados marítimos— se deslizaran por la vía muy cerca de donde ella se había parado, y desde donde leía Southern Pacific, Baltimore & Ohio, Nickel Plate, New York Central, Great Western, Rock Island, Santa Fe, Lackawanna, Pennsylvania, para ir después perdiéndose paulatinamente a lo lejos.

—No llore, mujer—dijo el señor Stebbins—. No llore.

Había llegado el momento de volver a casa, y Anne cogió un avión para París aquella misma noche; al día siguiente tomó otro con destino a Idlewild. Temblaba de nerviosismo mucho antes de que vieran tierra. Volvía a casa, volvía a casa. El corazón se le subió a la garganta. ¡Qué oscura y qué reconfortante parecía el agua del Atlántico después de aquellos años en el extranjero! A la luz del amanecer, desfilaron bajo el ala derecha del avión las islas con nombres indios, e incluso llegaron a entusiasmarla las casas de Long Island, colocadas como los hierros de una parrilla. Dieron una vuelta sobre el aeropuerto y aterrizaron. Anne tenía pensado buscar una cafetería allí mismo, y pedir un sándwich de beicon, lechuga y tomate. Agarró con fuerza su paraguas (parisino), y su bolso (sienés), y esperó su turno para abandonar el avión, pero cuando estaba bajando la escalerilla, antes incluso de tocar con los zapatos (romanos) su tierra nativa, oyó cantar a un mecánico que trabajaba en un DC-7 muy cerca de allí:
La pobrecita Isabel

 nunca besaba a un doncel…

No llegó a salir del aeropuerto. Tomó el siguiente avión para Orly y se reunió con los cientos, con los miles de norteamericanos que circulaban por Europa, alegres o tristes, como si realmente fueran gentes sin un país. Se los ve doblar una esquina en Innsbruck, en grupos de treinta, y esfumarse. Llenan un puente de Venecia, e inmediatamente ya se han ido. Se los oye pidiendo ketchup en un refugio del macizo Central por encima de las nubes, y se los ve curioseando entre las cuevas submarinas, con sus gafas y sus aparatos para respirar, en las aguas transparentes de Porto San Stefano. Anne pasó el otoño en París. También estuvo en Kitzbühel. Se trasladó a Roma para los concursos de equitación, y fue a Siena para ver el Palio. Seguía viajando sin descanso, soñando siempre con sándwiches de beicon, lechuga y tomate.

 

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John Cheever / El nadador

John Cheever

EL NADADOR

Era uno de esos domingos de mitad de verano en que todo el mundo repite: «Anoche bebí demasiado.» Lo susurraban los feligreses al salir de la iglesia, se oía de labios del mismo párroco mientras se despojaba de la sotana en la sacristía, así como en los campos de golf y en las pistas de tenis, y también en la reserva natural donde el jefe del grupo Audubon sufría los efectos de una terrible resaca.

—Bebí demasiado —decía Donald Westerhazy.

—Todos bebimos demasiado —decía Lucinda Merrill.

—Debió de ser el vino —explicaba Helen Westerhazy—. Bebí demasiado clarete.

El escenario de este último diálogo era el borde de la piscina de los Westerhazy, cuya agua, procedente de un pozo artesiano con un alto porcentaje de hierro, tenía una suave tonalidad verde. El tiempo era espléndido. Hacia el oeste se amontonaban las nubes, tan parecidas a una ciudad vista desde lejos —desde el puente de un barco que se aproximara— que podían haber tenido un nombre. Lisboa. Hackensack. El sol calentaba. Neddy Merrill, sentado en el borde de la piscina, tenía una mano dentro del agua, y sostenía con la otra una copa: ginebra. Neddy era un hombre enjuto que parecía conservar aún la peculiar esbeltez de la juventud, y, aunque los días de su adolescencia quedaban ya muy lejos, aquella mañana se había deslizado por el pasamanos de la escalera, y en su camino hacia el olor a café que salía del comedor, había dado un sonoro beso en la broncínea espalda a la Afrodita del vestíbulo. Podría habérselo comparado con un día de verano, en especial con las últimas horas de uno de ellos, y aunque le faltase una raqueta de tenis o una vela hinchada por el viento, la impresión era, decididamente, de juventud, de vida deportiva y de buen tiempo. Había estado nadando y ahora respiraba hondo, como si fuera capaz de almacenar en sus pulmones los ingredientes de aquel momento, el calor del sol, y la intensidad de su propio placer. Era como si todo le cupiera dentro del pecho. Doce kilómetros hacia el sur, en Bullet Park, estaba su casa, donde sus cuatro hermosas hijas habrían terminado de almorzar y quizá jugasen al tenis en aquel momento. Fue entonces cuando se le ocurrió que si atajaba por el suroeste podría llegar nadando hasta allí.

No había nada de opresivo en la vida de Neddy, y el placer que le produjo aquella idea no puede explicarse reduciéndola a una simple posibilidad de evasión. Le pareció ver, con mentalidad de cartógrafo, la línea de piscinas, la corriente casi subterránea que iba describiendo una curva por todo el condado. Se trataba de un descubrimiento, de una contribución a la geografía moderna, y le pondría el nombre de Lucinda, en honor a su esposa. Neddy no era ni estúpido ni partidario de las bromas pesadas, pero tenía una clara tendencia a la originalidad, y se consideraba a sí mismo —de manera vaga y sin darle apenas importancia— una figura legendaria. El día era realmente maravilloso, y le pareció que un baño prolongado serviría para acrecentar y celebrar su belleza.

Se desprendió del suéter que le colgaba de los hombros y se tiró de cabeza a la piscina. Neddy sentía un inexplicable desprecio por los hombres que no se tiran de cabeza. Nadó a crol pero de forma poco organizada, respirando unas veces con cada brazada y otras sólo en la cuarta, y sin dejar de contar, de manera casi subconsciente, el un-dos, un-dos, del movimiento de los pies. No era un estilo muy apropiado para largas distancias, pero la utilización doméstica de la natación ha gravado ese deporte con ciertas costumbres, y en la parte del mundo donde habitaba Neddy, el crol era lo habitual. Sentirse abrazado y sostenido por el agua verde y cristalina, más que un placer, suponía la vuelta a un estado normal de cosas, y a Neddy le hubiese gustado nadar sin bañador, pero eso no resultaba posible, debido a la naturaleza de su proyecto. Salió a pulso de la piscina por el otro extremo —nunca usaba la escalerilla—, y comenzó a cruzar el césped. Cuando Lucinda le preguntó que adonde iba, respondió que iría nadando hasta casa.

Sólo podía utilizar mapas imaginarios o sus recuerdos de los mapas reales, pero eso era suficiente. Primero estaban los Graham, y a continuación los Hammer, los Lear, los Howland, y los Crosscup. Cruzaría Ditmar Street para llegar a casa de los Bunker y después de andar un poco pasaría por casa de los Levy y de los Welcher, para utilizar así también la piscina pública de Lancaster. Luego venían los Halloran, los Sachs, los Biswanger, Shirley Adams, los Gilmartin y los Clyde. El día era estupendo, y vivir en un mundo con tan generosas reservas de agua parecía poner de manifiesto la misericordia y la caridad del universo. Neddy se sentía en plena forma, y atravesó el césped corriendo. Volver a casa utilizando un camino desacostumbrado lo hacía sentirse peregrino, explorador; lo hacía sentirse un hombre con un destino, y estaba seguro de encontrar amigos a lo largo de todo el trayecto; no tenía la menor duda de que sus amigos ocuparían las orillas del río Lucinda.

Atravesó el seto que separaba la propiedad de los Westerhazy de la de los Graham, anduvo bajo algunos manzanos en flor, pasó junto al cobertizo que albergaba la bomba y el filtro y salió al lado de la piscina de los Graham.

—¡Hola, Neddy! —dijo la señora Graham—, ¡qué agradable sorpresa! Me he pasado toda la mañana tratando de hablar contigo por teléfono. Déjame que te prepare algo de beber.

Neddy comprendió entonces que, como cualquier explorador, necesitaría hacer uso de toda su diplomacia para conseguir que la hospitalidad y las costumbres de los nativos no le impidieran llegar a su destino. No deseaba desconcertar a los Graham ni mostrarse antipático, pero tampoco disponía de tiempo para quedarse allí. Hizo un largo en la piscina y se reunió con ellos al sol; unos minutos más tarde, la llegada de dos automóviles cargados de amigos que venían de Connecticut le facilitó las cosas. Mientras todos se saludaban efusiva y ruidosamente, Neddy pudo escabullirse. Salió por la puerta principal de la finca de los Graham, pasó por encima de un seto espinoso y cruzó un solar vacío para llegar a casa de los Hammer. La dueña de la casa, al levantar la vista de las rosas, vio a alguien que pasaba nadando, pero no llegó a saber de quién se trataba. Los Lear lo oyeron cruzar la piscina a nado a través de las ventanas abiertas de la sala de estar. Los Howland y los Crosscup habían salido. Al dejar la casa de los Howland, Neddy cruzó Ditmar Street y se dirigió hacia la finca de los Bunker, desde donde, ya a aquella distancia, le llegaba el alboroto de una fiesta.

El agua devolvía el sonido de las voces y de las risas, y daba la impresión de dejarlas suspendidas en el aire. La piscina de los Bunker estaba en alto, y Neddy tuvo que subir unos cuantos escalones hasta llegar a la terraza, donde unas veinticinco o treinta personas charlaban y bebían. Rusty Towers era el único que se hallaba dentro del agua, flotando sobre una balsa de goma. ¡Qué hermosas eran las orillas del río Lucinda y qué maravillosa vegetación crecía en ellas! Acaudalados hombres y mujeres se reunían junto a sus aguas color zafiro, mientras serviciales criaturas de blancas chaquetas les servían ginebra fría. Sobre sus cabezas, una avioneta roja de las que se utilizaban para dar clases de vuelo daba vueltas y más vueltas, y sus evoluciones hacían pensar en el regocijo de un niño subido en un columpio. Ned sintió un momentáneo afecto por aquella escena, una ternura que era casi como una sensación física, motivada por algo tangible. Oyó un trueno a lo lejos. Enid Bunker se puso a gritar nada más verlo.

—¡Mirad quién está aquí! ¡Qué sorpresa tan maravillosa! Cuando Lucinda dijo que no podías venir, creí que iba a morirme.

Neddy se abrió camino entre la multitud en su dirección, y cuando terminaron de besarse, Enid lo llevó hacia el bar; avanzaron lentamente porque Ned tuvo que pararse para besar a otras ocho o diez mujeres y estrechar la mano de otros tantos hombres. Un barman sonriente que había visto ya antes en un centenar de fiestas le dio una ginebra con tónica, y Ned se quedó allí un instante, temeroso de tener que participar en alguna conversación que pudiera retrasar su viaje. Cuando parecía que iba a verse rodeado, se tiró a la piscina y nadó pegado al borde para evitar la balsa de Rusty. Al salir por el otro lado se cruzó con los Tomlinson; los obsequió con una cordial sonrisa, y echó a andar rápidamente por el sendero del jardín. La grava le hacía daño en los pies, pero ésa era la única sensación desagradable. La fiesta se celebraba únicamente en los alrededores de la piscina y, al llegar junto a la casa, Ned notó que se había debilitado el sonido de las voces. En la cocina de los Bunker alguien oía por la radio un partido de béisbol. Domingo por la tarde. Tuvo que avanzar en zigzag entre los coches aparcados y llegó hasta Alewives Lane siguiendo el césped que bordeaba el camino de grava de los Bunker. Ned no quería que lo vieran en la carretera en traje de baño, pero no había tráfico y cruzó en seguida los pocos metros que lo separaban del sendero de grava de los Levy, con un cartel de Propiedad Privada y un recipiente cilíndrico de color verde para el New York Times. Todas las puertas y las ventanas de la amplia casa estaban abiertas, pero no había signos de vida; ni siquiera un perro que ladrara. Ned rodeó el edificio y al llegar a la piscina vio que los Levy acababan de marcharse. Sobre una mesa al otro extremo de la piscina, cerca de un cenador adornado con linternas japonesas, había una mesa con vasos, botellas y platos con cacahuetes, almendras y avellanas. Después de atravesar la piscina a nado, Ned se sirvió ginebra en un vaso. Era la cuarta o la quinta copa, y había nadado aproximadamente la mitad del curso del río Lucinda. Se sentía cansado, limpio, y, en ese momento, satisfecho de encontrarse solo; satisfecho con el mundo en general.

Iba a haber una tormenta. La masa de nubes —aquella ciudad— se había elevado y oscurecido, y mientras descansaba allí un momento, oyó otra vez el retumbar de un trueno. La avioneta roja seguía dando vueltas, y a Ned casi le parecía oír la risa placentera del piloto flotando en el aire de la tarde; pero al oír el fragor de otro trueno se puso de nuevo en movimiento. El pitido de un tren lo hizo preguntarse qué hora sería. ¿Las cuatro, las cinco? Se imaginó la estación local, donde, en ese momento, un camarero con el esmoquin oculto bajo un impermeable, un enano con un ramo de flores envuelto en papel de periódico y una mujer que había llorado esperarían el tren de cercanías. Estaba oscureciendo de pronto; era el instante en que los pájaros más estúpidos parecían transformar su canto en un anuncio, preciso y bien informado, de la proximidad de la tormenta. Se produjo entonces un agradable ruido de agua cayendo desde la copa de un roble, como si alguien hubiera abierto una espita. Después, el ruido como de fuentes se extendió a las copas de todos los árboles altos. ¿Por qué le gustaban las tormentas? ¿Por qué se animaba tanto cuando las puertas se abrían con violencia y el viento que arrastraba gotas de lluvia trepaba a empellones por las escaleras? ¿Por qué la simple tarea de cerrar las ventanas de una casa antigua le parecía tan necesaria y urgente? ¿Por qué los primeros compases húmedos de un viento de tormenta constituían siempre el anuncio de alguna buena nueva, de algún suceso reconfortante y alegre? En seguida se oyó una explosión, acompañada de un olor como de pólvora, y la lluvia azotó las linternas japonesas que la señora Levy había comprado en Kyoto dos años antes, ¿o hacía sólo un año?

Ned se quedó en el cenador de los Levy hasta que pasó la tormenta. La lluvia había enfriado el aire, y un escalofrío le recorrió el cuerpo. La fuerza del viento había arrancado las hojas secas y amarillas de un arce y las había esparcido sobre la hierba y el agua. Como estaban aún a mitad de verano, Ned supuso que el árbol se hallaba enfermo, pero sintió una extraña tristeza ante ese signo del otoño. Hizo unos movimientos gimnásticos, apuró la ginebra y se dirigió hacia la piscina de los Welcher. Eso significaba cruzar el picadero de los Lindley, y le sorprendió encontrar la hierba demasiado crecida y los obstáculos desmantelados. Se preguntó si los Lindley habrían vendido sus caballos o si se habrían ausentado durante el verano, dejando sus animales al cuidado de otras personas. Le pareció recordar que había oído algo acerca de los Lindley y de sus caballos, pero no sabía exactamente qué. Siguió adelante, notando la hierba húmeda contra los pies descalzos, en dirección a la casa de los Welcher, donde se encontró con que la piscina estaba vacía.

Esa ruptura en la continuidad de su río imaginario le produjo una absurda decepción, y se sintió como un explorador que busca las fuentes de un torrente y encuentra un cauce seco. Ned notó que lo dominaba el desconcierto y la decepción. Era bastante normal que los vecinos de aquella zona se marcharan durante el verano, pero nadie vaciaba la piscina. Los Welcher se habían ido definitivamente. Las sillas, las mesas y las hamacas de la piscina estaban dobladas, amontonadas y cubiertas con lonas. Los vestuarios, cerrados, y lo mismo sucedía con todas las ventanas de la casa, y cuando la rodeó hasta llegar al camino de grava que llevaba hasta la puerta principal se encontró con un cartel que decía: «Se Vende», clavado en un árbol. ¿Cuándo había oído hablar de los Welcher por última vez? ¿Cuándo —habría que decir, más exactamente— Lucinda y él se habían disculpado por última vez al recibir una invitación suya para cenar? No daba la impresión de que hubiese transcurrido más de una semana. ¿Le fallaba la memoria o la tenía tan disciplinada contra los sucesos desagradables que llegaba a falsear la realidad? A lo lejos oyó que alguien jugaba un partido de tenis. Aquello lo animó, disipando todas sus aprensiones, y permitiéndole enfrentarse con indiferencia al cielo oscurecido y al aire frío. Aquél era el día en que Neddy Merrill iba a atravesar a nado el condado. ¡Aquel día, precisamente! De inmediato inició la etapa más difícil de su viaje.

Alguien que hubiese salido a pasear en coche aquella tarde de domingo podría haberlo visto, casi desnudo, en la cuneta de la autopista 424, esperando una oportunidad para cruzar al otro lado. Podría habérsele creído la víctima de alguna apuesta insensata, o una persona a quien se le ha estropeado el coche, o, simplemente, un chiflado. Junto al asfalto, con los pies descalzos —entre latas de cerveza vacías, trapos sucios y parches para neumáticos desechados—, expuesto al ridículo, resultaba penoso. Ned sabía desde el principio que aquello era parte de su recorrido, que figuraba en sus mapas, pero al enfrentarse con las largas filas de coches que culebreaban bajo la luz del verano, descubrió que no estaba preparado psicológicamente. Los ocupantes de los automóviles se reían de él, lo tomaban a broma, y llegaron incluso a tirarle una lata de cerveza, y él no tenía ni dignidad ni humor que aportar a aquella situación. Podría haberse vuelto atrás, regresar a casa de los Westerhazy, donde Lucinda estaría aún sentada al sol. No había firmado nada, no había prometido nada, no se había apostado nada, ni siquiera consigo mismo. ¿Por qué, creyendo como creía que toda humana testarudez era susceptible de ceder ante el sentido común, se sabía incapaz de volver atrás? ¿Por qué estaba decidido a terminar el recorrido, aun a costa de poner en peligro su vida? ¿En qué momento aquella travesura, aquella broma, aquella payasada se había convertido en algo muy serio? No estaba en condiciones de volver atrás, ni siquiera recordaba con claridad las verdes aguas de la piscina de los Westerhazy, ni el placer de aspirar los componentes de aquel día, ni las serenas y amistosas voces que se lamentaban de haber bebido demasiado. En una hora aproximadamente, Ned había cubierto una distancia que hacía imposible el regreso.

Un anciano que conducía a veinticinco kilómetros por hora le permitió llegar hasta la mediana de la autopista, donde había una tira de césped. Allí se vio expuesto a las bromas del tráfico que avanzaba en dirección contraria, pero al cabo de unos diez minutos o un cuarto de hora consiguió cruzar. Desde allí sólo tenía que andar un poco para llegar al centro recreativo situado a las afueras de Lancaster, que disponía de varios frontones y de una piscina pública.

La peculiar resonancia de las voces cerca del agua, la sensación de brillantez y de tiempo detenido eran las mismas que anteriormente en casa de los Bunker, pero aquí los sonidos resultaban más fuertes, más agrios y más penetrantes, y tan pronto como entró en aquel espacio abarrotado de gente, Ned tuvo que someterse a las molestias de la reglamentación: «Todos los bañistas tienen que ducharse antes de usar la piscina. Todos los bañistas deben utilizar el pediluvio. Todos los bañistas deben llevar la placa de identificación».

Ned se duchó, se lavó los pies en una oscura y desagradable solución y llegó hasta el borde de la piscina. Apestaba a cloro y le recordó a un fregadero. Sendos monitores, desde sus respectivas torres, hacían sonar sus silbatos a intervalos aparentemente regulares, insultando además a los bañistas mediante un sistema de megafonía. Ned recordó con nostalgia las aguas color zafiro de los Bunker y pensó que podía contaminarse —echar a perder su prosperidad y disminuir su atractivo personal— nadando en aquella ciénaga, pero recordó que era un explorador, un peregrino, y que aquello no pasaba de ser un remanso de aguas estancadas en el río Lucinda. Se tiró al cloro con ceñuda expresión de disgusto y no le quedó más remedio que nadar con la cabeza fuera para evitar colisiones, pero incluso así lo empujaron, lo salpicaron y le dieron codazos. Cuando llegó al lado menos profundo de la piscina, los dos monitores le estaban gritando:

—¡A ver, ése, ese que no lleva placa de identificación, que salga del agua!

Ned lo hizo así, pero los otros no estaban en condiciones de perseguirlo, y, dejando atrás el desagradable olor de las cremas bronceaduras y del cloro, saltó una valla de poca altura y atravesó los frontones. Le bastó cruzar la carretera para entrar en la parte arbolada de la propiedad de los Halloran. Nadie se había preocupado de arrancar la maleza que crecía entre los árboles, y tuvo que avanzar con grandes precauciones hasta llegar al césped y al seto de hayas recortadas que rodeaba la piscina.

Los Halloran eran amigos suyos; se trataba de unas personas de edad avanzada y enormemente ricos, que se sentían felices cuando alguien los consideraba sospechosos de filocomunismo. Eran reformadores llenos de celo, pero no comunistas; sin embargo, cuando alguien los acusaba de subversivos, como sucedía a veces, parecían agradecerlo y sentirse rejuvenecidos. Las hojas del seto de haya también se habían vuelto amarillas, y Ned supuso que probablemente padecían la misma enfermedad que el arce de los Levy. Gritó «¡hola!» dos veces para que los Halloran advirtieran su presencia y de esa forma la invasión de su intimidad no resultara demasiado brusca. Los Halloran, por razones que nunca le habían sido explicadas, no utilizaban trajes de baño. En realidad, no hacía falta ninguna explicación.

Su desnudez era un detalle de su celo reformista libre de prejuicios, y Ned se quitó cortésmente el bañador antes de entrar en el espacio limitado por el seto de hayas.

La señora Halloran, una mujer corpulenta de cabello blanco y expresión serena, leía el Times. Su marido sacaba hojas de haya de la piscina con una red. No parecieron ni sorprendidos ni disgustados al verlo. Su piscina era quizá la más antigua del condado, un rectángulo construido con piedras cogidas del campo, alimentado por un arroyo. Carecía de filtro o de bomba, y sus aguas tenían la dorada opacidad de la corriente.

—Estoy atravesando a nado el condado —dijo Ned.

—Vaya, no sabía que se pudiera hacer eso —exclamó la señora Halloran.

—Bueno, he empezado en casa de los Westerhazy —dijo Ned—. Debo de haber recorrido unos seis kilómetros.

Dejó el bañador junto al extremo más hondo de la piscina, fue andando hasta el otro lado y nadó aquella distancia. Mientras salía a pulso del agua, oyó decir a la señora Halloran:

—Sentimos mucho que te hayan ido tan mal las cosas, Neddy.

—¿Lo mal que me han ido las cosas? No sé de qué me está usted hablando.

—¿No? Hemos oído que has vendido la casa y que tus pobres hijas…

—No recuerdo haber vendido la casa —dijo Ned—. En cuanto a las chicas, no les ha pasado nada, que yo sepa.

—Sí —suspiró la señora Halloran—. Claro…

Su voz llenaba el aire con una melancolía intemporal, y Ned la interrumpió precipitadamente:

—Gracias por el baño.

—Que tengas una travesía agradable —dijo la señora Halloran.

Al otro lado del seto, Ned se puso el bañador y tuvo que apretárselo. Le estaba un poco grande, y se preguntó si era posible que hubiera perdido peso en una tarde. Tenía frío, estaba cansado, y la desnudez de los Halloran y el agua oscura de su piscina lo habían deprimido. Aquella travesía era demasiado para sus fuerzas, pero ¿cómo podía haberlo previsto mientras se deslizaba aquella mañana por el pasamanos de la escalera o cuando estaba sentado al sol en casa de los Westerhazy? Los brazos no le respondían. Las piernas parecían de goma y le dolían las articulaciones. Lo peor de todo era el frío en los huesos y la sensación de que nunca volvería a entrar en calor. Caían hojas de los árboles y el viento le trajo olor a humo. ¿Quién podía estar quemando hojarasca en aquella época del año?

Necesitaba un trago. El whisky lo calentaría, le levantaría el ánimo, lo sostendría hasta el final de su viaje, renovaría su convicción de que atravesar a nado aquella zona era un proyecto original que exigía valor. Los nadadores que recorren grandes distancias toman coñac. Necesitaba un estimulante. Cruzó la zona de césped delante de la casa de los Halloran, y siguió andando hasta el pabellón que habían construido para Helen, su única hija, y para su marido, Erich Sachs. Ned encontró a los Sachs en su piscina, que era bastante pequeña.

—¡Neddy! —exclamó Helen—. ¿Has almorzado en casa de mi madre?

—No exactamente —dijo Ned—. He entrado un momento a saludar a tus padres. —No parecía que hiciese falta dar más explicaciones—. Siento mucho presentarme así de sorpresa, pero me ha dado un escalofrío de pronto y me preguntaba si podríais ofrecerme una copa.

—Me encantaría hacerlo —dijo Helen—, pero no tenemos nada para beber desde la operación de Eric. Y de eso hace ya tres años.

¿Estaba perdiendo la memoria, o era acaso que su capacidad para ignorar acontecimientos penosos le había permitido olvidarse de la venta de su casa, de las dificultades de sus hijas, y de la enfermedad de su amigo Eric? La mirada de Ned se desplazó del rostro de Eric a su vientre, donde vio tres cicatrices antiguas, más blancas que el resto de la piel, dos de ellas de treinta centímetros de largo por lo menos. El ombligo había desaparecido, y Ned pensó en el desconcierto de una mano inquisitiva que, al buscar en la cama a las tres de la mañana los atributos masculinos, se encontrara con un vientre sin ombligo, sin unión con el pasado, sin continuidad en la sucesión natural de los seres.

—Estoy segura de que encontrarás algo de beber en casa de los Biswanger—dijo Helen—. Dan una fiesta por todo lo alto. Se los oye desde aquí. ¡Escucha!

Helen alzó la cabeza, y desde el otro lado de la carretera, desde el otro lado de los jardines, de los bosques, de los campos, Ned oyó de nuevo el ruido, lleno de resonancias, de las voces cerca del agua.

—Bueno, voy a darme un remojón —dijo, notando que carecía aún de libertad para decidir sobre su manera de viajar. Se tiró de cabeza al agua fría y faltándole el aliento, casi a punto de ahogarse, cruzó la piscina de un extremo a otro—. Lucinda y yo tenemos muchas ganas de veros —dijo vuelto de espaldas, con el cuerpo orientado ya hacia la casa de los Biswanger—. Sentimos mucho que haya pasado tanto tiempo sin vernos, y os llamaremos cualquier día de éstos.

Ned tuvo que cruzar algunos campos hasta la casa de los Biswanger y los sonidos festivos que salían de ella. Sería un honor para los dueños ofrecerle una copa, se sentirían felices de darle de beber. Los Biswanger los invitaban a cenar —a Lucinda y a él— cuatro veces al año con seis semanas de anticipación. Ellos nunca aceptaban, pero los Biswanger continuaban enviando invitaciones como si fueran incapaces de comprender las rígidas y antidemocráticas normas de la sociedad en la que vivían. Pertenecían a ese tipo de personas que hablan de precios durante los cócteles, que se hacen confidencias sobre inversiones bursátiles durante la cena y que después cuentan chistes verdes cuando están presentes las señoras. No pertenecían al grupo de amistades de Neddy; ni siquiera figuraban en la lista de personas a las que Lucinda enviaba felicitaciones de Navidad. Se dirigió hacia la piscina con sentimientos a mitad de camino entre la conciencia de su superioridad y el deseo de mostrarse amable, y también con algún desasosiego porque parecía que estaba oscureciendo y, sin embargo, aquéllos eran los días más largos del año. La fiesta era ruidosa y había mucha gente. Grace Biswanger pertenecía al tipo de anfitriona que invitaba al óptico, al veterinario, al corredor de fincas y al dentista. No había nadie nadando en la piscina, y el crepúsculo, al reflejarse en el agua, despedía un brillo invernal. Ned se dirigió hacia el bar. Cuando Grace Biswanger lo vio, avanzó hacia él, pero no con gesto afectuoso, como él había esperado, sino de la forma más hostil imaginable.

—Vaya, en esta fiesta hay de todo —comentó alzando mucho la voz—, incluso personas que se cuelan.

Grace no estaba en condiciones de hacerle un feo social, no tenía ni la más remota posibilidad, de manera que Ned no se echó atrás.

—En mi calidad de gorrón —preguntó cortésmente—, ¿tengo derecho a tomar una copa?

—Haga lo que guste —dijo ella—. No parece que las invitaciones signifiquen mucho para usted.

Le dio la espalda y se reunió con otros invitados. Ned se acercó al bar y pidió un whisky. El barman se lo sirvió, pero de forma descortés. El mundo de Ned era un mundo en el que los camareros estaban al tanto de los matices sociales, y verse desairado por un barman a media jornada significaba haber perdido puntos en la escala social. O quizá aquel hombre era novato y le faltaba información. En seguida oyó cómo Grace decía a su espalda:

—Se arruinaron de la noche a la mañana; no les quedó más que su sueldo, y él apareció borracho un domingo y nos pidió que le prestáramos cinco mil dólares…

Siempre hablando de dinero. Aquello era peor que llevarse el cuchillo a la boca. Ned se zambulló en la piscina, hizo un largo y se marchó.

La siguiente piscina de la lista, la antepenúltima, pertenecía a su antigua amante, Shirley Adams. Si había sufrido alguna herida en casa de los Biswanger, aquél era el lugar ideal para curarla. El amor —los violentos juegos sexuales, para ser más exactos— era el supremo elixir, el remedio contra todos los males, la píldora mágica capaz de rejuvenecerlo y de devolverle la alegría de vivir. Habían tenido una aventura la semana pasada, o el mes último, o el año anterior. No se acordaba. Pero había sido él quien había decidido acabar, y eso lo colocaba en una situación privilegiada, de manera que cruzó la puerta de la valla que rodeaba la piscina de Shirley repleto de confianza en sí mismo. En cierta forma, era como si la piscina fuese suya, porque la persona amada, especialmente si se trata de un amor ilícito, goza de la posesión de la amante con una plenitud desconocida en el sagrado vínculo del matrimonio. Shirley estaba allí, con sus cabellos color de bronce, pero su figura, al borde del agua de color azul intenso, iluminada por la luz eléctrica, no despertó en él ninguna emoción profunda. No había sido más que una aventurilla, pensó, aunque Shirley lloraba cuando él decidió romper. Pareció turbada al verlo, y Ned se preguntó si se sentiría aún herida. ¿Acaso iba, Dios no lo quisiera, a echarse a llorar de nuevo?

—¿Qué quieres? —le preguntó ella.

—Estoy nadando a través del condado.

—¡Santo cielo! ¿Te comportarás alguna vez como una persona adulta?

—¿Se puede saber qué te pasa?

—Si has venido buscando dinero —dijo ella—, no voy a darte ni un centavo.

—Puedes darme algo de beber.

—Puedo, pero no quiero. No estoy sola.

—Bueno, me marcho en seguida.

Ned se tiró al agua e hizo un largo, pero cuando intentó alzarse hasta el borde para salir de la piscina, descubrió que sus brazos y sus hombros no tenían fuerza; llegó como pudo a la escalerilla y salió del agua. Al mirar por encima del hombro, vio a un hombre joven en los vestuarios iluminados. Al cruzar el césped —ya se había hecho completamente de noche— le llegó un aroma de crisantemos o de caléndulas, decididamente otoñal, y tan intenso como el olor a gasolina. Levantó la vista y comprobó que habían salido las estrellas, pero ¿por qué tenía la impresión de ver Andrómeda, Cefeo y Casiopea? ¿Qué se había hecho de las constelaciones de pleno verano? Ned se echó a llorar.

Era probablemente la primera vez que lloraba en toda su vida de adulto, y desde luego la primera vez en su vida que se sentía tan desdichado, con tanto frío, tan cansado y tan desconcertado. No entendía los malos modos del barman ni el mal humor de una amante que se había acercado a él de rodillas y le había mojado el pantalón con sus lágrimas. Había nadado demasiado, había pasado demasiado tiempo bajo el agua, y tenía irritadas la nariz y la garganta. Necesitaba una copa, necesitaba compañía y ponerse ropa limpia y seca, y aunque podría haberse encaminado directamente hacia su casa por la carretera, se fue a la piscina de los Gilmartin. Allí, por primera vez en su vida, no se tiró, sino que descendió los escalones hasta el agua helada y nadó dando unas renqueantes brazadas de costado que quizá había aprendido en su adolescencia. Camino de casa de los Clyde, se tambaleó a causa del cansancio y, una vez en la piscina, tuvo que detenerse una y otra vez mientras nadaba para sujetarse con la mano en el borde y descansar. Trepó por la escalerilla y se preguntó si le quedaban fuerzas para llegar a casa. Había cumplido su deseo, había nadado a través del condado, pero estaba tan embotado por la fatiga que su triunfo carecía de sentido. Encorvado, agarrándose a los pilares de la entrada en busca de apoyo, Ned torció por el sendero de grava de su propia casa.

Todo estaba a oscuras. ¿Era tan tarde que ya se habían ido a la cama? ¿Se habría quedado su mujer a cenar en casa de los Westerhazy? ¿Habrían ido las chicas a reunirse con ella o se habrían marchado a cualquier otro sitio? ¿No se habían puesto previamente de acuerdo, como solían hacer los domingos, para rechazar las invitaciones y quedarse en casa? Ned intentó abrir las puertas del garaje para ver qué coches había dentro, pero la puerta estaba cerrada con llave y se le mancharon las manos de orín. Al acercarse más a la casa vio que la violencia de la tormenta había separado de la pared una de las tuberías de desagüe para la lluvia. Ahora colgaba por encima de la entrada principal como una varilla de paraguas, pero no costaría arreglarla por la mañana. La puerta de la casa también estaba cerrada con llave, y Ned pensó que habría sido una ocurrencia de la estúpida de la cocinera o de la estúpida de la doncella, pero en seguida recordó que desde hacía ya algún tiempo no habían vuelto a tener ni cocinera ni doncella. Gritó, golpeó la puerta, intentó forzarla golpeándola con el hombro; después, al mirar a través de las ventanas, se dio cuenta de que la casa estaba vacía.

Charles D’Ambrosio / La punta

Charles D’Ambrosio

LA PUNTA

NO ME HABÍA PODIDO dormir después de la pesadilla, una pesadilla en la que mi padre y yo comprábamos globos de helio en un circo. Me amarré el mío a uno de los dedos y mi padre ató el suyo alrededor de una habichuela y lo perdió. Después permanecí en la oscuridad, dando vueltas y agitado, despierto por culpa de la arena que había en las sábanas y el alboroto de la sala. Entonces se abrió la puerta y por un momento me encandiló un brillante haz de luz. La fiesta estaba aún en pleno furor y ahora, con la puerta entreabierta y mientras mis ojos se adaptaban, alcancé a ver el humo plateado arremolinándose en la luz y a toda la gente suspendida en él, revoloteando como ángeles en el cielo, una especie de cielo en el que el anfitrión sirve tragos y los hombres fuman cigarros y las mujeres huelen todas a fruta podrida. Todo allí era pura euforia: los hombres reían, el hielo tintineaba, las mujeres chillaban. Una mujer entró, se sentó al borde de la cama y se inclinó sobre mí. Era mi madre. A contraluz se veía como una silueta vaga, amenazante, pero podía oler el lirio de los valles y algo más, la cáscara amarga de limón que siempre masticaba cuando llegaba al fondo aguado de su vodka con tónica. Cuando mi padre estaba vivo, ella rara vez bebía, pero después de que él se pegó un tiro, podría decirse que se soltó del tiso.

“¿Cariño?”, dijo.

“Hola, mamá”, dije.

“Tu vieja madre está borracha, cariño, completamente borracha.”

“Está bien”, dije. Le gustaba confesarme estas cosas, aunque siempre era evidente lo mucho que había bebido. Pero no me importaba. Me consideraba un profesional en estos negocios. “Es una fiesta”, dije sin dramatismo. “Diviértete.”

“Dios mío”, se rio. “No sé a qué horas me puse así.”

“¿Qué quieres, mamá?”

“Sí, cariño”, dijo. “Hay algo que quiero.”

Miró por la ventana, a la luna blanca como una vela más allá de las ramas negras del manzano, y después me miró a los ojos. “¿Qué era lo que quería?” Sus ojos estaban húmedos y surcados de venas rojas. “Vine por algo”, dijo, “pero se me olvidó.”

“Tal vez si vuelves a la fiesta lo recuerdes”, sugerí.

En ese momento la señora Gurney se asomó por la puerta. “¿Y bien?”, dijo desplomándose. La señora Gurney tenía el pelo platinado y estaba muy bronceada —el típico bronceado que las mujeres de por aquí adquieren cuando sus matrimonios comienzan a desmoronarse. Podía ver las vistosas cadenas de oro alrededor del moreno cuello de la señora Gurney titilando en la penumbra antes de ocultarse en el oscuro abismo que se abría entre sus senos.

“Eso era”, dijo mi madre. “La señora Gurney. Está peor que yo. Está realmente jincha… ¿juma? ¿Jumada?”

“Pásame la pantaloneta”, dije.

Me la puse debajo de las cobijas.

Durante años había escoltado a esos viejos ebrios por el arenoso campo de juego y a lo largo de los sinuosos senderos entablados hasta las escaleras blancas de sal de sus casas. Les hacía café, les preparaba tostaditas o les calentaba sobras, buscaba en los botiquines aspirina y vitamina B, les dejaba un vaso de agua en la mesa de noche o en la mesa de centro cuando se desplomaban en el sofá —una vez, incluso, acomodé a un vejestorio en su cama, entre sábanas de seda púrpura. Llevaba a estos borrachos a su casa y les oía sus historias sobre el alma máter, Theta Xi, la repartición de acciones de la Boeing, los Cadillacs, el divorcio, Nembutal, la infidelidad, y a menudo la gente a la que ayudo a llegar a la casa me daba tres o cuatro dólares por oírles todas sus tristes historias. Me imagino que esto es mejor que repartir periódicos. Mi padre, que fue médico militar en Vietnam, me asignó este oficio cuando tenía diez años, y a los trece ya me consideraba todo un veterano, y asumía cada viaje como si fuera una misión.

“Muy bien, señora Gurney”, dije. “Arriba.”

Me tendió la mano y yo se la agarré, me eché hacia atrás y la levanté. Se quedó allí un minuto, meciéndose de aquí para allá como un marinero que llevara tiempo sin tocar puerto.

Mi madre le dio un beso húmedo en los labios y luego le dijo “Apúrate.”

“Estoy borracha”, explicó la señora Gurney. “Totalmente borracha.”

“Salgamos por atrás”, le dije. Nos demoraríamos más si tuviéramos que abrirnos paso por entre la gente, excusándonos y haciendo esas promesas ridículas que los adultos siempre se hacen al final de una fiesta. “Tenemos que repetirlo”, se dicen, como si fuera necesario decirlo. Y yo había notado que, a medida que se terminaba el verano y se acercaba el Día del Trabajo, los adultos adquirían una especie de talante desesperado, pegajoso, como si todo fuera a terminar para siempre y nunca pudieran volver a ver los buenos tiempos. Ahora me doy cuenta, naturalmente, de que el final era simplemente un pretexto para hacer fiestas como locos. El torneo de softball, el derby del salmón, los cocteles, los asados de almejas, las barbacoas, todo sucedería de nuevo. Siempre había sido así y seguiría siéndolo.

En todo caso, salimos por detrás y bajamos la escalera.

Una vez cometí un grave error con un ejecutivo de cuenta retirado, amigo de mi padre. Fred ya estaba caído de la borrachera, de manera que no fueron de mucha ayuda los dos tragos que se tomó camino de la puerta, mientras pedía excusas por su estado, del que nadie se daba cuenta, y ofrecía ruidosamente datos falsos sobre el mercado de la bolsa. Finalmente logré sacarlo, lo arrastré en un carrito y lo dejé caer de culo frente a su casa —suficientemente cerca, supuse— trancado con unos palos para que la marea no lo arrastrara hacia el mar. No fue a dar al mar, pero al subir el mar llegó hasta él, y cuando despertó estaba en una maraña de algas verdes. Afortunadamente no se acordaba de nada —cómo había llegado, dónde estaba, dónde había estado antes—, pero a mí me asustó que un intento más o menos de buena voluntad de mi parte pudiera haber terminado en un enredo tan feo.

Sin embargo, ahora llevaba ya tanto tiempo en este oficio que conocía bien todos los trucos.

La luna estaba llena e inmaculadamente blanca en un cielo negro-azul. El viento se encauzaba por el Pasaje de Saratoga soplando fuerte, soplando al sur, y la señora Gurney y yo luchábamos contra él, avanzando y retrocediendo por el campo de juego. La señora Gurney me estrangulaba con su brazo y avanzábamos tambaleantes. La arena se nos metía en los ojos y nos enceguecía.

“¡Mantenga la cabeza baja, señora Gurney! ¡Yo la guío!”

Se dejó caer sobre la arena haciendo allí un nido como si fuera a poner un huevo. Se desató las sandalias y las arrojó hacia atrás. Me devolví corriendo y les sacudí la arena. La falda le revoloteaba al viento y se le iba a la cara. El cabello plateado, que generalmente mantenía lacado y peinado como un casco, se le abrió y se le astilló como un atado de paja.

“¿Por qué carajos tomé tanto?”, gritó. “Estoy borracha. En serio, Kurt, estoy completamente borracha. No debí haber bebido tanto, maldita sea.”

“Pero lo hizo, señora Gurney”, dije, inclinándome hacia ella. “Ese no es el problema ahora. El problema ahora es cómo llegar a su casa.”

Una cosa sobre estos borrachos: mi opinión es que, a la larga, vale la pena ceñirse estrictamente a la tarea que se tiene entre manos. Vamos a casa, les asegura uno, y mañana todo será diferente. Me he dado cuenta de que si uno se aleja demasiado de la simple meta de llegar a la casa e irse a dormir, se acaba metiendo en un berenjenal innecesario. Comienza uno a oírlos hablar sobre su miserable existencia, y de un momento a otro lo más importante en el mundo es arreglarlo todo ahí mismo. Hay ciertas cosas en la vida que no se pueden reparar, como le pasó a mi padre, y eso siempre es triste, pero creo que no hay nada en la vida que se pueda arreglar bajo la influencia de media docena de cocteles.

Bueno, no todo el mundo en La Punta era un bebedor empedernido. Pero los que no lo eran, la gente que evaluaba con precisión su capacidad y equilibraba de acuerdo con ello su consumo, la gente que nunca se perdía, que nunca se desplomaba entre las matas, o que, a la deriva por entre el laberinto de estrechos tablados desistía de buscar su hogar y entraba a cualquier casa vieja de la vecindad —ellos, la gente que nunca hacía estas cosas y sabía lo que quería, nunca necesitó de mi ayuda. Tampoco eran muy amistosos con mi madre, ni participaban en sus parrandas semanales. La Punta estaba como dividida en esa forma —entre los residentes rectos, aptos para la navegación, y los amigos de mi madre, que se volcaban con facilidad.

La señora Gurney vivía una media milla playa arriba en un bungaló lleno de añadidos góticos. Los rumores sobre la señora Gurney eran que, aunque no estaba divorciada, su esposo no la amaba. Saber estas cosas era parte de mi trabajo, algo de lo que no disfrutaba pero que aceptaba como gajes del oficio. Conocía todos los chismes, los rumores, las cambiantes fortunas de los amigos de mi madre. Después de un verano, quisiéralo o no, conocía los trapos sucios de todo el mundo. Pero había desarrollado una percepción sacerdotal de mi posición, y todo lo que me contaban en un arranque disparatado de confesiones etílicas era para mí tan secreto y privilegiado como si lo hubieran dicho en una audiencia privada con el Papa. De todas maneras, esperaba que la señora Gurney se centrara en su objetivo inmediato y no comenzara a hablar sobre lo triste y sola que estaba, o lo cruel que era su marido, o qué iría a ser de nosotros, etc.

El viento mecía los columpios, hacía rechinar las cadenas y azotaba la rasgada bandera que ondeaba a media asta. A comienzos del verano el señor Crutchfield, abogado de seguros, se había caído por la borda y se había ahogado cuando trataba de jalar su trampa de cangrejos. Siempre untaba su caja de carnadas con Mentholatum, lo cual es ilegal, y eso a los cangrejos los enloquecía. Me imagino que, en su codicia, habiendo sobrepasado el límite, no pudo sacar la trampa pero tampoco la quiso perder, y el peso lo arrastró al mar, le dio un ataque al corazón y se ahogó. La corriente lo arrastró hasta Everett antes de que lo encontraran, blanco e hinchado como un pan mojado.

La señora Gurney estaba acuclillada, levantando puñados de arena que dejaba correr por entre sus dedos, y los granos caían como en un reloj de arena.

“¿Señora Gurney? No estamos progresando mucho.”

Se levantó, se agarró de la pierna de mi pantalón, de mi camisa, de mi manga y por fin de mi cuello. Comenzamos a caminar de nuevo. Había una capa de arena suelta y a cada paso nos hundíamos en ella hasta que lográbamos hacer pie en la arena más firme del fondo y avanzábamos con pasitos de bebé. La noche estaba clara y animada de sombras —todo, hasta los más diminutos penachos de maleza que brotaban de la arena, tenía una sombra— y esto profundizaba el mundo, lo hacía parecer más espeso, con capas y más capas, y luego la oscuridad a través de la cual no podía ver nada.

“Tú sabes”, me dijo la señora Gurney, “el problema de estas fiestas es… el problema sobre la bebida es… tú sabes, llegar a estar tan horriblemente perdida es…”. Se detuvo y trató de amasar su cabello salvaje y de volver a ponerlo en su sitio, y al no estarse sosteniendo de otra cosa que de su cabeza, se cayó hacia atrás, de culo en la arena.

Esperé a que terminara la frase y luego renuncié, sabiendo que se había ido para siempre. Noté que su boca estaba manchada de lápiz labial como si fuera un payaso, lo que fijaba sus labios en un gesto de desdén o tal vez en una sonrisa estúpida. Olía diferente de mi madre —a pimienta, pensé, y a bananos. Era más alta que yo, un poco rolliza, y su nariz tenía la misma forma que su cabeza; era como una pequeña réplica pegada en medio de la cara.

Finalmente salimos del campo de juego hacia el entablado que estaba frente al malecón. Había un vagón de madera volcado en la arena. Lo enderecé.

“Vamos, señora Gurney”, dije, señalando el vagón. “A bordo.”

“Estoy bien”, protestó. “De maravilla.”

“Usted no está de maravilla, señora Gurney.”

El vigilante había construido estos vagones con viejas compuertas de lanchas torpederas. Eran pesados, monstruosos y hechos para durar. Cuando uno lograba echarlos a andar, volaban.

La señora Gurney se subió, no sin muchos aspavientos, y cuando finalmente logré que se callara y se sentara, comencé a jalar. Nunca antes la había llevado a su casa, pero en una escala de uno a diez, siendo diez lo más escandaloso, en ese momento le daba a ella más o menos un seis.

Se estiró como Cleopatra flotando Nilo abajo en su barcaza. “Paren el mundo”, cantaba. “Quiero bajarme.”

Recordé vagamente que esa era una canción de la generación de mis padres. Me recordó a mi padre, que una mañana se pegó un tiro en la cabeza —¿ya lo había dicho? Estaba estacionado en la grama que hay sobre La Punta. Oficialmente, la suya fue una muerte accidental y, en efecto, todo el mundo creyó que había estado limpiando su arma; pero una noche mi madre me contó otra cosa. Ella tenía un repertorio de excusas ineptas que ensayó conmigo, pero verla buscando una respuesta y quedándose corta sólo me hizo sentir más triste. Deseé que saliera con algo, más que todo por ella. Mi padre solía decir que aquí todo el mundo era dinky dow, que en patois vietnamita quiere decir “loco”. Después de que papá murió, a veces se me ocurría que mi mamá se estaba volviendo un poco dinky dow.

Me eché hacia adelante, con la cabeza inclinada contra el viento. A estribor el mar estaba negro, con una línea de olas blancas iluminadas por la luna, que se estrellaban sin cesar en la orilla. A lo lejos, podía ver los oscuros promontorios de la isla Hat y la isla misa que surgía del agua como una ballena abriendo surcos y luego, más allá, las luces suaves, azules, indecisas de Everett, en la lejana tierra firme.

Me detuve para tomar un respiro y ya la señora Gurney se había ido. Estaba sentada en el entablado, unas cuantas casas más atrás.

“Mira todas esas casas”, dijo, meciendo los brazos.

“Vamos, señora Gurney.”

“Otro maldito gran verano en La Punta.”

Parecía que el viento refrescaba a la señora Gurney, pero era difícil asegurarlo. A veces los borrachos parecen a punto de despejarse, pero tan pronto como logran equilibrarse, se van para el otro lado y caen en la depresión.

“Pobre Crutchfield”, dijo la señora Gurney. Estábamos de pie frente a la casa del señor Crutchfield. Había una luz encendida en el segundo piso —yo sabía que era la alcoba—, aunque el primer piso estaba oscuro y vacío. “Y Lucy, por Dios, qué tristeza. Ellos se querían, Kurt.” La señora Gurney frunció el ceño. “Se amaban. ¿Y ahora?”

En realidad, los Crutchfield no se habían amado —cosa que sólo yo sabía. Con seguridad la tristeza de Lucy tenía que ver con el hecho de que su esposo había muerto en un estado deplorable, y ahora ella no iba a poder remediarlo. En la mente de Lucy, él siempre andaría por ahí tirando con todo el mundo y ella siempre estaría esperando a que él cambiara y volviera a casa. Después de que él murió, ella divulgó el mito de su reconciliación y todo el mundo se lo creyó, pero yo sabía que era mentira. El señor Crutchfield tenía una enorme sensación de fracaso en relación con su matrimonio. Se culpaba a sí mismo, y probablemente tenía razón. Pero recuerdo una noche al comienzo del verano, en que yo le dije que no había problema, que si no era feliz con Lucy, bien podía andar tirando por ahí. ¿Tú si crees?, me dijo él. Claro, le dije yo. Adelante.

Por supuesto que me podían preguntar: ¿qué podía saber yo? A los trece años no me había ni siquiera besuqueado con una niña, peo nada perdía con darle ánimos.

Estaba borracho, se sentía miserable, y yo tenía un trabajo, un trabajo que consistía en llevarlo hasta su casa y evitar que se compadeciera mucho de sí mismo.

Fue esa noche, la noche en que llevé al señor Crutchfield a su casa, mientras regresaba a la mía, cuando desarrollé la teoría del agujero negro, que me ayudó enormemente en este negocio de manejar borrachos por La Punta. La idea es la siguiente: que a cierta edad aparece en la mitad de la vida un agujero negro que se lo chupa todo, y uno sabe que ahí está para siempre, ese denso espacio negativo, y sin embargo, uno sigue y lucha, y hace plata, y tiene unos cuantos hijos y se agota, y uno hace de cuenta que no está ahí y nunca lo mira de frente, si puede arreglárselas para no hacerlo. Me imaginaba que este agujero negro existe en algún punto justo detrás de uno y también en algún punto justo delante de uno, de manera que uno está siempre dejándolo atrás y entrando en él al mismo tiempo. La cosa espacial no la tenía resuelta todavía, pero eso era lo que me imaginaba. A veces el agujero era sólo un agujerito en la mente, generalmente era vasto, y con frecuencia fluctuaba, latiendo como un corazón, pero siempre estaba allí, y cuando uno se emborrachaba, creyendo escapar, lo notaba todavía más. De todas maneras, cuando descubrí esto, a la manera de un astrónomo que observa el universo, pensé que tenía la clave, y convertí en norma no permitir nunca que alguno de mis borrachos pensara demasiado y cayera hacia adelante o hacia atrás en el agujero negro. Vamos a casa, les decía, eso es todo.

Me pregunté cuantos años podría tener la señora Gurney, y pensé que treinta y siete. Me imaginé que su agujero negro tendría el tamaño de una tapa de alcantarilla.

La señora Gurney se sentó en el casco de una balsa salvavidas volteada. Se metió las manos debajo de la falda y se quitó las medias de nailon, enrollándolas pierna abajo, y luego lanzó al viento las rosquitas negras. Yo las recogí y las embutí en las sandalias.

“Así está mucho mejor”, dijo.

“No estamos lejos, señora Gurney. Estará en su casa en un momento.”

Logró ponerse de pie por sí misma. Pasó ante mí flotando hacia el mar. Una maraña fantasmal de madera gris —viejas cepas de árboles, troncos desprendidos de los botalones, tablas— obstruía el camino, y era demasiado traicionera, pensé, para que ella tratara de escalarla en ese estado de embriaguez. Pero la señora Gurney siguió de largo mientras su cabello estallaba al viento, su falda ondeaba como una vela, y sus brazos se mecían como los de un trapecista en la cuerda floja.

“Señora Gurney”, llamé.

“Quiero…”, comenzó, pero el viento le arrebató las palabras. Después se sentó en un tronco, y cuando llegué, se estaba sosteniendo la cabeza con las manos y vomitaba entre las piernas. El vómito y el espectáculo de los adultos vomitando eran los aspectos desagradables de este oficio. Detestaba ver a la gente en una posición tan abyecta. Sin embargo, después de tres años, ya sabía en qué closet se guardaban los trapeadores y las esponjas y los limpiadores en más de una casa de La Punta.

Le di una palmadita a la señora Gurney en el hombro y le dije: “Está bien, está bien, vomite tranquila. Se sentirá mejor cuando lo haya sacado todo.”

Se atoró y escupió y un rastro de plata quedó colgándole de los labios hasta la arena. “Maldita sea, Kurt. Al diablo con todo.” Levantó la cabeza. “Mírame, sólo mírame, ¿quieres?”

Se veía un poco maltrecha pero bien. Los había visto peores.

“Fúmese un cigarrillo, señora Gurney”, dije. “Cálmese.”

Yo no fumaba —creía que era un hábito repugnante—, pero mi experiencia pasada me había enseñado que un cigarrillo debe saberle bien a la persona que acaba de vomitar. Uno o dos cigarrillos parecen clamar a la gente dándole en qué concentrarse.

La señora Gurney me pasó sus cigarrillos. Saqué uno de la cajetilla y me lo metí en la boca. Rastrillé media docena de fósforos antes de poder encender uno, protegiendo la llama del viento al estilo de las viejas películas de guerra. Di una bocanada. Le pasé el cigarrillo a la señora Gurney, y ella se lo fue fumando abstraída, mirando a lo lejos. Esperé y la dejé fumar en paz.

“Me siento terrible”, gimió la señora Gurney.

“Ya se le pasará, señora Gurney, es que está borracha. Tenemos que llevarla a su casa.”

“Mira mi falda”, dijo.

Cierto, la había ensuciado un poco con su propio vómito, pero no era nada que no pudiera arreglarse con un poco de agua y jabón. Se lo dije.

“¿Cuántos años tengo, Kurt?”, replicó.

Fingí pensar y luego apunté por lo bajo.

“¿Veintinueve? ¡Por Dios!” la señora Gurney miró a través del agua hacia la sombra negra y profunda de la isla Hat, y yo también miré y era notable la forma como la oscuridad se incrustaba entre la oscuridad que la rodeaba.

Pero eso era algo que podría admirar cuando no estuviera de servicio.

“Tengo treinta y ocho años, Kurt”, gritó. “¡Treinta y ocho, treinta y ocho, treinta y ocho!”

La estaba perdiendo. Se acercaba al diez en una escala de diez.

“Dando tumbos en una noche oscura”, dijo, “uno no puede distinguir entre treinta y ocho y cuarenta. ¡Cincuenta! ¡Sesenta!” Botó su cigarrillo, que trazó una alta curva y fue a estrellarse contra un tronco en una explosión de chispas doradas.

“¿A dónde voy, maldita sea?”

“A casa, señora Gurney. Aguante.”

“Me quiero morir.”

Unos cuantos botes se mecían con el viento, y una foca se quejaba en la balsa de buceo, y el viento alejaba sus gritos de nosotros, hacia el sur. Una boya roja titilaba en la arena. La señora Gurney se trepó sobre la maraña de madera y se fue tambaleando por la arena húmeda hacia el mar. Se detuvo en la orilla y por un momento pensé que se iba a lanzar al agua, pero no lo hizo. Se quedó parada en la orilla, con las olas blancas arremolinándose a sus pies, y dejó que la falda le cayera hasta los tobillos. Llevaba debajo una enagua blanca y sedosa, que brillaba como un reflector de bicicleta a la luz de la luna. Caminó por el agua y se acuclilló a limpiarse la falda. Después salió del agua y se estiró en la arena.

“¿Señora Gurney?”

“Todo me da vueltas.”

Tenía los ojos cerrados. Le recomendé que los abriera.

“Eso ayuda”, le dije. “Y siéntese, señora Gurney. Eso también le ayuda.”

“¿A ti también te da vueltas todo?”, preguntó la señora Gurney. “No me digas que le metes mano al bar de tu mamá, Kurt Pittman. No quiero oírlo. Por favor, evítame eso. Jesús, no podría soportarlo. Realmente, no podría soportarlo. Maldita sea, ni se te ocurra decírmelo ¿bueno?”

Nunca en mi vida me había tomado un trago. “Yo no bebo, señora Gurney.”

“Yo no bebo, señora Gurney”, repitió ella. “Tan santurrón.”

Me pregunté qué hora era y hacía cuánto habíamos salido.

“Tú no sabes cómo puede cambiar la vida de un momento a otro”, dijo la señora Gurney. “Qué tan mala puede llegar a ser.”

Al comienzo no dije nada. Estas conversaciones no conducen a ninguna parte. La señora Gurney estaba borracha y beligerante. Estaba buscando un enemigo. “Tenemos que llegar a su casa, señora Gurney”, dije. “Esa es mi única preocupación.”

“Tu única preocupación”, dijo la señora Gurnay, imitándome de nuevo. “Qué suerte.”

Me quedé allí, detrás de la señora Gurney. Estaba cansado, pero si me sentaba en la arena, la señora Gurney creería que donde estábamos estaba bien, y no era así. Teníamos que superar esta etapa, esta difícil etapa de arrastrarse por la arena y sentirse deprimida, e irnos a dormir.

“Así no llegaremos a ninguna parte”, dije.

“Tengo la boca de algodón”, dijo la señora Gurney. Movía la boca como un pescado. Y estaba temblando. Se agarró las rodillas y escondió la cabeza entre las piernas, tratando de enroscarse como un gusano.

“Kurt”, dijo la señora Gurney mirándome, “¿crees que soy hermosa?”

Pasé las sandalias a la otra mano. Primero contaré lo que dije; luego, lo que estaba pensando. Dije que sí, y lo dije inmediatamente. ¿Por qué? Porque me daba cuenta de que las preguntas que no obtienen una respuesta inmediata caen en el silencio y nunca son respondidas. Se las chupa el agujero negro. Ya me había dado cuenta de esto y sabía que el truco era cerrar el resquicio en la mente de la señora Gurney, suprimir el silencio fantasmal entre la pregunta y la respuesta. Ahí estaba ella, borracha, enferma, temblorosa, sin amor, sentada en la arena y preguntándome, a mí, un simple muchacho, si yo creía que era hermosa. Dije que sí, porque sabía que eso no le haría daño a ella, y a mí no me costaba nada, aunque esa no era realmente mi respuesta. La respuesta estaba en la inmediatez, en la velocidad de mi contestación, despojada de toda incertidumbre y vacilación.

“Sí”, dije.

La señora Gurney se volvió a tender en la arena. Se desabotonó la blusa y se desabrochó el sostén.

Escudriñé la oscuridad y fijé los ojos en un remolcador que arrastraba una barcaza hacia el norte, a través del Pasaje, hacia los San Juanes.

La señora Gurney se sentó. Se deshizo de la blusa y se despojó del sostén y los arrojó contra el viento. De nuevo, recogí sus cosas de donde habían caído, puse el bulto a mi lado y esperé.

“Así está mejor”, dijo la señora Gurney arqueando la espalda, y estiró las manos en el aire, moviéndolas como si fuera una especie de dignatario en un desfile. “Cuando el viento sopla, es como si un espíritu te estuviera lavando.”

“Debemos irnos, señor Gurney.”

“Siéntate, Kurt, siéntate”, dijo palmoteando sobre la arena húmeda. La huella de su mano permaneció allí por unos pocos segundos, después de aplanó y desapareció. La marea estaba subiendo rápidamente, y estaría alta hasta la noche, con la luna llena.

Me agazapé a poca distancia.

“¿Así que crees que soy hermosa?”, dijo la señora Gurney. Miró hacia adelante, sin fijarse en mí, dejando que sus palabras flotaran en el viento.

“No es asunto de belleza o no belleza, señora Gurney.”

“¿No?”

“No”, dije. “Sé que su esposo no la ama, señora Gurney. Ese es el problema.”

“Belleza”, cantó.

“No. Como dicen, la belleza está en el ojo del espectador. Usted ya no tiene un espectador, señora Gurney.”

“La luna y las estrellas”, dijo, “el viento y el mar.”

Viento, mar, estrellas, luna: estábamos en un territorio inexplorado y la culpa era mía. Había permitido  que nos apartáramos de nuestra meta, y ahora ya ni siquiera la veía. Tenía que retomar el curso, o acabaríamos hablando de Dios.

“Vístase, señora Gurney, está haciendo frío. Eso no es bueno. Vamos a casa.”

Se agarró las rodillas y se meció adelante y atrás. Se quejó. “Es tan lejos.”

“No es lejos”, dije. “Se ve desde aquí.”

“Un día te voy a dejar todo esto”, dijo la señora Gurney moviendo los brazos en círculos, señalando todo lo que había en el mundo. “Cuando lo herede de mi esposo, después del divorcio, te lo dejaré a ti. Es una promesa, Kurt. En serio. Lo pondré en mi testamento. Recibirás una llamada. Recibirás una llamada y sabrás que he muerto. Pero tú estarás feliz, muy feliz, porque todo esto será tuyo.”

Su casa estaba a escasos cien metros. Una mangaveleta llena del aire que la atravesaba, se agitaba de un lado a otro en lo alto de un poste blanco. Sus dos niños se habían estado quedando en la ciudad durante casi todo el verano. Yo no sabía si habían venido este fin de semana. Ella había dejado encendida la luz de la entrada.

“Quisieras tener esto, ¿no es cierto?”, preguntó la señora Gurney.

“No es el momento de discutirlo”, dije.

La señora Gurney se acostó en la arena. “Las estrellas tienen colas”, dijo. “Cuando dan vueltas.”

Miré hacia arriba. A mí me pareció que estaban fijas en su sitio.

“La primera vez que me enamoré tenía catorce años. Me enamoré cuando tenía quince, me enamoré cuando tenía dieciséis, diecisiete, dieciocho. Me enamoré una y otra vez”, dijo la señora Gurney. “Eventualmente esto me llevó al matrimonio.” Se aplastó una manotada de arena mojada en el pecho. “Es tan estúpido. ¿Sabes dónde lo conocí?”

Pensé que se refería a Jack, al señor Gurney. “No”, le dije.

“En una cancha de golf, ¿puedes creerlo?”

“¿Usted juega golf, señora Gurney?”

“¡No! Maldita sea, no.”

“¿Y Jack?”

“Tampoco.”

No podía ayudarla: esta es la clase de historias que no tienen sentido y que a los borrachos les gusta repetir. Llevaba tres años oyendo las mismas historias cada verano, la clase de historias que todos creen que son muy especiales sin darse cuenta de que todo el mundo cuenta casi lo mismo, sin darse cuenta de que todas se mezcal unas con otras, rezuman una en la otra.

“Tengo sed”, dijo la señora Gurney. “Me hace falta mi casa.”

“Ya estamos cerca”, dije.

“Eso no es lo que quiero decir”, dijo ella. “Tú no sabes lo que quiero decir.”

“Tal vez no”, dije. “Por favor, póngase la blusa, señora Gurney.”

“Me voy a matar”, dijo la señora Gurney. “Me voy a casa y me voy a matar.”

“Eso no la va a llevar a ninguna parte.”

“Van a ver.”

“Lo único que lograría es estar muerta, señora Gurney. Entonces la olvidarán.”

“A Crutchfield no lo han olvidado. Pobre Crutchfield. La bandera está a media asta.”

“Este año”, dije. “El próximo año estará donde siempre ha estado.”

“Mis niños no olvidarán.”

Eso era cierto, pensé, pero no quería entrar en esa discusión.

La señora Gurney se sentó. Sacudió violentamente la cabeza, y le salió arena. Entonces se levantó, tambaleándose. Le alcancé la blusa, mirando al suelo. Meneó los dedos de los pies y los enterró en la arena.

“Mírame”, dijo la señora Gurney.

“Preferiría no hacerlo, señora Gurney”, dije. “Mañana usted se alegrará de que no lo haya hecho.”

Por un momento no hablamos, y en ese espacio vacío se precipitaron el viento, las olas, el quejido de la foca en la balsa de buceo. Miré hacia arriba, a los ojos de la señora Gurney que eran verde oscuros, y estaban flotando entre lágrimas. Me miró pero vagamente y me pregunté qué veía.

Tenía la impresión de que el primero que pestañeara perdería.

Me quitó la blusa de las manos.

Miré.

Yo no tenía experiencia en esto, pero sabía que lo que estaba mirando no era carne joven. Los senos le colgaban como sacos de arena mojada, desplomándose hacia los lados. Pensé que eran enormes, aunque no tenía con qué compararlos. Tenían largas cicatrices blancuzcas como si un hombre salvaje o un oso la hubieran arañado. Los pezones se veían morados a la luz de la luna, y fruncidos por el viento frío. Las cadenas doradas y serpenteantes le brillaban en la oscuridad del cuello, y la V del bronceado hacía que todo lo demás pareciera asombrosamente blanco. La piel bronceada de su pecho se veía como un pergamino, como la página amarillenta y ajada de algún texto antiguo, tal vez la Biblia o la Constitución —la copia original o incluso el borrador.

La señora Gurney se echó la blusa sobre los hombros y la dejó aletear al viento. Se le fue volando por la playa. Suspiró. Después se acercó y se inclinó hacia mí. Podía olerla —la pimienta, los bananos.

“Señora Gurney”, dije. “Vámonos ya.” La marea estaba tan alta que podíamos sentir la espuma blanca de las olas alrededor de los pies. Las olas que retrocedían arrastraban su blusa hacia el mar, y las que venían la devolvían. Se quedó allí en la orilla, remojándose. Nos miramos a los ojos. Incluso así de cerca, no había nada familiar en los de ella; eran vidriosos, oscuros y sin expresión.

En ese momento, estoy seguro, sus manos rozaron el frente de mi pantaloneta. No recuerdo muy bien en qué estaba pensando o si pensaba en algo. Y esto, el no haber estado pensando con claridad, pudo haber sido mi ruina. ¿Qué hay allá afuera que nos indique el camino recto? Hubiera podido caer del todo. Me hubiera podido hundir en ese instante. Conocía todas las palabras para nombrarlo y todas eran cortas y brutales. Joder, tirar, clavar. Una voz me dijo que podía hacerlo impunemente. ¿Quién se va a dar cuenta? Preguntó la voz. Dale, siguió diciendo. Yo conocía la voz, sabía que era la misma voz que le había dicho al señor Crutchfield que le diera, que tirara con quien quisiera. Estábamos solos, allá afuera no había más que la luna y el mar. Miré a la señora Gurney, la miré a los ojos, y vi dos líneas negras que brotaban de ellos y rodaban en líneas locas por sus mejillas.

Sentí que debía ser galante o tierno y besar a la señora Gurney. Sentí que debía decir algo, después sentí que debía quedarme callado. El momento parecía estar suspendido en el aire, como si todo fuera frágil, como si sólo el silencio le diera consistencia.

Nos alejamos de la orilla y de la marea por la playa, y la arena bajo la superficie aún conservaba algo del calor del día.

Me quité la camiseta. “Póngasela”, le dije.

Ella se la puso al revés, y yo recogí las sandalias, las medias y el sostén. Nos quedamos callados. Seguimos nuestro camino por la arena, sobre la maraña de palos arrojados a la playa, con el viento empujándonos desde el norte.

Cruzamos el entramado y yo sostuve a la señora Gurney por el codo mientras subíamos las escaleras de su casa. Adentro encontré la aspirina, serví un vaso de cidra y se lo llevé a la cama donde ya se había enroscado bajo una pesada frazada mexicana. Parecía como si estuviera durmiendo debajo de una alfombra. “Tengo sed”, dijo y se tomó la aspirina con el jugo. Había una lámpara encendida. El cabello platinado de la señora Gurney se desparramó sobre la almohada, con chuzos como los radios de una bicicleta. Me arrodillé al lado de la cama, y ella me tocó la mano y entreabrió los labios como para hablar, pero yo le apreté la mano y sus ojos se cerraron. Pronto estuvo dormida.

Cuando bajaba las escaleras, sus dos hijos, Mark y Timmy, salieron de su alcoba y me miraron desde el rellano.

“¿Ya llegó mamá?”, preguntó Timmy que tenía tres años.

“Sí”, dije. “Está acostada, está dormida.”

Se quedaron allí en el rellano iluminado, parpadeando y frotándose los ojos, y yo me quedé parado más abajo en las escaleras, en la oscuridad.

“¿Dónde está la niñera?”, pregunté.

“Se quedó dormida”, dijo Timmy.

“Ustedes, niños, también deberían estar dormidos.”

“No me puedo dormir”, dijo Timmy. “Cuéntame un cuento.”

“No me sé ningún cuento”, dije.

Cuando regresé y entré a la casa, la luz brillante y el humo me hicieron arder los ojos. La sala estaba llena de gente, pero yo conocía a todo el mundo —loa Potters, los Shanks, los Capstands, etc. Había un ruidaje frenético; alguien le había dado cuerda a la vitrola, y de uno de los viejos discos de mi abuelo salían oleadas de estática que inundaban el cuarto. Podía ver en la repisa de la chimenea, a través de las nubes de humo, el altar que mi madre le había levantado a mi padre: su Estrella de Plata y el Corazón Púrpura que recibió en Lao Bao, hacia arriba, por Khe Sanh, cerca de la zona desmilitarizada en donde sirvió como médico. Su diploma de la escuela de medicina colgaba torcido de un clavo. La pelota que atrapó en un juego de béisbol, sus anteojos, una navaja de bolsillo, el estetoscopio, un juramento hipocrático enmarcado con serpientes enrolladas alrededor de lo que parecía un poste de barbero. Vi a mi madre revolotear por la cocina con una coctelera de plata, que sacudía como si fuera un instrumento de percusión. Se paseaba como un animal enjaulado, sacudiendo hielo picado en la coctelera. El ruido de la fiesta me impedía oír alguna voz específica. Me quedé allí un rato. Nadie parecía haber notado mi presencia hasta cuando Fred, como una cuba, levantó su vaso vacío en el aire y dijo “¡Hola, Capitán!”

Entré a la cocina. Mi madre dejó la coctelera y me miró. La abracé y le dije: “Volví.”

Después me fui para mi alcoba y destendí la cama. Saqué las sábanas por la ventana y sacudí la arena. Volví a ponerlas en la cama y me acosté, pero no me pude dormir. Me levanté y saqué una de las viejas cartas de mi padre de debajo del colchón. Salí por la puerta de atrás. Era una de esas noches de La Punta en las que el viento que sopla, las olas que se rompen en líneas blancas contra la orilla, la arena molida, las siluetas amontonadas de las casas lavadas por la luna, el golpeteo de las boyas, en las que todo esto parece haber estado sucediendo durante mucho, mucho tiempo, y uno siente que la eternidad lo está mirando. Me senté en el columpio. La carta estaba un poco rota en los dobleces, y la abrí con cuidado, buscando la luz de la luna. Estaba fechada en 1966 y dirigida a mi madre. La letra era borrosa y difícil de distinguir.

Primero que todo, las viejas noticias: gracias por la corbata. No sé cuándo podré usarla, pero gracias. Ahora mis noticias. Me hirieron, pero no te preocupes. Estoy bien.

Desde hace varios días han desplegado una compañía en el perímetro de este pueblo —corría el rumor de que los campos habían sido minados por el Vietcong. Los hombres trabajan con tanques —tanques de película que se mueven hacia adelante y hacia atrás sobre un campo como podadoras de césped gigantes. Despejan el camino haciendo explotar las minas. Generalmente las minas del Vietcong son antipersonales, y la idea es que los tanques deberían activarlas y absorber las explosiones. Los tanques resisten los estallidos fácilmente y adentro los hombres están a salvo. Una operación de libro. Fácil. Ayer hicieron explotar doce minas. Quién sabe cómo llegaron hasta allá.

Tomó varios días despejar el perímetro. Anoche creyeron que habían terminado. Pero cuando los hombres estaban saltando de los tanques, uno de ellos cayó directamente sobre una mina. Yo fui el primer médico en llegar. Sus pies y sus piernas habían volado, volado hasta el nivel de la ingle. Nunca había visto algo tan terrible, pero esto es lo que recuerdo con más claridad: una pieza de metralla había perforado su lata de crema de afeitar y un chorro de espuma blanca se elevaba metro y medio por el aire. La sangre se regaba por todas partes, y ese surtidor blanco salía de su espalda haciendo un arco. La presión dentro de la lata no dejaba de silbar. El muchacho podía tener unos diecinueve años. “Doctor, estoy vuelto nada”, dijo. Llamé a una unidad de evacuación. Comencé a aplicarle compresas, después vi que sus ojos se cerraron y traté de revivirlo con un masaje cardiaco. El muchacho murió antes de que la crema de afeitar hubiera terminado de regarse.

Todo quedó misteriosamente tranquilo, considerando el estrago, y de un momento a otro la zona liberada se puso caliente y comenzaron a dispararnos: quince minutos de artillería y fuego de mortero; después, tranquilo otra vez. Nada, absolutamente nada. Recibí un fragmento de metralla en la espalda, pero no te preocupes. Estoy bien, aunque no tendré ocasión de ponerme esa corbata pronto. Ni siquiera supe que estaba herido hasta que sentí la sangre, y aun entonces creí que era de alguien más.

Es curioso, pero no sentí miedo durante los quince minutos de la acción. Generalmente no hay mucho contacto con el enemigo. A veces no se ve un solo Vietcong. Pasan los días sin contacto alguno. Uno sabe que están ahí, pero nunca los ve. Sólo las minas y las bombas. Yo no soy más que un médico y mi contacto con el enemigo casi nunca es directo —lo que veo son los hombres heridos y los muertos, los cadáveres. Veo la destrucción y he comenzado tanto a temer como a odiar a los vietnamitas —aun aquí, en Vietnam del Sur, no sé de qué lado están. Visito todos los días un pueblo cercano y ayudo al médico local a vacunar a los niños. La mañana después del ataque, sentí que la gente del pueblo se reía de mí porque sabía que un americano había muerto. Ayer volví al mismo pueblo. Todo estaba tranquilo, cada cual en lo suyo, como siempre, y yo me quedé ahí parado, rodeado de borrachines, pensando en aquel muchacho muerto, y por un momento sentí la necesidad de emparejar la cuenta en alguna forma.

No sé lo que digo,  cariño. Soy un médico, entrenado para salvar vidas. Todos los días estoy más cerca de la muerte que la mayor parte de las personas, excepto en su último segundo sobre la tierra. Este es un mundo de dolor —esa es la expresión que usamos— y aquí pasan cosas, cosas que uno no puede guardarse. He visto lo que pasa a los hombres que tratan de hacerlo. Lo que han visto y lo que han hecho los consume, se vuelven obsesivos y lentamente pierden de vista el trabajo que se supone que deben hacer. No tengo clara prueba de esto, pero creo que los hombres en estas condiciones se exponen al ataque. Uno tiene que hablar de las cosas, tenerlo todo muy claro en la mente. Tengo la suerte de tener aquí a un compañero que también ha estado bajo fuego, y entiende lo que estoy sintiendo. Eso ayuda.

Lamento escribir así, pero en tu carta decías que querías saberlo todo. No está en mi poder decir lo que esta guerra significa para ti o para cualquiera allá en casa, pero puedo describir lo que sucede y, si quieres seguiré haciéndolo. Para mí, por lo menos, es una tranquilidad saber que hay alguien allá lejos que realmente no puede comprender, y que espero que nunca pueda hacerlo. Pronto escribiré de nuevo.

Con amor,

Henry.

Yo había sacado esta carta de una caja que mi madre guardaba en su alcoba, bajo la cama. Había otras clases de cartas, cartas sobre el amor y la familia y el trabajo, pero no creí que mi madre echara de menos esta que era sólo sobre la guerra. Mi padre nunca habló mucho sobre su permanencia en Vietnam, pero lo hacía cuando se le preguntaba. En consideración a esto, yo estaba enterado de las redadas Zippo, los códigos luminosos, las minas asesinas, las granadas de fragmentación, las mochilas explosivas y demás. Y cuando estaba furioso, o triste, mi padre salpicaba su lenguaje con jerga que se le había prendido, como titi, que quiere decir “pequeño”, y didi mow, que quiere decir “apúrese”, y xin loi, que quiere decir “lo siento”.

Guardé la carta. Me columpié con fuerza, y subí, después bajé, subí y bajé, mirando y luego sin mirar. Cuando el columpio estuvo lo suficientemente alto, me dejé ir y navegué por el aire libre antes de caer en una explosión de arena blanda. Me quité la arena de los ojos. Los ojos se me aguaron, y todo se puso borroso. El viento volcaba y arrratraba las cosas. Una sombrilla de playa a rayas rodaba por el campo de juego, dando vueltas como un trompo. Una sábana de la tendedera de alguien aleteó hasta que se soltó y salió volando. Pensé en mi pesadilla, en el globo de mi padre amarrado a una habichuela. Miré hacia el cielo, y estaba negro, con alguna luz. Había estrellas, millones de estrellas como agujeritos en algo, y la luna, como un agujero más grande en la misma cosa. Agujeros blancos. Pensé en la señora Gurney y en sus ojos en blanco y en lo negro que salía de ellos. ¿Fue el viento, una ráfaga súbita, la que me empujó y me rozó los pantalones? Sucedió tan rápidamente. ¿Había tratado de tocarme? ¿Lo había hecho? Me estiré en la arena. El viento me puso la carne de gallina. Temblando, escuché. De la casa, me llegaba el sonido de hombres que reían, de hielo que tintineaba, de mujeres que chillaban. Allí todo seguía frenético. Nunca podría dormirme. Decidí permanecer despierto. Todos se irían a sus casas, pero hasta entonces yo esperaría afuera.

Me quedé allí, muy quieto. Me sacudí un poco de arena. Esperé.

Fui yo quien encontré a mi padre esa mañana. Había ido a sacar un poco de creosota del baúl de su carro. Era una mañana fría y húmeda, como las que tenemos habitualmente, y en la pradera sobre el estacionamiento había una familia de ciervos rumiando, mirando alrededor, toda inocencia. Y allí estaba, sentado en el carro. Abrí la puerta del lado pasajero. Al comienzo, los ojos como que se separaron del cerebro, y lo vi todo muy despacio, como en una película o como algo lejano que no le está pasando a uno. Se había volado parte de la cara. Uno de los ojos miraba fijamente hacia afuera. Todavía respiraba, pero sus pulmones trabajaban como si se hubiera tragado un metro de cascajo o de arena. Se sacudía. Le toqué su mano y sus dedos se enroscaron alrededor de los míos, agarrándolos, pero eran sólo los nervios, una antigua reacción o algo, porque su cerebro ya estaba muerto. Mi imaginación se disparó cuando él me agarró. Supe en seguida que un muerto me había agarrado. Hui. Corrí. En casa traté de hablar, pero no había palabras. Comencé a golpear las paredes y a patear los muebles y a quebrar cosas. No podía ver, oía que caía. Corrí alrededor de la casa cogiéndome la cabeza y jalándome el pelo. Eventualmente mi madre me alcanzó. Yo sólo señalé hacia el carro. Mi padre me hace falta, entiéndanme, me hace falta tenerlo a mi lado para que me diga lo que está bien y lo que está mal, o para hablar de boom-boom, o sea de sexo, o para ir a pescar salmón por los lados de la isla Hat, y no preocuparme por nada en ningún sentido. Pero también quiero decir que nunca más quiero ver lo que vi aquella mañana. Nunca, mientras viva, quiero encontrarme a otra persona muerta. Ya ni siquiera era una persona, era sólo una cosa reventada, basura aplastada. Parte de su cabeza había volado, y había sangre y pelo y hueso salpicados en el parabrisas. Parecía como si hubiera pasado con el carro a través de algo terrible, como si necesitara usar los limpiabrisas, poner las plumillas a toda velocidad y limpiarlo todo, excepto que las plumillas no le iban a servir de nada porque todo el horror estaba por dentro.

James Joyce / Una nubecilla

James Joyce

Una nubecilla

A Little Cloud
Dubliners, 1914
Traducción de Guillermo Cabrera Infante
      Ocho años atrás había despedido a su amigo en la estación de North Wall diciéndole que fuera con Dios. Gallaher hizo carrera. Se veía enseguida: por su aire viajero, su traje de lana bien cortado y su acento decidido. Pocos tenían su talento y todavía menos eran capaces de permanecer incorruptos ante tanto éxito. Gallaher tenía un corazón de este tamaño y se merecía su triunfo. Daba gusto tener un amigo así.
      Desde el almuerzo, Chico Chandler no pensaba más que en su cita con Gallaher, en la invitación de Gallaher, en la gran urbe londinense donde vivía Gallaher. Le decían Chico Chandler porque, aunque era poco menos que de mediana estatura, parecía pequeño. Era de manos blancas y cortas, frágil de huesos, de voz queda y maneras refinadas. Cuidaba con exceso su rubio pelo lacio y su bigote, y usaba un discreto perfume en el pañuelo. La medialuna de sus uñas era perfecta y cuando sonreía dejaba entrever una fila de blancos dientes de leche.
      Sentado a su buró en King’s Inns pensaba en los cambios que le habían traído esos ocho años. El amigo que había conocido con un chambón aspecto de necesitado se había convertido en una rutilante figura de la prensa británica. Levantaba frecuentemente la vista de su escrito fatigoso para mirar a la calle por la ventana de la oficina. El resplandor del atardecer de otoño cubría céspedes y aceras; bañaba con un generoso polvo dorado a las niñeras y a los viejos decrépitos que dormitaban en los bancos; irisaba cada figura móvil: los niños que corrían gritando por los senderos de grava y todo aquel que atravesaba los jardines. Contemplaba aquella escena y pensaba en la vida; y (como ocurría siempre que pensaba en la vida) se entristeció. Una suave melancolía se posesionó de su alma. Sintió cuán inútil era luchar contra la suerte: era ése el peso muerto de sabiduría que le legó la época.
      Recordó los libros de poesía en los anaqueles de su casa. Los había comprado en sus días de soltero y más de una noche, sentado en el cuarto al fondo del pasillo, se había sentido tentado de tomar uno en sus manos para leerle algo a su esposa. Pero su timidez lo cohibió siempre: y los libros permanecían en los anaqueles. A veces se repetía a sí mismo unos cuantos versos, lo que lo consolaba.
      Cuando le llegó la hora, se levantó y se despidió cumplidamente de su buró y de sus colegas. Con su figura pulcra y modesta salió de entre los arcos de King’s Inns y caminó rápido calle Henrietta abajo. El dorado crepúsculo menguaba ya y el aire se hacía cortante. Una horda de chiquillos mugrientos pululaba por las calles. Corrían o se paraban en medio de la calzada o se encaramaban anhelantes a los quicios de las puertas o bien se acuclillaban como ratones en cada umbral. Chico Chandler no les dio importancia. Se abrió paso, diestro, por entre aquellas sabandijas y pasó bajo la sombra de las estiradas mansiones espectrales donde había baladronado la antigua nobleza de Dublín. No le llegaba ninguna memoria del pasado porque su mente rebosaba con la alegría del momento.
      Nunca había estado en Corless’s, pero conocía la valía de aquel nombre. Sabía que la gente iba allí después del teatro a comer ostras y a beber licores; y se decía que allí los camareros hablaban francés y alemán. Pasando rápido por enfrente de noche había visto detenerse los coches a sus puertas y cómo damas ricamente ataviadas, acompañadas por caballeros, bajaban y entraban a él fugaces, vistiendo trajes escandalosos y muchas pieles. Llevaban las caras empolvadas y levantaban sus vestidos, cuando tocaban tierra, como Atalantas alarmadas. Había pasado siempre de largo sin siquiera volverse a mirar. Era hábito suyo caminar con paso rápido por la calle, aun de día, y siempre que se encontraba en la ciudad tarde en la noche apretaba el paso, aprensivo y excitado. A veces, sin embargo, cortejaba la causa de sus temores. Escogía las calles más tortuosas y oscuras y, al adelantar atrevido, el silencio que se esparcía alrededor de sus pasos lo perturbaba, como lo turbaba toda figura silenciosa y vagabunda; a veces el sonido de una risa baja y fugitiva lo hacía temblar como una hoja.
      Dobló a la derecha hacia la calle Capel. ¡Ignatius Gallaher, de la prensa londinense! ¿Quién lo hubiera pensado ocho años antes? Sin embargo, al pasar revista al pasado ahora, Chico Chandler era capaz de recordar muchos indicios de la futura grandeza de su amigo. La gente acostumbraba a decir que Ignatius Gallaher era alocado. Claro que se reunía en ese entonces con un grupo de amigos algo libertinos, que bebía sin freno y pedía dinero a diestro y siniestro. Al final, se vio involucrado en cierto asunto turbio, una transacción monetaria: al menos, ésa era una de las versiones de su fuga. Pero nadie le negaba el talento. Hubo siempre una cierta… algo en Ignatius Gallaher que impresionaba a pesar de uno mismo. Aun cuando estaba en un aprieto y le fallaban los recursos, conservaba su desfachatez. Chico Chandler recordó (y ese recuerdo lo hizo ruborizarse de orgullo un tanto) uno de los dichos de Ignatius Gallaher cuando andaba escaso:
      —Ahora un receso, caballeros —solía decir a la ligera—. ¿Dónde está mi gorra de pegar?
      Eso retrataba a Ignatius Gallaher por entero, pero, maldita sea, había que admirarlo.
      Chico Chandler apresuró el paso. Por primera vez en su vida se sintió superior a la gente que pasaba. Por primera vez su alma se rebelaba contra la insulsa falta de elegancia de la calle Capel. No había duda de ello: si uno quería tener éxito tenía que largarse. No había nada que hacer en Dublín. Al cruzar el puente de Grattan miró río abajo, a la parte mala del malecón, y se compadeció de las chozas, tan chatas. Le parecieron una banda de mendigos acurrucados a orillas del río, sus viejos gabanes cubiertos por el polvo y el hollín, estupefactos a la vista del crepúsculo y esperando por el primer sereno helado que los obligara a levantarse, sacudirse y echar a andar. Se preguntó si podría escribir un poema para expresar esta idea. Quizá Gallaher pudiera colocarlo en un periódico de Londres. ¿Sería capaz de escribir algo original? No sabía qué quería expresar, pero la idea de haber sido tocado por la gracia de un momento poético le creció dentro como una esperanza en embrión. Apretó el paso, decidido.
      Cada paso lo acercaba más a Londres, alejándolo de su vida sobria y nada artística. Una lucecita empezaba a parpadear en su horizonte mental. No era tan viejo: treinta y dos años. Se podía decir que su temperamento estaba a punto de madurar. Había tantas impresiones y tantos estados de ánimo que quería expresar en verso. Los sentía en su interior. Trató de sopesar su alma para saber si era un alma de poeta. La nota dominante de su temperamento, pensó, era la melancolía, pero una melancolía atemperada por la fe, la resignación y una alegría sencilla. Si pudiera expresar esto en un libro quizá la gente le hiciera caso. Nunca sería popular: lo veía. No podría mover multitudes, pero podría conmover a un pequeño núcleo de almas afines. Los críticos ingleses, tal vez, lo reconocerían como miembro de la escuela celta, en razón del tono melancólico de sus poemas; además, que dejaría caer algunas alusiones. Comenzó a inventar las oraciones y frases que merecerían sus libros. “El señor Chandler tiene el don del verso gracioso y fácil…” “Una anhelante tristeza invade estos poemas…” “La nota celta”. Qué pena que su nombre no pareciera más irlandés. Tal vez fuera mejor colocar su segundo apellido delante del primero: Thomas Malone Chandler. O, mejor todavía: T. Malone Chandler. Le hablaría a Gallaher de este asunto.
      Persiguió sus sueños con tal ardor que pasó la calle de largo y tuvo que regresar. Antes de llegar a Corless’s su agitación anterior empezó a apoderarse de él y se detuvo en la puerta, indeciso. Finalmente, abrió la puerta y entró.
      La luz y el ruido del bar lo clavaron a la entrada por un momento. Miró a su alrededor, pero se le iba la vista confundido con tantos vasos de vino rojo y verde deslumbrándolo. El bar parecía estar lleno de gente y sintió que la gente lo observaba con curiosidad. Miró rápido a izquierda y derecha (frunciendo las cejas ligeramente para hacer ver que la gestión era seria), pero cuando se le aclaró la vista vio que nadie se había vuelto a mirarlo: y allí, por supuesto, estaba Ignatius Gallaher de espaldas al mostrador y con las piernas bien separadas.
      —¡Hola, Tommy, héroe antiguo, por fin llegas! ¿Qué quieres? ¿Qué vas a tomar? Estoy bebiendo whisky: es mucho mejor que al otro lado del charco. ¿Soda? ¿Lithia? ¿Nada de agua mineral? Yo soy lo mismo. Le echa a perder el gusto…
      Vamos, garçon, sé bueno y tráenos dos líneas de whisky de malta… Bien, ¿y cómo te fue desde que te vi la última vez? ¡Dios mío, qué viejos nos estamos poniendo! ¿Notas que envejezco o qué? Canoso y casi calvo acá arriba, ¿no?
      Ignatius Gallaher se quitó el sombrero y exhibió una cabeza casi pelada al rape. Tenía una cara pesada, pálida y bien afeitada. Sus ojos, que eran casi color azul pizarra, aliviaban su palidez enfermiza y brillaban aún por sobre el naranja vivo de su corbata. Entre estas dos facciones en lucha, sus labios se veían largos, sin color y sin forma. Inclinó la cabeza y se palpó con dos dedos compasivos el pelo ralo. Chico Chandler negó con la cabeza. Ignatius Gallaher se volvió a poner el sombrero.
      —El periodismo —dijo— acaba. Hay que andar rápido y sigiloso detrás de la noticia y eso si la encuentras: y luego que lo que escribas resulte novedoso. Al carajo con las pruebas y el cajista, digo yo, por unos días. Estoy más que encantado, te lo digo, de volver al terruño. Te hacen mucho bien las vacaciones. Me siento muchísimo mejor desde que desembarqué en este Dublín sucio y querido… Por fin te veo, Tommy. ¿Agua? Dime cuándo.
      Chico Chandler dejó que le aguara bastante su whisky.
      —No sabes lo que es bueno, mi viejo —dijo Ignatius Gallaher—. Apuro el mío puro.
      —Bebo poco como regla —dijo Chico Chandler, modestamente—. Una media línea o cosa así cuando me topo con uno del grupo de antes: eso es todo.
      —Ah, bueno —dijo Ignatius Gallaher, alegre—, a nuestra salud y por el tiempo viejo y las viejas amistades.
      Chocaron los vasos y brindaron.
      —Hoy me encontré con parte de la vieja pandilla —dijo Ignatius Gallaher—. Parece que O’Hara anda mal. ¿Qué es lo que le pasa?
      —Nada —dijo Chico Chandler—. Se fue a pique.
      —Pero Hogan está bien colocado, ¿no es cierto?
      —Sí, está en la Comisión Agraria.
      —Me lo encontré una noche en Londres y se le veía boyante… ¡Pobre O’Hara! La bebida, supongo.
      —Entre otras cosas —dijo Chico Chandler, sucinto. Ignatius Gallaher se rió.
      —Tommy —le dijo—, veo que no has cambiado un ápice. Eres el mismo tipo serio que me metías un editorial el domingo por la mañana si me dolía la cabeza y tenía lengua de lija. Debías correr un poco de mundo. No has ido de viaje a ninguna parte, ¿no?
      —Estuve en la isla de Man —dijo Chico Chandler. Ignatius Gallaher se rió.
      —¡La isla de Man! —dijo—. Ve a Londres o a París. Mejor a París. Te hará mucho bien.
      —¿Conoces tú París?
      —¡Me parece que sí! La he recorrido un poco.
      —¿Y es, realmente, tan bella como dicen? —preguntó Chico Chandler.
      Tomó un sorbito de su trago mientras Ignatius Gallaher terminaba el suyo de un viaje.
      —¿Bella? —dijo Ignatius Gallaher, haciendo una pausa para sopesar la palabra y paladear la bebida—. No es tan bella, si supieras. Claro que es bella… Pero es la vida de París lo que cuenta. Ah, no hay ciudad que sea como París, tan alegre, tan movida, tan excitante…
      Chico Chandler terminó su whisky y, después de un poco de trabajo, consiguió llamar la atención de un camarero. Ordenó lo mismo otra vez.
      —Estuve en el Molino Rojo —continuó Ignatius Gallaher cuando el camarero se llevó los vasos— y he estado en todos los cafés bohemios. ¡Son candela! Nada aconsejable para un puritano como tú, Tommy.
      Chico Chandler no respondió hasta que el camarero regresó con los dos vasos: entonces chocó el vaso de su amigo levemente y reciprocó el brindis anterior. Empezaba a sentirse algo desilusionado. El tono de Gallaher y su manera de expresarse no le gustaban. Había algo vulgar en su amigo que no había notado antes. Pero tal vez fuera resultado de vivir en Londres en el ajetreo y la competencia periodística. El viejo encanto personal se sentía todavía por debajo de sus nuevos modales aparatosos. Y, después de todo, Gallaher había vivido y visto mundo. Chico Chandler miró a su amigo con envidia.
      —Todo es alegría en París —dijo Ignatius Gallaher—. Los franceses creen que hay que gozar la vida. ¿No crees que tienen razón? Si quieres gozar la vida como es, debes ir a París. Y déjame decirte que los irlandeses les caemos de lo mejor a los franceses. Cuando se enteraban que era de Irlanda, muchacho, me querían comer.
      Chico Chandler bebió cinco o seis sorbos de su vaso.
      —Pero, dime —le dijo—, ¿es verdad que París es tan… inmoral como dicen?
      Ignatius Gallaher hizo un gesto católico con la mano derecha.
      —Todos los lugares son inmorales —dijo—. Claro que hay cosas escabrosas en París. Si te vas a uno de esos bailes de estudiantes, por ejemplo. Muy animados, si tú quieres, cuando las cocottes se sueltan la melena. Tú sabes lo que son, supongo.
      —He oído hablar de ellas— dijo Chico Chandler.
      Ignatius Gallaher bebió de su whisky y meneó la cabeza.
      —Tú dirás lo que quieras, pero no hay mujer como la parisina. En cuanto a estilo, a soltura.
      —Luego es una ciudad inmoral —dijo Chico Chandler, con insistencia tímida—. Quiero decir, comparada con Londres o con Dublín.
      —¡Londres! —dijo Ignatius Gallaher—. Eso es media mitad de una cosa y tres cuartos de la otra. Pregúntale a Hogan, amigo mío, que le enseñé algo de Londres cuando estuvo allá. Ya te abrirá él los ojos… Tommy, viejo, que no es ponche, es whisky: de un solo viaje.
      —De veras, no…
      —Ah, vamos, que uno más no te va a matar. ¿Qué va a ser? ¿De lo mismo, supongo?
      —Bueno… vaya…
      —François, repite aquí… ¿Un puro, Tommy?
      Ignatius Gallaher sacó su tabaquera. Los dos amigos encendieron sus cigarros y fumaron en silencio hasta que llegaron los tragos.
      —Te voy a dar mi opinión —dijo Ignatius Gallaher, al salir después de un rato de entre las nubes de humo en que se refugiara—, el mundo es raro. ¡Hablar de inmoralidades! He oído de casos… pero, ¿qué digo? Conozco casos de… inmoralidad…
      Ignatius Gallaher tiró pensativo de su cigarro y luego, con el calmado tono del historiador, procedió a dibujarle a su amigo el cuadro de la degeneración imperante en el extranjero. Pasó revista a los vicios de muchas capitales europeas y parecía inclinado a darle el premio a Berlín. No podía dar fe de muchas cosas (ya que se las contaron amigos), pero de otras sí tenía experiencia personal. No perdonó ni clases ni alcurnia. Reveló muchos secretos de las órdenes religiosas del continente y describió muchas de las prácticas que estaban de moda en .la alta sociedad, terminando por contarle, con detalle, la historia de una duquesa inglesa, cuento que sabía que era verdad. Chico Chandler se quedó pasmado.
      —Ah, bien —dijo Ignatius Gallaher—, aquí estamos en el viejo Dublín, donde nadie sabe nada de nada.
      —¡Te debe parecer muy aburrido —dijo Chico Chandler—, después de todos esos lugares que conoces!
      —Bueno, tú sabes —dijo Ignatius Gallaher—, es un alivio venir acá. Y, después de todo, es el terruño, como se dice, ¿no es así? No puedes evitar tenerle cariño. Es muy humano… Pero dime algo de ti. Hogan me dijo que habías… degustado las delicias del himeneo. Hace dos años, ¿no?
      Chico Chandler se ruborizó y sonrió.
      —Sí —le dijo—. En mayo pasado hizo dos años.
      —Confío en que no sea demasiado tarde para ofrecerte mis mejores deseos —dijo Ignatius Gallaher—. No sabía tu dirección o lo hubiera hecho entonces.
      Extendió una mano, que Chico Chandler estrechó.
      —Bueno, Tommy —le dijo—, te deseo, a ti y a los tuyos, lo mejor en esta vida, viejito: toneladas de plata y que vivas hasta el día que yo te pegue un tiro. Estos son los deseos de un viejo y sincero amigo, como tú sabes.
      —Yo lo sé —dijo Chico Chandler.
      —¿Alguna cría? —dijo Ignatius Gallaher. Chico Chandler se ruborizó otra vez.
      —No tenemos más que una —dijo.
      —¿Varón o hembra?
      —Un varoncito.
      Ignatius Gallaher le dio una sonora palmada a su amigo en la espalda.
      —Bravo, Tommy —le dijo—. Nunca lo puse en duda.
      Chico Chandler sonrió, miró confusamente a su vaso y se mordió el labio inferior con tres dientes infantiles.
      —Espero que pases una noche con nosotros —dijo—, antes de que te vayas. A mi esposa le encantaría conocerte. Podríamos hacer un poco de música y…
      —Muchísimas gracias, mi viejo —dijo Ignatius Gallaher—. Lamento que no nos hayamos visto antes. Pero tengo que irme mañana por la noche.
      —¿Tal vez esta noche…?
      —Lo siento muchísimo, viejo. Tú ves, ando con otro tipo, bastante listo él, y ya convinimos en ir a echar una partida de cartas. Si no fuera por eso…
      —Ah, en ese caso…
      —Pero, ¿quién sabe? —dijo Ignatius Gallaher, considerado—. Tal vez el año que viene me dé un saltito, ahora que ya rompí el hielo. Vamos a posponer la ocasión.
      —Muy bien —dijo Chico Chandler—, la próxima vez que vengas tenemos que pasar la noche juntos. ¿Convenido?
      —Convenido, sí —dijo Ignatius Gallaher—. El año que viene si vengo, parole d’honneur.
      —Y para dejar zanjado el asunto —dijo Chico Chandler—, vamos a tomar otra.
      Ignatius Gallaher sacó un relojón de oro y lo miró.
      —¿Va a ser ésa la última? —le dijo—. Porque, tú sabes, tengo una c.t.
      —Oh, sí, por supuesto —dijo Chico Chandler.
      —Entonces, muy bien —dijo Ignatius Gallaher—, vamos a echarnos otra como de deoc an doirus, que quiere decir un buen whisky en el idioma vernáculo, me parece.
      Chico Chandler pidió los tragos. El rubor que le había subido a la cara hacía unos momentos, se le había instalado. Cualquier cosa lo hacía ruborizarse; y ahora se sentía caliente, excitado. Los tres vasitos se le habían ido a la cabeza y el puro fuerte de Gallaher le confundió las ideas, ya que era delicado y abstemio. La excitación de ver a Gallaher después de ocho años, de verse con Gallaher en Corless’s, rodeados por esa iluminación y ese ruido, de escuchar los cuentos de Gallaher y de compartir por un momento su vida itinerante y exitosa, alteró el equilibrio de su naturaleza sensible. Sintió en lo vivo el contraste entre su vida y la de su amigo, y le pareció injusto. Gallaher estaba por debajo suyo en cuanto a cuna y cultura. Sabía que podía hacer cualquier cosa mejor que lo hacía o lo haría nunca su amigo, algo superior al mero periodismo pedestre, con tal de que le dieran una oportunidad. ¿Qué se interponía en su camino? ¡Su maldita timidez! Quería reivindicarse de alguna forma, hacer valer su virilidad. Podía ver lo que había detrás de la negativa de Gallaher a aceptar su invitación. Gallaher le estaba perdonando la vida con su camaradería, como se la estaba perdonando a Irlanda con su visita.
      El camarero les trajo la bebida. Chico Chandler empujó un vaso hacia su amigo y tomó el otro, decidido.
      —¿Quién sabe? —dijo al levantar el vaso—. Tal vez cuando vengas el año que viene tenga yo el placer de desear una larga vida feliz al señor y a la señora Gallaher.
      Ignatius Gallaher, a punto de beber su trago, le hizo un guiño expresivo por encima del vaso. Cuando bebió, chasqueó sus labios rotundamente, dejó el vaso y dijo:
      —Nada que temer por ese lado, muchacho. Voy a correr mundo y a vivir la vida un poco antes de meter la cabeza en el saco… si es que lo hago.
      —Lo harás un día —dijo Chico Chandler con calma.
      Ignatius Gallaher enfocó su corbata anaranjada y sus ojos azul pizarra sobre su amigo.
      —¿Tú crees? —le dijo.
      —Meterás la cabeza en el saco —repitió Chico Chandler, empecinado—, como todo el mundo, si es que encuentras mujer.
      Había marcado el tono un poco y se dio cuenta de que acababa de traicionarse; pero, aunque el color le subió a la cara, no desvió los ojos de la insistente mirada de su amigo. Ignatius Gallaher lo observó por un momento y luego dijo:
      —Si ocurre alguna vez puedes apostarte lo que no tienes a que no va a ser con claros de luna y miradas arrobadas. Pienso casarme por dinero. Tendrá que tener ella su buena cuenta en el banco o de eso nada.
      Chico Chandler sacudió la cabeza.
      —Pero, vamos —dijo Ignatius Gallaher con vehemencia—, ¿quieres que te diga una cosa? No tengo más que decir que sí y mañana mismo puedo conseguir las dos cosas. ¿No me quieres creer? Pues lo sé de buena tinta. Hay cientos, ¿qué digo cientos?, miles de alemanas ricas y de judías podridas de dinero, que lo que más querrían… Espera un poco, mi amigo, y verás si no juego mis cartas como es debido. Cuando yo me propongo algo, lo consigo. Espera un poco.
      Se echó el vaso a la boca, terminó el trago y se rió a carcajadas. Luego, miró meditativo al frente, y dijo, más calmado:
      —Pero no tengo prisa. Pueden esperar ellas. No tengo ninguna gana de amarrarme a nadie, tú sabes.
      Hizo como si tragara y puso mala cara.
      —Al final sabe siempre a rancio, en mi opinión —dijo.
…..
      Chico Chandler estaba sentado en el cuarto del pasillo con un niño en brazos. Para ahorrar no tenían criados, pero la hermana menor de Annie, Mónica, venía una hora, más o menos, por la mañana y otra hora por la noche para ayudarlos. Pero hacía rato que Mónica se había ido. Eran las nueve menos cuarto. Chico Chandler regresó tarde para el té y, lo que es más, olvidó traerle a Annie el paquete de azúcar de Bewley’s. Claro que ella se incomodó y le contestó mal. Dijo que podía pasarse sin el té, pero cuando llegó la hora del cierre de la tienda de la esquina, decidió ir ella misma por un cuarto de libra de té y dos libras de azúcar. Le puso el niño dormido en los brazos con pericia y le dijo:
      —Ahí tienes, no lo despiertes.
      Sobre la mesa había una lamparita con una pantalla de porcelana blanca y la luz daba sobre una fotografía enmarcada en cuerno corrugado. Era una foto de Annie. Chico Chandler la miró, deteniéndose en los delgados labios apretados. Llevaba la blusa de verano azul pálido que le trajo de regalo un sábado. Le había costado diez chelines con once; ¡pero qué agonía de nervios le costó! Cómo sufrió ese día esperando a que se vaciara la tienda, de pie frente al mostrador tratando de aparecer calmado mientras la vendedora apilaba las blusas frente a él, pagando en la caja y olvidándose de coger el penique de vuelto, mandado a buscar por la cajera, y, finalmente, tratando de ocultar su rubor cuando salía de la tienda examinando el paquete para ver si estaba bien atado. Cuando le trajo la blusa, Annie lo besó y le dijo que era muy bonita y a la moda; pero cuando él le dijo el precio, tiró la blusa sobre la mesa y dijo que era un atraco cobrar diez chelines con diez por eso. Al principio quería devolverla, pero cuando se la probó quedó encantada, sobre todo con el corte de las mangas y le dio otro beso y le dijo que era muy bueno al acordarse de ella.
      ¡Hum!…
      Miró en frío los ojos de la foto y en frío ellos le devolvieron la mirada. Cierto que eran lindos y la cara misma era bonita. Pero había algo mezquino en ella. ¿Por qué eran tan de señorona inconsciente? La compostura de aquellos ojos lo irritaba. Lo repelían y lo desafiaban: no había pasión en ellos, ningún arrebato. Pensó en lo que dijo Gallaher de las judías ricas. Esos ojos negros y orientales, pensó, tan llenos de pasión, de anhelos voluptuosos… ¿Por qué se había casado con esos ojos de la fotografía?
      Se sorprendió haciéndose la pregunta y miró, nervioso, alrededor del cuarto. Encontró algo mezquino en el lindo mobiliario que comprara a plazos. Annie fue quien lo escogió y a ella se parecían los muebles. Las piezas eran tan pretenciosas y lindas como ella. Se le despertó un sordo resentimiento contra su vida. ¿Podría escapar de la casita? ¿Era demasiado tarde para vivir una vida aventurera como Gallaher? ¿Podría irse a Londres? Había que pagar los muebles, todavía. Si sólo pudiera escribir un libro y publicarlo, tal vez eso le abriría camino.
      Un volumen de los poemas de Byron descansaba en la mesa. Lo abrió cauteloso con la mano izquierda para no despertar al niño y empezó a leer los primeros poemas del libro:
Quedo el viento y queda la pena vespertina,
Ni el más leve céfiro ronda la enramada,
Cuando vuelvo a ver la tumba de mi Margarita
Y esparzo las flores sobre la tierra amada.
      Hizo una pausa. Sintió el ritmo de los versos rondar por el cuarto. ¡Cuánta melancolía! ¿Podría él también escribir versos así, expresar la melancolía de su alma en un poema? Había tantas cosas que quería describir; la sensación de hace unas horas en el puente de Grattan, por ejemplo. Si pudiera volver a aquel estado de ánimo…
      El niño se despertó y empezó a gritar. Dejó la página para tratar de callarlo: pero no se callaba. Empezó a acunarlo en sus brazos, pero sus aullidos se hicieron más penetrantes. Lo meció más rápido mientras sus ojos trataban de leer la segunda estrofa:
En esta estrecha celda reposa la arcilla,
Su arcilla que una vez…
      Era inútil. No podía leer. No podía hacer nada. El grito del niño le perforaba los tímpanos. ¡Era inútil, inútil! Estaba condenado a cadena perpetua. Sus brazos temblaron de rabia y de pronto, inclinándose sobre la cara del niño, le gritó:
      —¡Basta!
      El niño se calló por un instante, tuvo un espasmo de miedo y volvió a gritar. Se levantó de su silla de un salto y dio vueltas presurosas por el cuarto cargando al niño en brazos. Sollozaba lastimoso, desmoreciéndose por cuatro o cinco segundos y luego reventando de nuevo. Las delgadas paredes del cuarto hacían eco al ruido. Trató de calmarlo, pero sollozaba con mayores convulsiones. Miró a la cara contraída y temblorosa del niño y empezó a alarmarse. Contó hasta siete hipidos sin parar y se llevó el niño al pecho, asustado. ¡Si se muriera!…
      La puerta se abrió de un golpe y una mujer joven entró corriendo, jadeante.
      —¿Qué pasó? ¿Qué pasó? —exclamó.
      El niño, oyendo la voz de su madre, estalló en paroxismos de llanto.
      —No es nada, Annie… nada… Se puso a llorar.
      Tiró ella los paquetes al piso y le arrancó el niño.
      —¿Qué le has hecho? —le gritó, echando chispas.
      Chico Chandler sostuvo su mirada por un momento y el corazón se le encogió al ver odio en sus ojos. Comenzó a tartamudear.
      Sin prestarle atención, ella comenzó a caminar por el cuarto, apretando al niño en sus brazos y murmurando:
      —¡Mi hombrecito! ¡Mi muchachito! ¿Te asustaron, amor?… ¡Vaya, vaya, amor! ¡Vaya!… ¡Cosita! ¡Corderito divino de mamá!… ¡Vaya, vaya!
      Chico Chandler sintió que sus mejillas se ruborizaban de vergüenza y se apartó de la luz. Oyó cómo los paroxismos del niño menguaban más y más; y lágrimas de culpa le vinieron a los ojos.

James Joyce / Una madre

by Paul Cézanne

 

James Joyce

Una madre

A MotherDubliners, 1914 Traducción de Guillermo Cabrera Infante

      El señor Holohan, vicesecretario de la sociedad Eire Abu, se paseó un mes por todo Dublín con las manos y los bolsillos atiborrados de papelitos sucios, arreglando lo de la serie de conciertos. Era lisiado y por eso sus amigos lo llamaban Aúpa Holohan. Anduvo para arriba y para abajo sin parar y se pasó horas enteras en una esquina discutiendo el asunto y tomando notas; pero al final fue la señora Kearney quien tuvo que resolverlo todo.

      La señorita Devlin se transformó en la señora Keamey por despecho. Se había educado en uno de los mejores conventos, donde aprendió francés y música. Como era exangüe de nacimiento y poco flexible de carácter, hizo pocas amigas en la escuela. Cuando estuvo en edad casadera la hicieron visitar varias casas donde admiraron mucho sus modales pulidos y su talento musical. Se sentó a esperar a que viniera un pretendiente capaz de desafiar su frígido círculo de dotes para brindarle una vida venturosa. Pero los jóvenes que conoció eran vulgares y jamás los alentó, prefiriendo consolarse de sus anhelos románticos consumiendo Delicias Turcas a escondidas. Sin embargo, cuando casi llegaba al límite y sus amigas empezaban ya a darle a la lengua, les tapó la boca casándose con el señor Keamey, un botinero de la explanada de Ormond.

      Era mucho mayor que ella. Su conversación adusta tenía lugar en los intermedios de su enorme barba parda. Después del primer año de casada intuyó ella que un hombre así sería más útil que un personaje novelesco, pero nunca echó a un lado sus ideas románticas. Era él sobrio, frugal y pío; tomaba la comunión cada viernes, a veces con ella, muchas veces solo. Pero ella nunca flaqueó en su fe religiosa y fue una buena esposa. Cuando en una reunión con desconocidos ella arqueaba una ceja, él se levantaba enseguida para despedirse, y, si su tos lo acosaba, ella le envolvía los pies en una colcha y le hacía un buen ponche de ron. Por su parte, él era un padre modelo. Pagando una módica suma cada semana a una mutual se aseguró de que sus dos hijas recibieran una dote de cien libras cada una al cumplir veinticuatro años. Mandó a la hija mayor, Kathleen, a un convento, donde aprendió francés y música, y más tarde le costeó el Conservatorio. Todos los años por julio la señora Kearney hallaba ocasión de decirles a sus amigas:
      —El bueno de mi marido nos manda a veranear unas semanas a Skerries.
      Y si no era a Skerries era a Howth o a Greystones.
      Cuando el Despertar Irlandés comenzó a mostrarse digno de atención, la señora Kearney determinó sacar partido al nombre de su hija, tan irlandés, y le trajo un maestro de lengua irlandesa. Kathleen y su hermana les enviaban postales irlandesas a sus amigas, quienes, a su vez, les respondían con otras postales irlandesas. En ocasiones especiales, cuando el señor Kearney iba con su familia a las reuniones procatedral, un grupo de gente se reunía después de la misa de domingo en la esquina de la calle Catedral. Eran todos amigos de los Kearney, amigos musicales o amigos nacionalistas; y, cuando le sacaban el jugo al último chisme, se daban la mano, todos a una, riéndose de tantas manos cruzadas y diciéndose adiós en irlandés. Muy pronto el nombre de Kathleen Kearney estuvo a menudo en boca de la gente para decir que ella tenía talento y que era muy buena muchacha y, lo que es más, que, creía en el renacer de la lengua irlandesa. La señora Kearney se sentía de lo más satisfecha. Así no se sorprendió cuando un buen día el señor Holohan vino a proponerle que su hija fuera pianista acompañante en cuatro grandes conciertos que su Sociedad iba a dar en las Antiguas Salas de Concierto. Ella lo hizo pasar a la sala, lo invitó a sentarse y sacó la garrafa y la bizcochera de plata. Se entregó ella en cuerpo y alma a ultimar los detalles; aconsejó y persuadió; y, finalmente, se redactó un contrato según el cual Kathleen recibiría ocho guineas por sus servicios como pianista acompañante en aquellos cuatro grandes conciertos.
      Como el señor Holohan era novato en cuestiones tan delicadas como la redacción de anuncios y la confección de programas, la señora Kearney lo ayudó. Tenía tacto. Sabía qué artistas debían llevar el nombre en mayúsculas y qué artistas debían ir en letras pequeñas. Sabía que al primer tenor no le gustaría salir después del sainete del señor Meade. Para mantener al público divertido, acomodó los números dudosos entre viejos favoritos. El señor Holohan la visitaba cada día para pedirle consejo sobre esto y aquello. Ella era invariablemente amistosa y asesora, en una palabra, asequible. Deslizaba hacia él la garrafa, diciéndole:
      —Vamos, ¡sírvase usted, señor Holohan!
      Y si él se servía, añadía ella:
      —¡Sin miedo! ¡Sin ningún miedo!
      Todo salió a pedir de boca. la señora Kearney compró en Brown Thomas un retazo de raso liso rosa, precioso, para hacerle una pechera al traje de Kathleen. Costó un ojo de la cara; pero hay ocasiones en que cualquier gasto está justificado. Se quedó con una docena de entradas para el último concierto y las envió a esas amistades con que no se podía contar que asistieran si no era así. No se olvidó de nada y, gracias a ella, se hizo lo que había que hacer.
      Los conciertos tendrían lugar miércoles, jueves, viernes y sábado. Cuando la señora Kearney llegó con su hija a las Antiguas Salas de Concierto la noche del miércoles no le gustó lo que vio. Unos cuantos jóvenes que llevaban insignias azul brillante en sus casacas, holgazaneaban por el vestíbulo; ninguno llevaba ropa de etiqueta. Pasó de largo con su hija y una rápida ojeada a la sala le hizo ver la causa del holgorio de los ujieres. Al principio se preguntó si se habría equivocado de hora. Pero no, faltaban veinte minutos para las ocho.
      En el camerino, detrás del escenario, le presentaron al secretario de la Sociedad, el señor Fitzpatrick. Ella sonrió y le tendió una mano. Era un hombrecito de cara lerda. Notó que llevaba su sombrero de pana pardo al desgaire a un lado y que hablaba con dejo desganado. Tenía un programa en la mano y mientras conversaba con ella le mordió una punta hasta que la hizo una pulpa húmeda. No parecía darle importancia al chasco. El señor Holohan entraba al camerino a cada rato trayendo noticias de la taquilla. Los artistas hablaban entre ellos, nerviosos, mirando de vez en cuando al espejo y enrollando y desenrollando sus partituras. Cuando eran casi las ocho y media la poca gente que había en el teatro comenzó a expresar el deseo de que empezara la función. El señor Fitzpatrick subió a escena, sonriendo inexpresivo al público, para decirles:
      —Bueno, y ahora, señoras y señores, supongo que es mejor que empiece la fiesta.
      La señora Kearney recompensó su vulgarísima expresión final con una rápida mirada despreciativa y luego le dijo a su hija para animarla:
      —¿Estás lista, tesoro?
      Cuando tuvo la oportunidad llamó al señor Holohan aparte y le preguntó qué significaba aquello. El señor Holohan le respondió que él no sabía. Le explicó que el comité había cometido un error en dar tantos conciertos: cuatro conciertos eran demasiados.
      —¡Y con qué artistas! —dijo la señora Kearney—. Claro que hacen lo que pueden, pero no son nada buenos.
      El señor Holohan admitió que los artistas eran malos, pero el comité, dijo, había decidido dejar que los tres primeros conciertos salieran como pudieran y reservar lo bueno para la noche del sábado. La señora Kearney no dijo nada, pero, como las mediocridades se sucedían en el estrado y el público disminuía cada vez, comenzó a lamentarse de haber puesto todo su empeño en semejante velada. No le gustaba en absoluto el aspecto de aquello y la estúpida sonrisa del señor Fitzpatrick la irritaba de veras. Sin embargo, se calló la boca y decidió esperar a ver cómo acababa todo. El concierto se extinguió poco antes de las diez y todo el mundo se fue a casa corriendo.
      El concierto del jueves tuvo mejor concurrencia, pero la señora Kearney se dio cuenta enseguida de que el teatro estaba lleno de balde. El público se comportaba sin el menor recato, como si el concierto fuera un último ensayo informal. El señor Fitzpatrick parecía divertirse mucho; y no estaba en lo más mínimo consciente de que la señora Kearney, furiosa, tomaba nota de su conducta. Se paraba él junto a las bambalinas y de vez en cuando sacaba la cabeza para intercambiar risas con dos amigotes sentados en el extremo del balcón. Durante la tanda la señora Kearney se enteró de que se iba a cancelar el concierto del viernes y que el comité movería cielo y tierra para asegurarse de que el concierto del sábado fuera un lleno completo. Cuando oyó decir esto buscó al señor Holohan. Lo pescó mientras iba cojeando con un vaso de limonada para una jovencita y le preguntó si era cierto. Sí, era cierto.
      —Pero, naturalmente, eso no altera el contrato —dijo ella—. El contrato es por cuatro conciertos.
      El señor Holohan parecía estar apurado; le aconsejó que hablara con el señor Fitzpatrick. La señora Kearney comenzó a alarmarse entonces. Sacó al señor Fitzpatrick de su bambalina y le dijo que su hija había firmado por cuatro conciertos y que, naturalmente, de acuerdo con los términos del contrato ella recibiría la suma estipulada originalmente, diera o no la Sociedad cuatro conciertos. El señor Fitzpatrick, que no se dio cuenta del punto en cuestión enseguida, parecía incapaz de resolver la dificultad y dijo que trasladaría el problema al comité. La ira de la señora Kearney comenzó a revolotearle en las mejillas y tuvo que hacer lo imposible para no preguntar:
      —¿Y quién es este comidé, hágame el favor?
      Pero sabía que no era digno de una dama hacerlo: por eso se quedó callada.
      El viernes por la mañana enviaron a unos chiquillos a que repartieran volantes por las calles de Dublín. Anuncios especiales aparecieron en todos los diarios de la tarde recordando al público amante de la buena música el placer que les esperaba a la noche siguiente. La señora Kearney se sintió más alentada pero pensó que era mejor confiar sus sospechas a su marido. Le prestó atención y dijo que sería mejor que la acompañara el sábado por la noche. Ella estuvo de acuerdo. Respetaba a su esposo como respetaba a la oficina de correos, como algo grande, seguro, inamovible; y aunque sabía que era escaso de ideas, apreciaba su valor como hombre, en abstracto. Se alegró de que él hubiera sugerido ir al concierto con ella. Pasó revista a sus planes.
      Vino la noche del gran concierto. La señora Kearney, con su esposo y su hija, llegó a las Antiguas Salas de Concierto tres cuartos de hora antes de la señalada para comenzar. Tocó la mala suerte que llovía. La señora Kearney dejó las ropas y las partituras de su hija al cuidado de su marido y recorrió todo el edificio buscando al señor Holohan y al señor Fitzpatrick. No pudo encontrar a ninguno de los dos. Les preguntó a los ujieres si había algún miembro del comité en el público, y, después de mucho trabajo, un ujier se apareció con una mujercita llamada la señorita Beirne, a quien la señora Kearney explicó que quería ver a uno de los secretarios. La señorita Beirne los esperaba de un momento a otro y le preguntó si podía hacer algo por ella. La señora Kearney escrutó a aquella mujercita que tenía una doble expresión de confianza en el prójimo y de entusiasmo atornillada a su cara, y le respondió:
      —¡No, gracias!
      La mujercita esperaba que hicieran una buena entrada. Miró la lluvia hasta que la melancolía de la calle mojada borró el entusiasmo y la confianza de sus facciones torcidas. Luego exhaló un suspirito y dijo:
      —¡Ah, bueno, se hizo lo que se pudo, como usted sabe!
      La señora Kearney tuvo que regresar al camerino.
      Llegaban los artistas. El bajo y el segundo tenor ya estaban allí. El bajo, el señor Duggan, era un hombre joven y esbelto, con un bigote negro regado. Era hijo del portero de unas oficinas, del centro, y, de niño, había cantado sostenidas notas bajas por los resonantes corredores. De tan humildes auspicios se había educado a sí mismo para convertirse en un artista de primera fila. Había cantado en la ópera. Una noche, cuando un artista operático se enfermó, había interpretado el rol del rey en Maritana, en el Queen’s Theatre. Cantó con mucho sentimiento y volumen y fue muy bien acogido por la galería; pero, desgraciadamente, echó a perder la buena impresión inicial al sonarse la nariz en un guante, una o dos veces, de distraído que era. Modesto, hablaba poco. Decía ustéi pero tan bajo que pasaba inadvertido y por cuidarse la voz no bebía nada más fuerte que leche. El señor Bell, el segundo tenor, era un hombrecito rubio que competía todos los años por los premios de Feis Ceoil. A la cuarta intentona ganó una medalla de bronce. Nervioso en extremo y en extremo envidioso de otros tenores, cubría su envidia nerviosa con una simpatía desbordante. Era dado a dejar saber a otras personas la viacrucis que significaba un concierto. Por eso cuando vio al señor Duggan se le acercó a preguntarle:
      —¿Estás tú también en el programa?
      —Sí —respondió el señor Duggan.
      El señor Bell sonrió a su compañero de infortunios, extendió una mano y le dijo:
      —¡Chócala!
      La señora Kearney pasó por delante de estos dos jóvenes y se fue al borde de la bambalina a echar un vistazo a la sala. Ocupaban las localidades rápidamente y un ruido agradable circulaba por el auditorio. Regresó a hablar en privado con su esposo. La conversación giraba sobre Kathleen evidentemente, pues ambos le echaban una mirada de vez en cuando mientras ella conversaba de pie con una de sus amigas nacionalistas, la señorita Healy, la contralto. Una mujer desconocida y solitaria de cara pálida atravesó la pieza. Las muchachas siguieron con ojos ávidos aquel vestido azul desvaído tendido sobre un cuerpo enjuto. Alguien dijo que era Madama Glynn, soprano.
      —Me pregunto de dónde la sacaron —dijo Kathleen a la señorita Healy—. Nunca oí hablar de ella, te lo aseguro.
      La señorita Healy tuvo que sonreír. El señor Holohan entró cojeando al camerino en ese momento y las dos muchachas le preguntaron quién era la desconocida. El señor Holohan dijo que era Madama Glynn, de Londres. Madama tomó posesión de un rincón del cuarto, manteniendo su partitura rígida frente a ella y cambiando de vez en cuando la dirección de su mirada de asombro. Las sombras acogieron protectoras su traje marchito, pero en revancha le rebosaron la fosa del esternón. El ruido de la sala se oyó más fuerte. El primer tenor y el barítono llegaron juntos. Se veían bien vestidos los dos, bien alimentados y complacidos, regalando un aire de opulencia a la compañía.
      La señora Kearney les llevó a su hija y se dirigió a ellos con amabilidad. Quería estar en buenos términos pero, mientras hacía lo posible por ser atenta con ellos, sus ojos seguían los pasos cojeantes y torcidos del señor Holohan. Tan pronto como pudo se excusó y le cayó detrás.
      —Señor Holohan —le dijo—, quiero hablar con usted un momento.
      Se fueron a un extremo discreto del corredor. La señora Kearney le preguntó cuándo le iban a pagar a su hija. El señor Holohan dijo que ya se encargaría de ello el señor Fitzpatrick. La señora Kearney dijo que ella no sabía nada del señor Fitzpatrick. Su hija había firmado contrato por ocho guineas y había que pagárselas. El señor Holohan dijo que eso no era asunto suyo.
      —¿Por qué no es asunto suyo? —le preguntó la señora Kearney—. ¿No le trajo usted mismo el contrato? En todo caso, si no es asunto suyo, sí es asunto mío y me voy a ocupar de él.
      —Más vale que hable con el señor Fitzpatrick —dijo el señor Holohan, remoto.
      —A mí no me interesa su señor Fitzpatrick para nada —repitió la señora Kearney—. Yo tengo mi contrato y voy a ocuparme de que se cumpla.
      Cuando regresó al camerino, ligeramente ruborizada, reinaba allí la animación. Dos hombres con impermeables habían tomado posesión de la estufa y charlaban familiarmente con la señorita Healy y el barítono. Eran un enviado del Freeman y el señor O’Madden Burke. El enviado del Freeman había entrado a decir que no podía quedarse al concierto ya que tenía que cubrir una conferencia que iba a pronunciar un sacerdote en la Mansion House. Dijo que debían dejarle una nota en la redacción del Freeman y que él se ocuparía de que la incluyeran. Era canoso, con voz digna de crédito y modales cautos. Tenía un puro apagado en la mano y el aroma a humo de tabaco flotaba a su alrededor. No tenía intenciones de quedarse más que un momento porque los conciertos y los artistas lo aburrían considerablemente, pero permanecía recostado a la chimenea. La señorita Healy estaba de pie frente a él, riendo y charlando. Tenía él edad como para sospechar la razón de la cortesía femenina, pero era lo bastante joven de espíritu para saber sacar provecho a la ocasión. El calor, el color y el olor de aquel cuerpo juvenil le despertaban la sensualidad. Estaba deliciosamente al tanto de los senos que en este momento subían y bajaban frente a él en su honor, consciente de que las risas y el perfume y las miradas imponentes eran otro tributo. Cuando no pudo quedarse ya más tiempo, se despidió de ella muy a pesar suyo.
      —O’Madden Burke va a escribir la nota —le explicó al señor Holohan—, y yo me ocupo de que la metan.
      —Muchísimas gracias, señor Hendrick —dijo el señor Holohan—. Ya sé que usted se ocupará de ella. Pero, ¿no quiere tomar una cosita antes de irse?
      —No estaría mal —dijo el señor Hendrick.
      Los dos hombres atravesaron oscuros pasadizos y subieron escaleras hasta llegar a un cuarto apartado donde uno de los ujieres descorchaba botellas para unos cuantos señores. Uno de estos señores era el señor O’Madden Burke, que había dado con el cuarto por puro instinto. Era un hombre entrado en años, afable, quien, en estado de reposo, balanceaba su cuerpo imponente sobre un largo paraguas de seda. Su grandilocuente apellido de irlandés del oeste era el paraguas moral sobre el que balanceada el primoroso problema de sus finanzas. Se le respetaba a lo ancho y a lo largo.
      Mientras el señor Holohan convidaba al enviado del Freeman, la señora Kearney hablaba a su esposo con tal vehemencia que éste tuvo que pedirle que bajara la voz. La conversación de la otra gente en el camerino se había hecho tensa. El señor Bell, primero en el programa, estaba listo con su música pero su acompañante ni se movió. Algo andaba mal, era evidente. El señor Kearney miraba hacia adelante, mesándose la barba, mientras la señora Kearney le hablaba al oído a Kathleen con énfasis controlado. De la sala llegaban ruidos revueltos, palmas y pateos. El primer tenor y el barítono y la señorita Healy se pusieron los tres a esperar tranquilamente, pero el señor Bell tenía los nervios de punta porque temía que el público pensara que se había retrasado.
      El señor Holohan y el señor O’Madden Burke entraron al camerino. En un instante el señor Holohan se dio cuenta de lo que pasaba. Se acercó a la señora Kearney y le habló con franqueza. Mientras hablaban el ruido de la sala se hizo más fuerte. El señor Holohan estaba rojo y excitadísimo. Habló con volubilidad, pero la señora Kearney repetía cortante, a intervalos:
      —Ella no saldrá. Hay que pagarle sus ocho guineas.
      El señor Holohan señalaba desesperado hacia la sala, donde el público daba patadas y palmetas. Acudió al señor Kearney y a Kathleen. Pero el señor Kearney seguía mesándose las barbas y Kathleen miraba al suelo, moviendo la punta de su zapato nuevo: no era su culpa. la señora Kearney repetía:
      —No saldrá si no se le paga.
      Después de un breve combate verbal, el señor Holohan se marchó, cojeando, a la carrera. Se hizo el silencio en la pieza. Cuando el silencio se volvió insoportable, la señorita Healy le dijo al barítono:
      —¿Vio usted a la señora Pat Campbell esta semana?
      El barítono no la había visto, pero le habían dicho que había estado muy bien. La conversación se detuvo ahí. El primer tenor bajó la cabeza y empezó a contar los eslabones de la cadena de oro que le cruzaba el pecho, sonriendo y tarareando notas al azar para afinar la voz. De vez en cuando todos echaban una ojeada hacia la señora Kearney.
      El ruido del auditorio se había vuelto un escándalo cuando el señor Fitzpatrick entró al camerino, seguido por el señor Holohan que acezaba. De la sala llegaron silbidos que acentuaban ahora el estruendo de palmetas y patadas. El señor Fitzpatrick alzó varios billetes en la mano. Contó hasta cuatro en la mano de la señora Kearney y dijo que iba a conseguir el resto en el intermedio. La señora Kearney dijo:
      —Faltan cuatro chelines.
      Pero Kathleen se recogió la falda y dijo: Vamos, el señor Bell, al primer cantante, que temblaba más que una hoja. El artista y su acompañante salieron a escena juntos. Se extinguió el ruido en la sala. Hubo una pausa de unos segundos: y luego se oyó un piano.
      La primera parte del concierto tuvo mucho éxito, con excepción del número de Madama Glynn. La pobre mujer cantó Killarney con voz incorpórea y jadeante, con todos los amaneramientos de entonación y de pronunciación que ella creía que le daban elegancia a su canto pero que estaban tan fuera de moda. Parecía como si la hubieran resucitado de un viejo vestuario, y de las localidades populares de la platea se burlaron de sus quejumbrosos agudos. El primer tenor y la contralto, sin embargo, se robaron al público. Kathleen tocó una selección de aires irlandeses que fue generosamente aplaudida. Cerró la primera parte una conmovedora composición patriótica, recitada por una joven que organizaba funciones teatrales de aficionados. Fue merecidamente aplaudida; y, cuando terminó, los hombres salieron al intermedio, satisfechos.
      En todo este tiempo el camerino había sido un avispero de emociones. En una esquina estaba el señor Holohan, el señor Fitzpatrick, la señorita Beirne, dos de los ujieres, el barítono, el bajo y el señor O’Madden Burke. El señor O’Madden Burke dijo que era la más escandalosa exhibición de que había sido testigo nunca. La carrera musical de Kathleen Kearney, dijo, estaba acabada en Dublín después de esto. Al barítono le preguntaron qué opinaba del comportamiento de la señora Kearney. No quería opinar. Le habían pagado su dinero y quería estar en paz con todos. Sin embargo, dijo que la señora Kearney bien podía haber tenido consideración con los artistas. Los ujieres y los secretarios debatían acaloradamente sobre lo que debía hacerse llegado el intermedio.
      —Estoy de acuerdo con la señorita Beirne —dijo el señor O’Madden Burke—. De pagarle, nada.
      En la otra esquina del cuarto estaban la señora Kearney y su marido, el señor Bell, la señorita Healy y la joven que recitó los versos patrióticos. La señora Kearney decía que el comité la había tratado escandalosamente. No había reparado ella ni en dificultades ni en gastos y así era como le pagaban.
      Creían que tendrían que lidiar sólo con una muchacha y que, por lo tanto, podían tratarla a la patada. Pero les iba ella a mostrar lo equivocados que estaban. No se atreverían a tratarla así si ella fuera un hombre. Pero ella se encargaría de que respetaran los derechos de su hija: de ella no se burlaba nadie. Si no le pagaban hasta el último penique iba a tocar a rebato en Dublín. Claro que lo sentía por los artistas. Pero ¿qué otra cosa podía ella hacer? Acudió al segundo tenor que dijo que no la habían tratado bien. Luego apeló a la señorita Healy. La señorita Healy quería unirse al otro bando, pero le disgustaba hacerlo porque era muy buena amiga de Kathleen y los Kearneys la habían invitado a su casa muchas veces.
      Tan pronto como terminó la primera parte, el señor Fitzpatrick y el señor Holohan se acercaron a la señora Kearney y le dijeron que las otras cuatro guineas le serían pagadas después que se reuniera el comité al martes siguiente y que, en caso de que su hija no tocara en la segunda parte, el comité daría el contrato por cancelado, y no pagaría un penique.
      —No he visto a ese tal comité —dijo la señora Kearney, furiosa—. Mi hija tiene su contrato. Cobrará cuatro libras con ocho en la mano o no pondrá un pie en el estrado.
      —Me sorprende usted, señora Kearney —dijo el señor Holohan—. Nunca creí que nos trataría usted así.
      —Y ¿de qué forma me han tratado ustedes a mí? —preguntó la señora Kearney.
      Su cara se veía ahogada por la rabia y parecía que iba a atacar a alguien físicamente.
      —No exijo más que mis derechos —dijo ella.
      —Debía usted tener un poco de decencia —dijo el señor Holohan.
      —Debería yo, ¿de veras?… Y si pregunto cuándo le van a pagar a mi hija me responden con una grosería.
      Echó la cabeza atrás para imitar un tono altanero:
      —Debe usted hablar con el secretario. No es asunto mío. Soi mu impoltante pa-lo-poco-quiago.
      —Yo creí que era usted una dama —dijo el señor Holohan, alejándose de ella, brusco.
      Después de lo cual la conducta de la señora Kearney fue criticada por todas partes: todos aprobaron lo que había hecho el comité. Ella se paró en la puerta, lívida de furia, discutiendo con su marido y su hija, gesticulándoles. Esperó hasta que fue hora de comenzar la segunda parte con la esperanza de que los secretarios vendrían a hablarle. Pero la señorita Healy consintió bondadosamente en tocar uno o dos acompañamientos. La señora Kearney tuvo que echarse a un lado para dejar que el barítono y su acompañante pasaran al estrado. Se quedó inmóvil, por un instante, la imagen pétrea de la furia, y, cuando las primeras notas de la canción repercutieron en sus oídos, cogió la capa de su hija y le dijo a su marido:
      —¡Busca un coche!
      Salió él inmediatamente. La señora Kearney envolvió a su hija en la capa y siguió a su marido. Al cruzar el umbral se detuvo a escudriñar la cara de el señor Holohan:
      —Todavía no he terminado con usted —le dijo.
      —Pues yo sí —respondió el señor Holohan.
      Kathleen siguió, modosa, a su madre. El señor Holohan comenzó a caminar alrededor del cuarto para calmarse, ya que sentía que la piel le quemaba.
      —¡Eso es lo que se llama una mujer agradable! —dijo—. ¡Vaya que es agradable!
      —Hiciste lo indicado, Holohan —dijo el señor O’Madden Burke, posado en su paraguas en señal de aprobación.

James Joyce / Los muertos

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James Joyce

LOS MUERTOS

“The Dead”

Traducción de Guillermo Cabrera Infante

 

Lily, la hija del encargado, tenía los pies literalmente muer­tos. No había todavía acabado de hacer pasar a un invitado al cuarto de desahogo, detrás de la oficina de la planta baja, para ayudarlo a quitarse el abrigo, cuando de nuevo sonaba la quejumbrosa campana de la puerta y tenía que echar a correr por el zaguán vacío para dejar entrar a otro. Era un alivio no tener que atender también a las invitadas. Pero Miss Kate y Miss Julia habían pensado en eso y convirtieron el baño de arriba en un cuarto de señoras. Allá estaban Miss Kate y Miss Julia, riéndose y chismeando y ajetreándose una tras la otra hasta el rellano de la escalera, para mirar abajo y pre­guntar a Lily quién acababa de entrar.

El baile anual de las Morkan era siempre la gran ocasión. Venían todos los conocidos, los miembros de la familia, los viejos amigos de la familia, los integrantes del coro de Julia, cualquier alumna de Kate que fuera lo bastante mayorcita y hasta alumnas de Mary Jane también. Nunca quedaba mal. Por años -y años y tan atrás como se tenía memoria había resultado una ocasión lucida; desde que Kate y Julia, cuando murió su hermano Pat, dejaron la casa de Stoney Batter y se llevaron a Mary Jane, la única sobrina, a vivir con ellas en la sombría y espigada casa de la isla de Usher, cuyos altos alquilaban a Mr Fulham, un comerciante en granos que vivía en los bajos. Eso ocurrió hace sus buenos treinta años. Mary Jane, entonces una niñita vestida de corto, era ahora el principal sostén de la casa, ya que tocaba el órgano en Haddington Road. Había pasado por la Academia y daba su concierto anual de alumnas en el salón de arriba de las Antiguas Salas de Concierto. Mu­chas de sus alumnas pertenecían a las mejores familias de la ruta de Kingstown y Dalkey. Sus tías, aunque viejas, contri­buían con lo suyo. Julia, a pesar de sus canas, todavía era la primera soprano de Adán y Eva, la iglesia, y Kate, muy deli­cada para salir afuera, daba lecciones de música a principiantes en el viejo piano vertical del fondo. Lily, la hija del encargado, les hacía la limpieza. Aunque llevaban una vida modesta les gustaba comer bien; lo mejor de lo mejor: costillas de riñonada, té de a tres chelines y stout embotellado del bueno. Pero Lily nunca hacía un mandado mal, por lo que se llevaba muy bien con las señoritas. Eran quisquillosas, eso es todo. Lo único que no soportaban era que les contestaran.

Claro que tenían razón para dar tanta lata en una noche así, pues eran más de las diez y ni señas de Gabriel y su es­posa. Además, que tenían muchísimo miedo de que Freddy Malins se les apareciera tomado. Por nada del mundo querían que las alumnas de Mary Jane lo vieran en ese estado; y cuan­do estaba así era muy difícil de manejar, a veces. Freddy Ma­lins llegaba siempre tarde, pero se preguntaban por qué se demoraría Gabriel: y era eso lo que las hacía asomarse a la escalera para preguntarle a Lily si Gabriel y Freddy habían llegado.

-Ah, Mr Conroy -le dijo Lily a Gabriel cuando le abrió la puerta-, Miss Kate y Miss Julia creían que usted ya no venía. Buenas noches, Mrs Conroy.

-Me apuesto a que creían eso -dijo Gabriel-, pero es que se olvidaron que acá mi mujer se toma tres horas mortales para vestirse.

Se paró sobre el felpudo a limpiarse la nieve de las galo­chas, mientras Lily conducía a la mujer al pie de la escalera y gritaba:

-Miss Kate, aquí está Mrs Conroy.

Kate y Julia bajaron enseguida la oscura escalera dando tumbos. Las dos besaron a la esposa de Gabriel, le dijeron que debía estar aterida en vida y le preguntaron si Gabriel había venido con ella.

-Aquí estoy, tía Kate, ¡sin un rasguño! Suban ustedes que yo las alcanzo -gritó Gabriel desde la oscuridad.

Siguió limpiándose los pies con vigor mientras las tres mu­jeres subían las escaleras, riendo, hacia el cuarto de vestir. Una leve franja de nieve reposaba sobre los hombros del abrigo, como una esclavina, y como una pezuña sobre el empeine de las galochas; y al deslizar los botones con un ruido crispante por los ojales helados del abrigo, de entre sus pliegues y do­bleces salió el vaho fragante del descampado.

-¿Está nevando otra vez, Mr Conroy? -preguntó Lily. Se le había adelantado hasta el cuarto de desahogo para ayudarlo a quitarse el abrigo y Gabriel sonrió al oír que añadía una sílaba más a su apellido. Era una muchacha delgada que aún no había parado de crecer, de tez pálida y pelo color de paja. El gas del cuartico la hacía lucir lívida. Gabriel la cono­ció siendo una niña que se sentaba en el último escalón a acunar su muñeca de trapo.

-Sí, Lily -le respondió-, y me parece que tenemos para toda la noche.

Miró al cielo raso, que temblaba con los taconazos y el deslizarse de pies en el piso de arriba, atendió un momento al piano y luego echó una ojeada a la muchacha, que ya doblaba su abrigo con cuidado al fondo del estante.

-Dime, Lily -dijo en tono amistoso-, ¿vas todavía a la escuela?

-Oh, no, señor -respondió ella-, ya no más y nunca.

-Ah, pues entonces -dijo Gabriel, jovial-, supongo que un día de estos asistiremos a esa boda con tu novio, ¿no?

La muchacha lo miró esquinada y dijo con honda amar­gura:

-Los hombres de ahora no son más que labia y lo que puedan echar mano.

Gabriel se sonrojó como si creyera haber cometido un error y, sin mirarla, se sacudió las galochas de los pies y con su bufanda frotó fuerte sus zapatos de charol.

Era un hombre joven, más bien alto y robusto. El color encarnado de sus mejillas le llegaba a la frente, donde se re­gaba en parches rojizos y sin forma; y en su cara desnuda bri­llaban sin cesar los lentes y los aros de oro de los espejuelos que amparaban sus ojos inquietos y delicados. Llevaba el bri­llante pelo negro partido al medio y peinado hacia atrás en una larga curva por detrás de las orejas, donde se ondeaba leve debajo de la estría que le dejaba marcada el sombrero. Cuando le sacó bastante brillo a los zapatos, se enderezó y se ajustó el chaleco tirando de él por sobre el vientre rollizo. Luego extrajo con rapidez una moneda del bolsillo.

-Ah, Lily -dijo, poniéndosela en la mano-, es Navi­dad, ¿no es cierto? Aquí tienes… esto…

Caminó rápido hacia la puerta.

-¡Oh, no, señor! -protestó la muchacha, cayéndole de­trás-. De veras, señor, no creo que deba.

-¡Es Navidad! ¡Navidad! -dijo Gabriel, casi trotando hasta las escaleras y moviendo sus manos hacia ella indicando que no tenía importancia.

La muchacha, viendo que ya había ganado la escalera, gritó tras él:

-Bueno, gracias entonces, señor.

Esperaba fuera a que el vals terminara en la sala, escu­chando las faldas y los pies que se arrastraban, barriéndola. Todavía se sentía desconcertado por la súbita y amarga ré­plica de la muchacha, que lo entristeció. Trató de disiparlo arreglándose los puños y el lazo de la corbata. Luego, sacó del bolsillo del chaleco un papelito y echó una ojeada a la lista de temas para su discurso. Se sentía indeciso sobre los versos de Robert Browning porque temía que estuvieran muy por enci­ma de sus oyentes. Sería mejor una cita que pudieran recono­cer, de Shakespeare o de las Melodías de Thomas Moore. El grosero claqueteo de los tacones masculinos y el arrastre de suelas le recordó que el grado de cultura de ellos difería del suyo. Haría el ridículo si citaba poemas que no pudieran en­tender. Pensarían que estaba alardeando de su cultura. Come­tería un error con ellos como el que cometió con la muchacha en el cuarto de desahogo. Se equivocó de tono. Todo su dis­curso estaba equivocado de arriba a abajo. Un fracaso total.

Fue entonces que sus tías y su mujer salieron del cuarto de vestir. Sus tías eran dos ancianas pequeñas que vestían con sencillez. Tía Julia era como una pulgada más alta. Llevaba el pelo gris hacia atrás, en un moño a la altura de las orejas; y gris también, con sombras oscuras, era su larga cara flácida. Aunque era robusta y caminaba erguida, los ojos lánguidos y los labios entreabiertos le daban la apariencia de una mujer que no sabía dónde estaba ni a dónde iba. Tía Kate se veía más viva. Su cara, más saludable que la de su hermana, era toda bultos y arrugas, como una manzana roja pero fruncida, y su pelo, peinado también a la antigua, no había perdido su color de castaña madura.

Las dos besaron a Gabriel, cariñosas. Era el sobrino pre­ferido, hijo de la hermana mayor, la difunta Ellen, la que se casó con T. J. Conroy, de los Muelles del Puerto.

-Gretta me acaba de decir que no vas a regresar en co­che a Monkstown esta noche, Gabriel -dijo tía Kate.

-No -dijo Gabriel, volviéndose a su esposa-, ya tuvi­mos bastante con el año pasado, ¿no es así? ¿No te acuerdas, tía Kate, el catarro que cogió Gretta entonces? Con las puertas del coche traqueteando todo el viaje y el viento del este dán­donos de lleno en cuanto pasamos Merrion. Lindísimo. Gretta cogió un catarro de lo más malo.

Tía Kate fruncía el ceño y asentía a cada palabra.

-Muy bien dicho, Gabriel, muy bien dicho -dijo-. No hay que descuidarse nunca.

-Pero en cuanto a Gretta -dijo Gabriel-, ésta es ca­paz de regresar a casa a pie por entre la nieve, si por ella fuera. Mrs Conroy sonrió.

-No le haga caso, tía Kate -dijo-, que es demasiado precavido: obligando a Tom a usar visera verde cuando lee de noche y a hacer ejercicios, y forzando a Eva a comer potaje. ¡Pobrecita! ¡Que no lo puede ni ver!… Ah, ¿pero a que no adivinan lo que me obliga a llevar ahora?

Se deshizo en carcajadas mirando a su marido, cuyos ojos admirados y contentos, iban de su vestido a su cara y su pelo. Las dos tías rieron también con ganas, ya que la solicitud de Gabriel formaba parte del repertorio familiar.

-¡Galochas! -dijo Mrs Conroy-. La última moda. Cada vez que está el suelo mojado tengo que llevar galochas. Quería que me las pusiera hasta esta noche, pero de eso nada. Si me descuido me compra un traje de bañista.

Gabriel se rió nervioso y, para darse confianza, se arregló la corbata, mientras que tía Kate se doblaba de la risa de tanto que le gustaba el cuento. La sonrisa desapareció enseguida de la cara de tía Julia y fijó sus ojos tristes en la cara de su so­brino. Después de una pausa, preguntó:

-¿Y qué son galochas, Gabriel?

-¡Galochas, Julia! -exclamó su hermana-. Santo cielo, ¿tú no sabes lo que son galochas? Se ponen sobre los… sobre las botas, ¿no es así, Gretta?

-Sí -dijo Mrs Conroy-. Unas cosas de gutapercha. Los dos tenemos un par ahora. Gabriel dice que todo el mundo las usa en el continente.

-Ah, en el continente -murmuró tía Julia, moviendo la cabeza lentamente.

Gabriel frunció las cejas y dijo, como si estuviera en­fadado:

-No son nada del otro mundo, pero Gretta cree que son muy cómicas porque dice que le recuerdan a los minstrels ne­gros de Christy.

-Pero dime, Gabriel -dijo tía Kate, con tacto brusco-. Claro que te ocupaste del cuarto. Gretta nos contaba que…

-Oh, lo del cuarto está resuelto -replicó Gabriel-. Tomé uno en el Gresham.

-Claro, claro –dijo tía Kate-, lo mejor que podías ha­ber hecho. Y los niños, Gretta, ¿no te preocupan?

-Oh, no es más que por una noche -dijo Mrs Conroy-. Además, que Bessie los cuida.

-Claro, claro –dijo tía Kate de nuevo-. ¡Qué comodi­dad tener una muchacha así, en quien se puede confiar! Ahí tienen a esa Lily, que no sé lo que le pasa últimamente. No es la de antes.

Gabriel estuvo a punto de hacerle una pregunta a su tía sobre este asunto, pero ella dejó de prestarle atención para observar a su hermana, que se había escurrido escaleras aba­jo, sacando la cabeza por sobre la baranda.

-Ahora dime tú -dijo ella, como molesta-, ¿dónde irá Julia ahora? ¡Julia! ¡Julia! ¿Dónde vas tú?

Julia, que había bajado más de media escalera, regresó a decir, zalamera:

-Ahí está Freddy.

En el mismo instante unas palmadas y un floreo final del piano anunció que el vals acababa de terminar. La puerta de la sala se abrió desde dentro y salieron algunas parejas. Tía Kate se llevó a Gabriel apresuradamente a un lado y le susu­rró al oído:

-Sé bueno, Gabriel, y vete abajo a ver si está bien y no lo dejes subir si está tomado. Estoy segura de que está toma­do. Segurísima.

Gabriel se llegó a la escalera y escuchó más allá de la ba­laustrada. Podía oír dos personas conversando en el cuarto de desahogo. Luego reconoció la risa de Freddy Malins. Bajó las escaleras haciendo ruido.

-Qué alivio –dijo tía Kate a Mrs Conroy- que Gabriel esté aquí… Siempre me siento más descansada mentalmente cuando anda por aquí… Julia, aquí están Miss Daly y Miss Power, que van a tomar refrescos. Gracias por el lindo vals, Miss Daly. Un ritmo encantador.

Un hombre alto, de cara mustia, bigote de cerdas y piel oscura, que pasaba con su pareja, dijo:

-¿Podríamos también tomar nosotros un refresco, Miss Morkan?

-Julia -dijo la tía Kate sumariamente-, y aquí están Mr Browne y Miss Furlong. Llévatelos adentro, Julia, con Miss Daly y Miss Power.

-Yo me encargo de las damas -dijo Mr Browne, apre­tando sus labios hasta que sus bigotes se erizaron para sonreír con todas sus arrugas.

-Sabe usted, Miss Morkan, la razón por la que les caigo bien a las mujeres es que…

No terminó la frase, sino que, viendo que la tía Kate estaba ya fuera de alcance, enseguida se llevó a las tres mujeres al cuarto del fondo. Dos mesas cuadradas puestas juntas ocupa­ban el centro del cuarto y la tía Julia y el encargado estiraban y alisaban un largo mantel sobre ellas. En el cristalero se veían en exhibición platos y platillos y vasos y haces de cuchillos y tenedores y cucharas. La tapa del piano vertical servía como mesa auxiliar para los entremeses y los postres. Ante un apa­rador pequeño en un rincón dos jóvenes bebían de pie maltas amargas.

Mr Browne dirigió su encomienda hacia ella y las invitó, en broma, a tomar un ponche femenino, caliente, fuerte y dul­ce. Mientras ellas protestaban no tomar tragos fuertes, él les abría tres botellas de limonada. Luego les pidió a los jóvenes que se hicieran a un lado y, tomando el frasco, se sirvió un buen trago de whisky. Los jóvenes lo miraron con respeto mientras probaba un sorbo.

-Alabado sea Dios -dijo, sonriendo-, tal como me lo recetó el médico.

Su cara mustia se extendió en una sonrisa aún más abierta y las tres muchachas rieron haciendo eco musical a su ocu­rrencia, contoneando sus cuerpos en vaivén y dando nerviosos tirones a los hombros. La más audaz dijo:

-Ah, vamos, Mr Browne, estoy segura de que el médico nunca le recetará una cosa así.

Mr Browne tomó otro sorbo de su whisky y dijo con una mueca ladeada: -Bueno, ustedes saben, yo soy como Mrs Cassidy, que dicen que dijo: Vamos, Mary Grimes, si no tomo dámelo tú, que es que lo necesito.

Su cara acalorada se inclinó hacia adelante en gesto de­masiado confidente y habló imitando un dejo de Dublín tan bajo que las muchachas, con idéntico instinto, escucharon su dicho en silencio. Miss Furlong, que era una de las alumnas de Mary Jane, le preguntó a Miss Daly cuál era el nombre de ese vals tan lindo que acababa de tocar, y Mr Browne, viendo que lo ignoraban, se volvió prontamente a los jóvenes, que podían apreciarlo mejor.

Una muchacha de cara roja y vestido violeta entró en el cuarto, dando palmadas excitadas y gritando:

-¡Contradanza! ¡Contradanza!

Pisándole los talones entró tía Kate, llamando:

-¡Dos caballeros y tres damas, Mary Jane!

-Ah, aquí están Mr Bergin y Mr Kerrigan -dijo Mary Jane.

-Mr Kerrigan, ¿quiere usted escoltar a Miss Power? Miss Furlong, ¿puedo darle de pareja a Mr Bergin? Ah, ya está bien así.

Tres damas, Mary Jane -dijo tía Kate.

Los dos jóvenes les pidieron a sus damas que si podrían tener el gusto y Mary Jane se volvió a Miss Daly:

-Oh, Miss Daly, fue usted tan condescendiente al tocar las dos últimas piezas, pero, realmente, estamos tan cortas de mujeres esta noche…

-No me molesta en lo más mínimo, Miss Morkan.

-Pero le tengo un compañero muy agradable, Mr Bartell D’Arey, el tenor. Después voy a ver si canta. Dublín entero está loco por él.

-¡Bella voz, bella voz! -dijo la tía Kate.

Cuando el piano comenzaba por segunda vez el preludio de la primera figura, Mary Jane sacó a sus reclutas del salón rápidamente. No acababan de salir cuando entró al cuarto Ju­lia, lentamente, mirando hacia atrás por algo.

-¿Qué pasa, Julia? -preguntó tía Kate, ansiosa-. ¿Quién es?

Julia, que cargaba una pila de servilletas, se volvió a su hermana y dijo, simplemente, como si la pregunta la sorpren­diera:-No es más que Freddy, Kate, y Gabriel que viene con él.

De hecho detrás de ella se podía ver a Gabriel piloteando a Freddy Malins por el rellano de la escalera. El último, que tenía unos cuarenta años, era de la misma estatura y del mismo peso de Gabriel, pero de hombros caídos. Su cara era mofle­tuda y pálida, con toques de color sólo en los colgantes lóbulos de las orejas y en las anchas aletas nasales. Tenía facciones toscas, nariz roma, frente convexa y alta y labios hinchados y protuberantes. Los ojos de párpados pesados y el desorden de su escaso pelo le hacían parecer soñoliento. Se reía con ganas de un cuento que le venía haciendo a Gabriel por la escalera, al mismo tiempo que se frotaba un ojo con los nudillos del puño izquierdo.

-Buenas noches, Freddy -dijo tía Julia.

Freddy Malins dio las buenas noches a las señoritas Mor­kan de una manera que pareció desdeñosa a causa del tono habitual de su voz y luego, viendo que Mr Browne le sonreía desde el aparador, cruzó el cuarto con paso vacilante y empe­zó de nuevo el cuento que acababa de hacerle a Gabriel. -No se ve tan mal, ¿no es verdad? -dijo la tía Kate a Gabriel.

Las cejas de Gabriel venían fruncidas, pero las despejó enseguida para responder:

-Oh, no, ni se le nota.

-¡Es un terrible! -dijo ella-. Y su pobre madre que lo obligó a hacer una promesa el Fin de Año. Pero, por qué no pasamos al salón, Gabriel.

Antes de dejar el cuarto con Gabriel, tía Kate le hizo señas a Mr Browne, poniendo mala cara y sacudiendo el dedo índice. Mr Browne asintió y, cuando ella se hubo ido, le dijo a Fred­dy Malins:

-Vamos a ver, Teddy, que te voy a dar un buen vaso de limonada para entonarte.

Freddy Malins, que estaba acercándose al desenlace de su cuento, rechazó la oferta con un gesto impaciente, pero Mr Browne, después de haberle llamado la atención sobre lo desgarbado de su atuendo, le llenó un vaso de limonada y se lo entregó. Freddy Malins aceptó el vaso mecánicamente con la mano izquierda, mientras que su mano derecha se encargaba de ajustar sus ropas mecánicamente. Mr Browne, cuya cara se colmaba de regocijadas arrugas, se llenó un vaso de whisky mientras Freddy Malins estallaba, antes de llegar al momento culminante de su historia, en una explosión de carcajadas bron­quiales y, dejando a un lado su vaso rebosado sin tocar, em­pezó a frotarse los nudillos de su mano izquierda sobre un ojo, repitiendo las palabras de su última frase cuando se lo permitía el ataque de risa.

……………………………………………………………………………………….

Gabriel no soportaba la pieza que tocaba ahora Mary Jane, tan académica, llena de glissandi y de pasajes difíciles para un público respetuoso. Le gustaba la música, pero la pie­za que ella tocaba no tenía melodía, según él, y dudaba que la tuviera para los demás oyentes, aunque le hubieran pedido a Mary Jane que les tocara algo. Cuatro jóvenes, que vinieron del refectorio a pararse en la puerta tan pronto como empezó a sonar el piano, se alejaron de dos en dos y en silencio des­pués de unos acordes. Las únicas personas que parecían seguir la música eran Mary Jane, cuyas manos recorrían el teclado o se alzaban en las pausas como las de una sacerdotisa en una imprecación momentánea, y tía Kate, de pie a su lado vol­teando las páginas.

Los ojos de Gabriel, irritados por el piso que brillaba en­cerado debajo del macizo candelabro, vagaron hasta la pared sobre el piano. Colgaba allí un cromo con la escena del balcón de Romeo y Julieta, junto a una reproducción del asesinato de los principitos en la Torre que tía Julia había bordado en lana roja, azul y carmelita cuando niña. Probablemente les enseña­ban a hacer esa labor en la escuela a que fueron de niñas, por­que una vez su madre le bordó, para cumpleaños, un chaleco en tabinete púrpura con cabecitas de zorro, festoneado de raso castaño y con botones redondos imitando moras. Era raro que su madre no tuviera talento musical porque tía Kate acostum­braba a decir que era el cerebro de la familia Morkan. Tanto ella como Julia habían parecido siempre bastante orgullosas de su hermana, tan matriarcal y tan seria. Su fotografía se veía delante del tremó. Tenía un libro abierto sobre las rodillas y le señalaba algo en él a Constantine que, vestido de marino, estaba tumbado a sus pies. Fue ella quien puso nombre a sus hijos, sensible como era al protocolo familiar. Gracias a ella, Constantine era ahora el cura párroco de Balbriggan y, gracias a ella, Gabriel pudo graduarse en la Universidad Real. Una sombra pasó sobre su cara al recordar su amarga oposición a su matrimonio. Algunas frases peyorativas que usó vibraban todavía en su memoria; una vez dijo que Gretta era una rubia rural y no era verdad, nada. Fue Gretta quien la atendió solí­cita durante su larga enfermedad final en la casa de Monks­town.

Sabía que Mary Jane debía de andar cerca del final de la pieza porque estaba tocando otra vez la melodía del comienzo con sus escalas sucesivas después de cada compás y mientras esperó a que acabara, el resentimiento se extinguió en su cora­zón. La pieza terminó con un trino de octavas agudas y una octava final grave. Atronadores aplausos acogieron a Mary Jane al ruborizarse mientras enrollaba nerviosamente la parti­tura y salió corriendo del salón. Las palmadas más fuertes procedían de cuatro muchachones parados en la puerta, los mismos que se fueron a refrescar cuando empezó la pieza y que regresaron tan pronto el piano se quedó callado.

Alguien organizó una danza de lanceros y Gabriel se en­contró de pareja con Miss Ivors. Era una damita franca y ha­bladora, con cara pecosa y grandes ojos castaños. No llevaba escote y el largo broche al frente del cuello tenía un motivo irlandés.

Cuando ocuparon sus puestos ella dijo de pronto: -Tiene usted una cuenta pendiente conmigo.

-¿Yo? -dijo Gabriel.

Ella asintió con gravedad.

-¿Qué cosa es? -preguntó Gabriel, sonriéndose ante su solemnidad.

-¿Quién es G. C.? -respondió Miss Ivors, volviéndose hacia él.

Gabriel se sonrojó y ya iba a fruncir las cejas, como si no hubiera entendido, cuando ella le dijo abiertamente:

-¡Ay, inocente Amy! Me enteré de que escribe usted para el Daily Express. Y bien, ¿no le da vergüenza?

-¿Y por qué me iba a dar? -preguntó Gabriel, pesta­ñeando, tratando de sonreír.

-Bueno, a me da pena -dijo Miss Ivors con franque­za-. Y pensar que escribe usted para ese bagazo. No sabía que se había vuelto usted pro-inglés.

Una mirada perpleja apareció en el rostro de Gabriel. Era verdad que escribía una columna literaria en el Daily Express los miércoles. Pero eso no lo convertía en pro-inglés. Los li­bros que le daban a criticar eran casi mejor bienvenidos que el mezquino cheque, ya que le deleitaba palpar la cubierta y ho­jear las páginas de un libro recién impreso. Casi todos los días, no bien terminaba las clases en el instituto, solía recorrer el malecón en busca de las librerías de viejo, y se iba a Hickey’s en el Paseo del Soltero y a Webb’s o a Massey’s en el muelle de Aston o a O’Clohissey’s en una calle lateral. No supo cómo afrontar la acusación. Le hubiera gustado decir que la litera­tura está muy por encima de los trajines políticos. Pero eran amigos de muchos años, con carreras paralelas en la universi­dad primero y después de maestros: no podía, pues, usar con ella una frase pomposa. Siguió pestañeando y tratando de son­reír hasta que murmuró apenas que no veía nada político en hacer crítica de libros.

Cuando les llegó el turno de cruzarse todavía estaba dis­traído y perplejo. Miss Ivors tomó su mano en un apretón cá­lido y dijo en tono suavemente amistoso:

-Por supuesto, no es más que una broma. Venga, que nos toca cruzar ahora.

Cuando se juntaron de nuevo ella habló del problema uni­versitario y Gabriel se sintió más cómodo. Un amigo le había enseñado a ella su crítica de los poemas de Browning. Fue así como se enteró del secreto: pero le gustó muchísimo la críti­ca. De pronto dijo:

-Oh, Mr Conroy, ¿por qué no viene en nuestra excur­sión a la isla de Arán este verano? Vamos a pasar allá un mes. Será espléndido estar en pleno Atlántico. Debía venir. Vienen Mr Clancy y Mr Kilkely y Kathleen Kearney. Sería formidable que Gretta viniera también. Ella es de Connacht, ¿no?

-Su familia -dijo Gabriel, corto.

-Pero vendrán los dos, ¿no es así? -dijo Miss Ivors, posando una mano cálida sobre su brazo, ansiosa.

-Lo cierto es que -dijo Gabriel- yo he quedado en ir…

-¿A dónde? -preguntó Miss Ivors.

-Bueno, ya sabe usted que todos los años hago una gira ciclística con varios compañeros, así que…

-Pero, ¿por dónde? -preguntó Miss Ivors.

-Bueno, casi siempre vamos por Francia o Bélgica, tal vez por Alemania -dijo Gabriel torpemente.

-¿Y por qué va usted a Francia y a Bélgica -dijo Miss Ivors- en vez de visitar su propio país?

-Bueno -dijo Gabriel-, en parte para mantenerme en contacto con otros idiomas y en parte por dar un cambio.

-¿Y no tiene usted su propio idioma con que mantenerse en contacto, el irlandés? -le preguntó Miss Ivors.

-Bueno -dijo Gabriel-, en ese caso el irlandés no es mi lengua, como sabe.

Sus vecinos se volvieron a escuchar el interrogatorio. Ga­briel miró a diestra y siniestra, nervioso, y trató de mantener su buen humor durante aquella inquisición que hacía que el rubor le invadiera la frente.

-¿Y no tiene usted su tierra natal que visitar -siguió Miss Ivors-, de la que no sabe usted nada, su propio pue­blo, su patria?

-Pues a decir verdad -replicó Gabriel súbitamente-, estoy harto de este país, ¡harto!

-¿Y por qué? -preguntó Miss Ivors.

Gabriel no respondió: su réplica lo había alterado. -¿Por qué? -repitió Miss Ivors. Tenían que hacer la ronda de visitas los dos ahora y, como todavía no había él respondido, Miss Ivors le dijo, muy aca­lorada:

-Por supuesto, no tiene qué decir.

Gabriel trató de ocultar su agitación entregándose al baile con gran energía. Evitó los ojos de ella porque había notado una expresión agria en su cara. Pero cuando se encontraron de nuevo en la cadena, se sorprendió al sentir su mano apretar firme la suya. Ella lo miró de soslayo con curiosidad momen­tánea hasta que él sonrió. Luego, como la cadena iba a tren­zarse de nuevo, ella se alzó en puntillas y le susurró al oído:

-¡Pro inglés!

Cuando la danza de lanceros acabó, Gabriel se fue al rin­cón más remoto del salón donde estaba sentada la madre de Freddy Malins. Era una mujer rechoncha y fofa y blanca en canas. Tenía la misma voz tomada de su hijo y tartamudeaba bastante. Le habían asegurado que Freddy había llegado y que estaba bastante bien. Gabriel le preguntó si tuvo una buena travesía. Vivía con su hija casada en Glasgow y venía a Dublín de visita una vez al año. Respondió plácidamente que había sido un viaje muy lindo y que el capitán estuvo de lo más atento. También habló de la linda casa que su hija tenía en Glasgow y de los buenos amigos que tenían allá. Mientras ella le daba a la lengua Gabriel trató de desterrar el recuerdo del desagradable incidente con Miss Ivors. Por supuesto que la muchacha o la mujer o lo que fuese era una fanática, pero había un lugar para cada cosa. Quizá no debió él responderle como lo hizo. Pero ella no tenía derecho a llamarlo pro inglés delante de la gente, ni aun en broma. Trató de hacerlo quedar en ridículo delante de la gente, acuciándolo y clavándole sus ojos de conejo.

Vio a su mujer abriéndose paso hacia él por entre las pa­rejas que valsaban. Cuando llegó a su lado le dijo al oído: -Gabriel, tía Kate quiere saber si no vas a trinchar el ganso como de costumbre. Miss Daly va a cortar el jamón y yo voy a ocuparme del pudín.

-Está bien -dijo Gabriel.

-Van a dar de comer primero a los jóvenes, tan pronto como termine este vals, para que tengamos la mesa para nos­otros solos.

-¿Bailaste? -preguntó Gabriel.

-Por supuesto. ¿No me viste? ¿Tuviste tú unas palabras con Molly Ivors por casualidad?

-Ninguna. ¿Por qué? ¿Dijo ella eso?

-Más o menos. Estoy tratando de hacer que Mr D’Arcy cante algo. Me parece que es de lo más vanidoso.

-No cambiamos palabras -dijo Gabriel, irritado-, sino que ella quería que yo fuera a Irlanda del oeste, y le dije que no. Su mujer juntó las manos, excitada, y dio un saltico: -¡Oh, vamos, Gabriel! -gritó-. Me encantaría volver a Galway de nuevo.

-Ve tú si quieres -dijo Gabriel fríamente.

Ella lo miró un instante, se volvió luego a Mrs Malins y dijo:-Eso es lo que se llama un hombre agradable, Mrs Malins.

Mientras ella se escurría a través del salón, Mrs Malins, como si no la hubieran interrumpido, siguió contándole a Ga­briel sobre los lindos lares de Escocia y sus escenarios natu­rales, preciosos. Su yerno las llevaba cada año a los lagos y salían de pesquería. Un día cogió él un pescado, lindísimo, así de grande, y el hombre del hotel se lo guisó para la cena.

Gabriel ni oía lo que ella decía. Ahora que se acercaba la hora de la comida empezó a pensar de nuevo en su discurso y en las citas. Cuando vio que Freddy Malins atravesaba el salón para venir a ver a su madre, Gabriel le dio su silla y se retiró al poyo de la ventana. El salón estaba ya vacío y del cuarto del fondo llegaba un rumor de platos y cubiertos. Los pocos que quedaban en la sala parecían hartos de bailar y conversaban quedamente en grupitos. Los cálidos dedos temblorosos de Gabriel repicaron sobre el frío cristal de la ventana. ¡Qué fresco debía hacer fuera! ¡Lo agradable que sería salir a caminar solo por la orilla del río y después atravesar el parque! La nieve se veía amontonada sobre las ramas de los árboles y poniendo un gorro refulgente al monumento a Wellington. ¡Cuánto más gra­to sería estar allá fuera que cenando!

Repasó los temas de su discurso: la hospitalidad irlandesa, tristes recuerdos, las Tres Gracias, Paris, la cita de Browning. Se repitió una frase que escribió en su crítica: Uno siente que escucha una música acuciada por las ideas. Miss Ivors había elogiado la crítica. ¿Sería sincera? ¿Tendría su vida propia oculta tras tanta propaganda? No había habido nunca animo­sidad entre ellos antes de esta ocasión. Lo enervaba pensar que ella estaría sentada a la mesa, mirándolo mientras él hablaba, con sus críticos ojos interrogantes. Tal vez no le desagradaría verlo fracasar en su discurso. Le dio valor la idea que le vino a la mente. Diría, aludiendo a tía Kate y a tía Julia: Damas y caballeros, la generación que ahora se halla en retirada entre nosotros habrá tenido sus faltas, pero por mi parte yo creo que tuvo ciertas cualidades de hospitalidad, de humor, de humani­dad, de las que la nueva generación, tan seria y supereducada, que crece ahora en nuestro seno, me parece carecer. Muy bien dicho: que aprenda Miss Ivors. ¿Qué le importaba si sus tías no eran más que dos viejas ignorantes?

Un rumor en la sala atrajo su atención. Mr Browne venía desde la puerta llevando galante del brazo a la tía Julia, que sonreía cabizbaja. Una salva irregular de aplausos la escoltó hasta el piano y luego, cuando Mary Jane se sentó en la ban­queta, y la tía Julia, dejando de sonreír, dio media vuelta para mejor proyectar su voz hacia el salón, cesaron gradualmente. Gabriel reconoció el preludio. Era una vieja canción del reper­torio de tía Julia, Ataviada para el casorio. Su voz, clara y so­nora, atacó los gorgoritos que adornaban la tonada y aunque cantó muy rápido no se comió ni una floritura. Oír la voz sin mirar la cara de la cantante era sentir y compartir la excitación de un vuelo rápido y seguro. Gabriel aplaudió ruidosamente junto con los demás cuando la canción acabó y atronadores aplausos llegaron de la mesa invisible. Sonaban tan genuinos, que algo de rubor se esforzaba por salirle a la cara a tía Julia, cuando se agachaba para poner sobre el atril el viejo cancio­nero encuadernado en cuero con sus iniciales en la portada. Freddy Malins, que había ladeado la cabeza para oírla mejor, aplaudía todavía cuando todo el mundo había dejado ya de hacerlo y hablaba animado con su madre que asentía grave y lenta en aquiescencia. Al fin, no pudiendo aplaudir más, se levantó de pronto y atravesó el salón a la carrera para llegar hasta tía Julia y tomar su mano entre las suyas, sacudiéndola cuando le faltaron las palabras o cuando el freno de su voz se hizo insoportable.

-Le estaba diciendo yo a mi madre -dijo- que nunca la había oído cantar tan bien, ¡nunca! No, nunca sonó tan bien su voz como esta noche. ¡Vaya! ¿A que no lo cree? Pero es la verdad. Palabra de honor que es la pura verdad. Nunca sonó su voz tan fresca y tan… tan clara y tan fresca, ¡nunca!

La tía Julia sonrió ampliamente y murmuró algo sobre aquel cumplido mientras sacaba la mano del aprieto. Mr Brow­ne extendió una mano abierta hacia ella y dijo a los que esta­ban a su alrededor, como un animador que presenta un por­tento a la amable concurrencia:

-¡Miss Julia Morkan, mi último descubrimiento!

Se reía con ganas de su chiste cuando Freddy Malins se volvió a él para decirle:

-Bueno, Browne, si hablas en serio podrías haber hecho otro descubrimiento peor. Todo lo que puedo decir es que nun­ca la había oído cantar tan bien ninguna de las veces que he estado antes aquí. Y es la pura verdad.

-Ni yo tampoco -dijo Mr Browne-. Creo que de voz ha mejorado mucho.

Tía Julia se encogió de hombros y dijo con tímido orgullo:

-Hace treinta años, mi voz, como tal, no era mala.

-Le he dicho a Julia muchas veces -dijo tía Kate enfá­tica- que está malgastando su talento en ese coro. Pero nunca me quiere oír.

Se volvió como si quisiera apelar al buen sentido de los demás frente a un niño incorregible, mientras tía Julia, una vaga sonrisa reminiscente esbozándose en sus labios, miraba alelada al frente.

-Pero no -siguió tía Kate-, no deja que nadie la con­venza ni la dirija, cantando como una esclava de ese coro noche y día, día y noche. ¡Desde las seis de la mañana el día de Na­vidad! ¿Y todo para qué?

-Bueno, ¿no sería por la honra del Señor, tía Kate? -preguntó Mary Jane, girando en la banqueta, sonriendo.

La tía Kate se volvió a su sobrina como una fiera y le dijo:

-¡Yo me sé muy bien qué cosa es la honra del Señor, Mary Jane! Pero no creo que sea muy honrado de parte del Papa sacar de un coro a una mujer que se ha esclavizado en él toda su vida para pasarle por encima a chiquillos malcriados. Su­pongo que el Papa lo hará por la honra del Señor, pero no es justo, Mary Jane, y no está nada bien.

Se había fermentado apasionadamente y hubiera continua­do defendiendo a su hermana porque le dolía, pero Mary Jane, viendo que los bailadores regresaban ya al salón, intervino apaciguante:

-Vamos, tía Kate, que está usted escandalizando a Mister Browne, que tiene otras creencias.

Tía Kate se volvió a Mr Browne, que sonreía ante esta alusión a su religión, y dijo apresurada:

-Oh, pero yo no pongo en duda que el Papa tenga razón.

No soy más que una vieja estúpida y no presumo de otra cosa. Pero hay eso que se llama gratitud y cortesía cotidiana en la vida. Y si yo fuera Julia iba y se lo decía al padre Healy en su misma cara…

-Y, además, tía Kate -dijo Mary Jane-, que estamos todos con mucha hambre y cuando tenemos hambre somos to­dos muy belicosos.

-Y cuando estamos sedientos también somos belicosos -añadió Mr Browne.

-Así que más vale que vayamos a cenar -dijo Mary Jane- y dejemos la discusión para más tarde.

En el rellano de la salida de la sala Gabriel encontró a su esposa y a Mary Jane tratando de convencer a Miss Ivors para que se quedara a cenar. Pero Miss Ivors, que se había puesto ya su sombrero y se abotonaba el abrigo, no se quería quedar. No se sentía lo más mínimo con apetito y, además, que ya se había quedado más de lo que debía.

-Pero si no son más que diez minutos, Molly -dijo Mrs Conroy-. No es tanta la demora.

-Para que comas un bocado -dijo Mary Jane- después de tanto bailoteo.

-No puedo, de veras -dijo Miss Ivors.

-Me parece que no lo pasaste nada bien -dijo Mary Jane, con desaliento.

-Sí, muy bien, se lo aseguro -dijo Miss Ivors-, pero ahora deben dejarme ir corriendo.

-Pero, ¿cómo vas a llegar? -preguntó Mrs Conroy.

-Oh, no son más que unos pasos malecón arriba. Gabriel dudó por un momento y dijo:

-Si me lo permite, Miss Ivors, yo la acompaño. Si de ve­ras tiene que marcharse usted.

Pero Miss Ivors se soltó de entre ellos.

-De ninguna manera -exclamó-. Por el amor de Dios vayan a cenar y no se ocupen de mí. Ya sé cuidarme muy bien.

-Mira, Molly, que tú eres rara -dijo Mrs Conroy con franqueza.

Beannacht libh -gritó Miss Ivors, entre carcajadas, mientras bajaba la escalera.

Mary Jane se quedó mirándola, una expresión preocupada en su rostro, mientras Mrs Conroy se inclinó por sobre la ba­randa para oír si cerraba la puerta del zaguán. Gabriel se pre­guntó si sería él la causa de que ella se fuera tan abruptamen­te. Pero no parecía estar de mal humor: se había ido riéndose a carcajadas. Se quedó mirando las escaleras, distraído.

En ese momento la tía Kate salió del comedor, dando tum­bos, casi exprimiéndose las manos de desespero.

-¿Dónde está Gabriel? -gritó-. ¿Dónde es que está Gabriel? Todo el mundo está esperando ahí dentro, con todo listo; ¡y nadie que trinche el ganso!

-¡Aquí estoy yo, tía Kate! -exclamó Gabriel, con súbita animación-. Listo para trinchar una bandada de gansos si fuera necesario.

Un ganso gordo y pardo descansaba a un extremo de la mesa y al otro extremo, sobre un lecho de papel plegado ador­nado con ramitas de perejil, reposaba un jamón grande, des­pellejado y rociado de migajas, las canillas guarnecidas con primorosos flecos de papel, y justo al lado rodajas de carne condimentada. Entre estos extremos rivales corrían hileras pa­ralelas de entremeses: dos seos de gelatina, roja y amarilla; un plato llano lleno de bloques de manjar blanco y jalea roja; un largo plato en forma de hoja con su tallo como mango, donde había montones de pasas moradas y de almendras pela­das; un plato gemelo con un rectángulo de higos de Esmirna encima; un plato de natilla rebozada con polvo de nuez-mosca­da; un pequeño bol lleno de chocolates y caramelos envueltos en papel dorado y plateado; y un búcaro del que salían tallos de apio. En el centro de la mesa, como centinelas del frutero que tenía una pirámide de naranjas y manzanas americanas, ha­bía dos garrafas achatadas, antiguas, de cristal tallado, una con oporto y la otra con jerez abocado. Sobre el piano cerrado aguardaba un pudín en un enorme plato amarillo y detrás había tres pelotones de botellas de stout, de ale y de agua mineral, alineadas de acuerdo con el color de su uniforme: los primeros dos pelotones negros, con etiquetas rojas y marrón, el tercero, el más pequeño, todo de blanco con vírgulas verdes.

Gabriel tomó asiento decidido a la cabecera de la mesa y, después de revisar el filo del trinche, hundió su tenedor con firmeza en el ganso. Se sentía a sus anchas, ya que era trin­chador experto y nada le gustaba tanto como sentarse a la ca­becera de una mesa bien puesta.

-Miss Furlong, ¿qué le doy? -preguntó-. ¿Un ala o una lasca de pechuga?

-Una lasquita de pechuga.

-¿Y para usted, Miss Higgins?

-Oh, lo que usted quiera, Mr Conroy.

Mientras Gabriel y Miss Daly intercambiaban platos de ganso y platos de jamón y de carne aderezada, Lily iba de un huésped al otro con un plato de calientes papas boronosas en­vueltas en una servilleta blanca. Había sido idea de Mary Jane y ella sugirió también salsa de manzana para el ganso, pero tía Kate dijo que había comido siempre el ganso asado simple sin nada de salsa de manzana y que esperaba no tener que comer nunca una cosa peor. Mary Jane atendía a sus alumnas y se ocupaba de que obtuvieran las mejores lonjas, y tía Kate y tía Julia abrían y traían del piano una botella tras otra de stout y de ale para los hombres y de agua mineral para las mujeres. Reinaba gran confusión y risa y ruido: una alharaca de peti­ciones y contra-peticiones, de cuchillos y tenedores, de corchos y tapones de vidrio. Gabriel empezó a trinchar porciones extras, tan pronto como cortó las iniciales, sin servirse. Todos protes­taron tan alto que no le quedó más remedio que transigir bebiendo un largo trago de stout, ya que halló que trinchar lo sofocaba. Mary Jane se sentó a comer tranquila, pero tía Kate y tía Julia todavía daban tumbos alrededor de la mesa, pisán­dose mutuamente los talones y dándose una a la otra órdenes que ninguna obedecía. Mr Browne les rogó que se sentaran a cenar y lo mismo hizo Gabriel, pero ellas respondieron que ya habría tiempo de sobra para ello. Finalmente, Freddy Malins se levantó y, capturando a tía Kate, la arrellanó en su silla en medio del regocijo general.

Cuando todo el mundo estuvo bien servido dijo Gabriel, sonriendo:

-Ahora, si alguien quiere un poco más de lo que la gente vulgar llama relleno, que lo diga él o ella.

Un coro de voces lo conminó a empezar su cena y Lily se adelantó con tres papas que le había reservado.

-Muy bien -dijo Gabriel, amable, mientras tomaba otro sorbo preliminar-, hagan el favor de olvidarse de que existo, damas y caballeros, por unos minutos.

Se puso a comer y no tomó parte en la conversación que cubrió el ruido de la vajilla al llevársela Lily. El tema era la compañía de ópera que actuaba en el Teatro Real. El tenor, Mr Bartell D’Arcy, hombre de tez oscura y fino bigote, elogió mucho a la primera contralto de la compañía, pero a Miss Fur­long le parecía que ésta tenía una presencia escénica más bien vulgar. Freddy Malins dijo que había un negro cantando prin­cipal en la segunda tanda de la pantomima del Gaiety que tenía una de las mejores voces de tenor que él había oído.

-¿Lo ha oído usted? -le preguntó a Mr Bartell D’Arey.

-No -dijo Mr Bartell D’Arcy sin darle importancia.

-Porque -explicó Freddy Malins- tengo curiosidad por conocer su opinión. A mí me parece que tiene una gran voz.

-Y Teddy sabe lo que es bueno -dijo Mr Browne, con­fianzudo, a la concurrencia.

-¿Y por qué no va a tener él también una buena voz? -preguntó Freddy Malins en tono brusco-. ¿Porque no es más que un negro?

Nadie respondió a su pregunta y Mary Jane pastoreó la conversación de regreso a la ópera seria. Una de sus alumnas le había dado un pase para Mignon. Claro que era muy buena, dijo, pero le recordaba a la pobre Georgina Bums. Mr Browne se fue aún más lejos, a las viejas compañías italianas que solían visitar a Dublín: Tietjens, Ilma de Mujza, Campanini, el gran Trebilli, Giuglini, Ravelli, Aramburo. Qué tiempos aquellos, dijo, cuando se oía en Dublín lo que se podía llamar bel canto. Contó cómo la tertulia del viejo Real estaba siem­pre de bote en bote, noche tras noche, cómo una noche un tenor italiano había dado cinco bises de Déjame caer como cae un soldado, dando el do de pecho en cada ocasión, y cómo la galería en su entusiasmo solía desenganchar los caba­llos del carruaje de una gran prima donna para tirar ellos del coche por las calles hasta el hotel. ¿Por qué ya no cantaban las grandes óperas, preguntó, como Dinorah, Lucrezia Bor­gia? Porque ya no había voces para cantarlas: por eso.

-Ah, pero -dijo Mr Bartell D’Arcy- a mi entender hay tan buenos cantantes hoy como entonces.

-¿Dónde están? -preguntó Mr Browne, desafiante.

-En Londres, París, Milán -dijo Mr Bartell D’Arcy, acalorado-. Para mí, Caruso, por ejemplo, es tan bueno, si no mejor que cualquiera de los cantantes que usted ha men­cionado.

-Tal vez sea así -dijo Mr Browne-. Pero tengo que de­cirle que lo dudo mucho.

-Ay, yo daría cualquier cosa por oír cantar a Caruso -dijo Mary Jane.

-Para mí -dijo tía Kate, que estaba limpiando un hue­so-, no ha habido más que un tenor. Quiero decir, que a mí me guste. Pero supongo que ninguno de ustedes ha oído hablar de él.

-¿Quién es él, Miss Morkan? -preguntó Mr Bartell D’Arcy, cortésmente.

-Su nombre -dijo tía Kate- era Parkinson. Lo oí can­tar cuando estaba en su apogeo y creo que tenía la más pura voz de tenor que jamás salió de una garganta humana.

-Qué raro -dijo Mr Bartell D’Arcy-. Nunca oí hablar de él.

-Sí, sí, tiene razón Miss Morkan- dijo Mr Browne-. Recuerdo haber oído hablar del viejo Parkinson. Pero eso fue mucho antes de mi época.

-Una bella, pura, dulce y suave voz de tenor inglés -dijo la tía Kate entusiasmada.

Como Gabriel había terminado, se trasladó el enorme pu­dín a la mesa. El sonido de cubiertos comenzó otra vez. La mujer de Gabriel partía porciones del pudín y pasaba los pla­tillos mesa abajo. A medio camino los detenía Mary Jane, quien los rellenaba con gelatina de frambuesas o de naranja o con manjar blanco o jalea. El pudín había sido hecho por tía Julia y ésta recibió elogios de todas partes. Pero ella dijo que no había quedado lo bastante bruno.

-Bueno, confío, Miss Morkan -dijo Mr Browne-, en que yo sea lo bastante bruno para su gusto, porque, como ya sabe, yo soy todo browno.

Los hombres, con la excepción de Gabriel, le hicieron el honor al pudín de la tía Julia. Como Gabriel nunca comía pos­tre le dejaron a él todo el apio. Freddy Malins también cogió un tallo y se lo comió junto con su pudín. Alguien le había dicho que el apio era lo mejor que había para la sangre y como estaba bajo tratamiento médico. Mrs Malins, que no había ha­blado durante la cena, dijo que en una semana o cosa así su hijo ingresaría en Monte Melleray. Los concurrentes todos ha­blaron de Monte Melleray, de lo reconstituyente que era el aire allá, de lo hospitalarios que eran los monjes y cómo nunca cobraban ni un penique a sus huéspedes.

-¿Y me quiere usted decir -preguntó Mr Browne, incré­dulo- que uno va allá y se hospeda como en un hotel y vive de lo mejor y se va sin pagar un penique?

-Oh, la mayoría dona algo al monasterio antes de irse -dijo Mary Jane.

-Ya quisiera yo que tuviéramos una institución así en nuestra Iglesia -dijo Mr Browne con franqueza.

Se asombró de saber que los monjes nunca hablaban, que se levantaban a las dos de la mañana y que dormían en un ataúd. Preguntó que por qué.

-Son preceptos de la orden -dijo tía Kate con firmeza.

-Sí, pero ¿por qué? -preguntó Mr Browne.

La tía Kate repitió que eran los preceptos y así eran. A pe­sar de todo, Mr Browne parecía no comprender. Freddy Malins le explicó tan bien como pudo que los monjes trataban de ex­piar los pecados cometidos por todos los pecadores del mundo exterior. La explicación no quedó muy clara para Mr Browne, quien, sonriendo, dijo:

-Me gusta la idea, pero ¿no serviría una cómoda cama de muelles tan bien como un ataúd?

-El ataúd -dijo Mary Jane- es para que no olviden su último destino.

Como la conversación se hizo fúnebre se la enterró en el silencio, en medio del cual se pudo oír a Mrs Malins decir a su vecina en un secreto a voces:

-Son muy buenas personas los monjes, muy religiosos.

Las pasas y las almendras y los higos y las manzanas y las naranjas y los chocolates y los caramelos pasaron de mano en mano y tía Julia invitó a los huéspedes a beber oporto o jerez. Al principio, Mr Bartell D’Arcy no quiso beber nada, pero uno de sus vecinos le llamó la atención con el codo y le susurró algo al oído, ante lo cual aquél permitió que le llenaran su copa. Gradualmente, según se llenaban las copas, la conversación se detuvo. Siguió una pausa, rota sólo por el ruido del vino y las sillas al moverse. Las Morkans, las tres, bajaron la vista al mantel. Alguien tosió una o dos veces y luego unos cuantos comensales tocaron en la mesa suavemente pidiendo silencio. Cuando se hizo el silencio, Gabriel echó su silla hacia atrás y se levantó.

El tableteo creció, alentador, y luego cesó del todo. Gabriel apoyó sus diez dedos temblorosos en el mantel y sonrió, ner­vioso, a su público. Al enfrentarse a la fila de cabezas volteadas levantó su vista a la lámpara. El piano tocaba un vals y pudo oír las faldas frotar contra la puerta del comedor. Tal vez ha­bía alguien afuera en la calle, bajo la nieve, mirando a las ven­tanas alumbradas y oyendo la melodía del vals. Al aire libre, puro. A lo lejos se vería el parque con sus árboles cargados de nieve. El monumento a Wellington tendría un brillante gorro nevado refulgiendo hacia el poniente, sobre los blancos campos de Quince Acres.

Comenzó:

-Damas y caballeros.

-Hame tocado en suerte esta noche, como en años ante­riores, cumplir una tarea muy grata, para la cual me temo, em­pero, que mi pobre capacidad oratoria no sea lo bastante ade­cuada.

-¡De ninguna manera! -dijo Mr Browne.

-Bien, sea como sea, sólo puedo pedirles esta noche que tomen lo dicho por lo hecho y me presten su amable atención por unos minutos, mientras trato de expresarles con palabras cuáles son mis sentimientos en esta ocasión.

-Damas y caballeros. No es la primera vez que nos reuni­mos bajo este hospitalario techo, alrededor de esta mesa hos­pitalaria. No es la primera vez que hemos sido recipendarios -o, quizá sea mejor decir, víctimas- de la hospitalidad de ciertas almas bondadosas.

Dibujó un círculo en el aire con sus brazos y se detuvo. Todo el mundo rió o sonrió hacia tía Kate, tía Julia y Mary Jane, que se ruborizaron de júbilo. Gabriel prosiguió con más audacia:

-Cada año que pasa siento con mayor fuerza que nuestro país no tiene otra tradición que honre mejor y guarde con ma­yor celo que la hospitalidad. Es una tradición única en mi ex­periencia (y he visitado no pocos países extranjeros) entre las naciones modernas. Algunos dirían, tal vez, que es más defecto que virtud de cual vanagloriarse. Pero aun si concediéramos que fuera así, se trata, a mi entender, de un defecto principesco, que confío que cultivemos por muchos años por venir. De una cosa, por lo menos, estoy seguro. Mientras este techo cobije a las buenas almas mencionadas antes -y deseo desde el fondo de mi corazón que sea así por muchos años y muchos años por transcurrir- la tradición de genuina, cálidamente entrañable, y cortés hospitalidad irlandesa, que nuestros antepasados nos legaron y que a su vez debemos legar a nuestros descendien­tes, palpita todavía entre nosotros.

Un cordial murmullo de asenso corrió por la mesa. Le pasó por la mente a Gabriel que Miss Ivors no estaba presente y que se había ido con descortesía: y dijo con confianza en sí mismo:

-Damas y caballeros.

-Una nueva generación crece en nuestro seno, una gene­ración motivada por ideales nuevos y nuevos principios. Es ésta seria y entusiasta de estos nuevos ideales, y su entusiasmo, aun si está mal enderezado, es, creo, eminentemente sincero. Pero vivimos en tiempos escépticos y, si se me permite la frase, en una era acuciada por las ideas: y a veces me temo que esta nueva generación, educada o hipereducada como es, carecerá de aquellas cualidades de humanidad, de hospitalidad, de gene­roso humor que pertenecen a otros tiempos. Escuchando esta noche los nombres de esos grandes cantantes del pasado me pa­reció, debo confesarlo, que vivimos en época menos espaciosa. Aquéllos se pueden llamar, sin exageración, días espaciosos: y si desaparecieron sin ser recordados esperemos que, por lo me­nos, en reuniones como ésta todavía hablaremos de ellos con orgullo y con afecto, que todavía atesoraremos en nuestros co­razones la memoria de los grandes, muertos y desaparecidos, pero cuya fama el mundo no dejará perecer nunca de motu propio.

-¡Así se habla! -dijo Mr Browne bien alto.

-Pero como todo -continuó Gabriel, su voz cobrando una entonación más suave-, siempre hay en reuniones como ésta pensamientos tristes que vendrán a nuestra mente: recuer­dos del pasado, de nuestra juventud, de los cambios, de esas caras ausentes que echamos de menos esta noche. Nuestro paso por la vida está cubierto de tales memorias dolorosas: y si fuéramos a cavilar sobre las mismas, no tendríamos ánimo para continuar valerosos nuestra vida cotidiana entre los seres vi­vientes. Tenemos todos deberes vivos y vivos afectos que re­claman, y con razón reclaman, nuestro esfuerzo más cons­tante y tenaz.

-Por tanto, no me demoraré en el pasado. No permitiré que ninguna lúgubre reflexión moralizante se entrometa entre nos esta noche. Aquí estamos reunidos por un breve instante extraído de los trajines y el ajetreo de la rutina cotidiana. Nos encontramos aquí como amigos, en espíritu de fraternal com­pañerismo, como colegas, y hasta cierto punto en verdadero espíritu de camaradería, y como invitados de -¿cómo podría llamarlas?- las Tres Gracias de la vida musical de Dublín.

La concurrencia rompió en risas y aplausos ante tal sali­da. Tía Julia pidió en vano a cada una de sus vecinas, por tur­no, que le dijeran lo que Gabriel había dicho.

-Dice que somos las Tres Gracias, tía Julia -dijo Mary Jane.

La tía Julia no entendió, pero levantó la vista, sonriendo, a Gabriel, que prosiguió en la misma vena:

-Damas y caballeros.

-No intento interpretar esta noche el papel que Paris jugó en otra ocasión. No intentaré siquiera escoger entre ellas. La tarea sería ingrata y fuera del alcance de mis pobres aptitudes, porque cuando las contemplo una a una, bien sea nuestra anfi­triona mayor, cuyo buen corazón, demasiado buen corazón, se ha convertido en estribillo de todos aquellos que la conocen, o su hermana, que parece poseer el don de la eterna juventud y cuyo canto debía haber constituido una sorpresa y una revela­ción para nosotros esta noche, o, last but not least, cuando con­sidero a nuestra anfitriona más joven, talentosa, animosa y trabajadora, la mejor de las sobrinas, confieso, damas y caba­lleros, que no sabría a quién conceder el premio.

Gabriel echó una ojeada a sus tías y viendo la enorme son­risa en la cara de tía Julia y las lágrimas que brotaron a los ojos de tía Kate, se apresuró a terminar. Levantó su copa de oporto, galante, mientras los concurrentes palpaban sus res­pectivas copas expectantes, y dijo en alta voz:

-Brindemos por las tres juntas. Bebamos a su salud, pros­peridad, larga vida, felicidad y ventura, y ojalá que continúen por largo tiempo manteniendo la posición soberana y bien ga­nada que tienen en nuestra profesión, y la honfa y el afecto que se han ganado en nuestros corazones.

Todos los huéspedes se levantaron, copa en mano, y, vol­viéndose a las tres damas sentadas, cantaron al unísono, con Mr Browne como guía:

Pues son jocosas y ufanas,

Pues son jocosas y ufanas,

Pues son jocosas y ufanas,

Nadie lo puede negar!

La tía Kate hacía uso descarado de su pañuelo y hasta tía Julia parecía conmovida. Freddy Malins marcaba el tiempo con su tenedor de postre y los cantantes se miraron cara a cara, como en melodioso concurso, mientras cantaban con énfasis:

 

A menos que diga mentira,

A menos que diga mentira…

Y volviéndose una vez más a sus anfitrionas, entonaron:

Pues son jocosas y ufanas,

Pues son jocosas y ufanas,

Pues son jocosas y ufanas,

Nadie lo puede negar!

La aclamación que siguió fue acogida más allá de las puer­tas del comedor por muchos otros invitados y renovada una y otra vez, con Freddy Malins de tambor mayor, tenedor en ristre.

…………………………………………………………………………………………

El frío y penetrante aire de la madrugada se coló en el salón en que esperaban, por lo que tía Kate dijo:

-Que alguien cierre esa puerta. Mrs Malins se va a morir de frío.

-Browne está fuera, tía Kate -dijo Mary Jane.

-Browne está en todas partes -dijo tía Kate, bajando la voz.

Mary Jane se rió de su tono de voz. -¡Vaya -dijo socarrona- si es atento!

-Se nos ha expandido como el gas -dijo la tía Kate en el mismo tono- por todas las Navidades.

Se rió de buena gana esta vez y añadió enseguida:

-Pero dile que entre, Mary Jane, y cierra la puerta. Ojalá que no me haya oído.

En ese momento se abrió la puerta del zaguán y del portal y entró Mr Browne desternillándose de risa. Vestía un largo gabán verde con cuello y puños de imitación de astrakán, y lle­vaba en la cabeza un gorro de piel ovalado. Señaló para el malecón nevado de donde venía un sonido penetrante de sil­bidos.

-Teddy va a hacer venir todos los coches de Dublín -dijo.

Gabriel avanzó del desván detrás de la oficina, luchando por meterse en su abrigo y, mirando alrededor, dijo:

-¿No bajó ya Gretta?

-Está recogiendo sus cosas, Gabriel -dijo tía Kate.

-¿Quién toca arriba? -preguntó Gabriel.

-Nadie. Todos se han ido ya.

-Oh, no, tía Kate -dijo Mary Jane-. Bartell D’Arcy y Miss O’Callaghan no se han ido todavía.

-En todo caso, alguien teclea al piano –dijo Gabriel. Mary Jane miró a Gabriel y a Mr Browne y dijo, tiritando:

-Me da frío nada más de mirarlos a ustedes, caballeros, abrigados así como están. No me gustaría nada tener que ha­cer el viaje que van a hacer ustedes de vuelta a casa a esta hora.

-Nada me gustaría más en este momento -dijo Mr Brow­ne, atlético- que una crujiente caminata por el campo o una carrera con un buen trotón entre las varas.

-Antes teníamos un caballo muy bueno y coche en casa -dijo tía Julia con tristeza.

-El Nunca Olvidado Johnny -dijo Mary Jane, riendo. La tía Kate y Gabriel rieron también.

-Vaya, ¿y qué tenía de extraordinario este Johnny? -pre­guntó Mr Browne.

-El Muy Malogrado Patrick Morkan, es decir, nuestro abuelo -explicó Gabriel-, comúnmente conocido en su edad provecta como el caballero viejo, fabricaba cola.

-Ah, vamos, Gabriel -dijo tía Kate, riendo-, tenía una fábrica de almidón.

-Bien, almidón o cola –dijo Gabriel-, el caballero viejo tenía un caballo que respondía al nombre de Johnny. Y Johnny trabajaba en el molino del caballero viejo, dando vueltas y vueltas a la noria. Hasta aquí todo va bien, pero ahora viene la trágica historia de Johnny. Un buen día se le ocurrió al ca­ballero viejo ir a dar un paseo en coche con la gente de postín a ver una parada en el bosque.

-El Señor tenga piedad de su alma -dijo tía Kate, com­pasiva.

-Amén -dijo Gabriel-. Así, el caballero viejo, como dije, le puso el arnés a Johnny y se puso él su mejor chistera y su mejor cuello duro y sacó su coche con mucho estilo de su mansión ancestral cerca del callejón de Back Lane, si no me equivoco.

Todos rieron, hasta Mrs Malins, de la manera en que Ga­briel lo dijo y tía Kate dijo: -Oh, vaya, Gabriel, que no vivía en Back Lane, vamos. Nada más que tenía allí su fábrica.

-De la casa de sus antepasados -continuó Gabriel- sa­lió, pues, el coche tirado por Johnny. Y todo iba de lo más bien hasta que Johnny vio la estatua de Guillermito: sea porque se enamorara del caballo de Guillermito el rey o porque se creye­ra que estaba de regreso en la fábrica, la cuestión es que em­pezó a darle vueltas a la estatua.

Gabriel trotó en círculos con sus galochas en medio de la carcajada general.

-Vueltas y vueltas le daba –dijo Gabriel-, hasta que el caballero viejo, que era un viejo caballero muy pomposo, se indignó terriblemente. ¡Vamos, señor! ¿Pero qué es eso de se­ñor? ¡Johnny! ¡Johnny! ¡Extraño comportamiento! ¡No com­prendo a este caballo!

Las risotadas que siguieron a la interpretación que Gabriel dio al incidente quedaron interrumpidas por un resonante golpe en la puerta del zaguán. Mary Jane corrió a abrirla para dejar entrar a Freddy Malins, quien, con el sombrero bien echado hacia atrás en la cabeza y los hombros encogidos de frío, sol­taba vapor después de semejante esfuerzo.

-No conseguí más que un coche -dijo.

-Bueno, encontraremos nosotros otro por el malecón -dijo Gabriel.

-Sí -dijo tía Kate-. Lo mejor es evitar que Mrs Malins se quede ahí parada en la corriente.

Su hijo y Mr Browne ayudaron a Mrs Malins a bajar el quicio de la puerta y, después de muchas maniobras, la alzaron hasta el coche. Freddy Malins se encaramó detrás de ella y estuvo mucho tiempo colocándola en su asiento, ayudado por los consejos de Mr Browne. Por fin se acomodó ella y Freddy Malins invitó a Mr Browne a subir al coche. Se oyó una con­versación confusa y después Mr Browne entró al coche. El cochero se arregló la manta sobre el regazo y se inclinó a pre­guntar la dirección. La confusión se hizo mayor y Freddy Ma­lins y Mr Browne, sacando cada uno la cabeza por la ventani­lla, dirigieron al cochero en direcciones distintas. El problema era saber dónde en el camino había que dejar a Mr Browne, y tía Kate, tía Julia y Mary Jane contribuían a la discusión desde el portal con direcciones cruzadas y contradicciones y carca­jadas. En cuanto a Freddy Malins, no podía hablar por la risa. Sacaba la cabeza de vez en cuando por la ventanilla, con mu­cho riesgo de perder el sombrero, y luego le contaba a su ma­dre cómo iba la discusión, hasta que, finalmente, Mr Browne le dio un grito al confundido cochero por sobre el ruido de las risas.

-¿Sabe usted dónde queda Trinity College?

-Sí, señor -dijo el cochero.

-Muy bien, siga entonces derecho hasta dar contra la por­tada de Trinity College -dijo Mr Browne- y ya le diré yo por dónde coger. ¿Entiende ahora?

-Sí, señor -dijo el cochero. -Volando hasta Trinity College.

-Entendido, señor -gritó el cochero.

Unos foetazos al caballo y el coche traqueteó por la orilla del río en medio de un coro de risas y de adioses.

Gabriel no había salido a la puerta con los demás. Se que­dó en la oscuridad del zaguán mirando hacia la escalera. Había una mujer parada en lo alto del primer descanso, en las sombras también. No podía verle a ella la cara, pero podía ver retazos del vestido, color terracota y salmón, que la oscuridad hacía parecer blanco y negro. Era su mujer. Se apoyaba en la baran­da, oyendo algo. Gabriel se sorprendió de su inmovilidad y aguzó el oído para oír él también. Pero no podía oír más que el ruido de las risas y de la discusión del portal, unos pocos acordes del piano y las notas de una canción cantada por un hombre.

Se quedó inmóvil en el zaguán sombrío, tratando de cap­tar la canción que cantaba aquella voz y escudriñando a su mujer. Había misterio y gracia en su pose, como si fuera ella el símbolo de algo. Se preguntó de qué podía ser símbolo una mujer de pie en una escalera oyendo una melodía lejana. Si fuera pintor la pintaría en esa misma posición. El sombrero de fieltro azul destacaría el bronce de su pelo recortado en la som­bra y los fragmentos oscuros de su traje pondrían las partes claras de relieve. Lejana Melodía llamaría él al cuadro, si fue­ra pintor.

Cerraron la puerta del frente y tía Kate, tía Julia y Mary Jane regresaron al zaguán riendo todavía.

-¡Vaya con ese Freddy, es terrible! -dijo Mary Jane-. ¡Terrible!

Gabriel no dijo nada sino que señaló hacia las escaleras, hacia donde estaba parada su mujer. Ahora, con la puerta del zaguán cerrada, se podían oír más claros la voz y el piano. Gabriel levantó la mano en señal de silencio. La canción parecía estar en el antiguo tono irlandés y el cantante no parecía estar seguro de la letra ni de su voz. La voz, que sonaba plañidera por la distancia y la ronquera del cantante, subrayaba débil­mente las cadencias de aquella canción con palabras que ex­presaban tanto dolor:

Oh, la lluvia cae sobre mi pesado pelo

Y el rocío moja la piel de mi cara,

Mi hijo yace aterido de frío…

-Ay -exclamó Mary Jane-. Es Bartell D’Arcy can­tando y no quiso cantar en toda la noche. Ah, voy a hacerle que cante una canción antes de irse.

-Oh, sí, Mary Jane -dijo tía Kate.

Mary Jane pasó rozando a los otros y corrió hacia la es­calera, pero antes de llegar allá la música dejó de oírse y al­guien cerró el piano de un golpe.

-¡Ay, qué pena! -se lamentó-. ¿Ya viene para abajo, Gretta?

Gabriel oyó a su mujer decir que sí y la vio bajar hacia ellos. Unos pasos detrás venían Bartell D’Arcy y Miss O’Ca­llaghan.

-¡Oh, Mr D’Arcy -exclamó Mary Jane-, muy egoísta de su parte acabar así de pronto cuando todos le oíamos arro­bados!

-He estado detrás de él toda la noche -dijo Miss O’Ca­llaghan- y también Mrs Conroy, y nos decía que tiene un catarro terrible y no podía cantar.

-Ah, Mr D’Arcy -dijo la tía Kate-, mire que decir tal embuste.

-¿No se dan cuenta de que estoy más ronco que una rana? -dijo Mr D’Arcy grosero.

Entró apurado al cuarto de desahogo a ponerse su abrigo. Los demás, pasmados ante su ruda respuesta, no hallaban qué decir. Tía Kate encogió las cejas y les hizo señas a todos de que olvidaran el asunto. Mr D’Arcy, ceñudo, se abrigaba la garganta con cuidado.

-Es el tiempo -dijo tía Julia, luego de una pausa.

-Sí, todo el mundo tiene catarro -dijo tía Kate ense­guida-, todo el mundo.

-Dicen -dijo Mary Jane- que no habíamos tenido una nevada así en treinta años; y leí esta mañana en los periódicos que nieva en toda Irlanda.

-A mí me gusta ver la nieve -dijo tía Julia con tristeza.

-Y a mí -dijo Miss O’Callaghan-. Yo creo que las Na­vidades no son nunca verdaderas Navidades si el suelo no está nevado.

-Pero al pobre de Mr D’Arcy no le gusta la nieve -dijo tía Kate sonriente.

Mr D’Arcy salió del cuarto de desahogo todo abrigado y abotonado y en son de arrepentimiento les hizo la historia de su catarro. Cada uno le dio un consejo diferente, le dijeron que era una verdadera lástima y lo urgieron a que se cuidara mucho la garganta del sereno. Gabriel miraba a su mujer, que no se mezcló en la conversación. Estaba de pie debajo del re­verbero y la llama del gas iluminaba el vivo bronce de su pelo, que él había visto a ella secar al fuego unos días antes. Seguía en su actitud y parecía no estar consciente de la conversación a su alrededor. Finalmente, se volvió y Gabriel pudo ver que tenía las mejillas coloradas y los ojos brillosos. Una súbita marca de alegría inundó su corazón.

-Mr D’Arcy -dijo ella-, ¿cuál es el nombre de esa canción que usted cantó?

-Se llama La joven de Aughrim -dijo Mr D’Arcy-, pero no la puedo recordar muy bien. ¿Por qué? ¿La conoce?

La joven de Aughrim -repitió ella-. No podía recor­dar el nombre.

-Linda melodía -dijo Mary Jane-. Qué pena que no estuviera usted en voz esta noche.

-Vamos, Mary Jane -dijo tía Kate-. No importunes a Mr D’Arcy. No quiero que se vaya a poner bravo.

Viendo que estaban todos listos para irse comenzó a pas­torearlos hacia la puerta donde se despidieron:

-Bueno, tía Kate, buenas noches y gracias por la velada tan grata.

-Buenas noches, Gabriel. ¡Buenas noches, Gretta! -Buenas noches, tía Kate, y un millón de gracias. Buenas noches, tía Julia.

-Ah, buenas noches, Gretta, no te había visto.

-Buenas noches, Mr D’Arcy. Buenas noches, Miss O’Ca­llaghan.

-Buenas noches, Miss Morkan. -Buenas noches, de nuevo. -Buenas noches a todos. Vayan con Dios. -Buenas noches. Buenas noches.

Todavía era oscuro. Una palidez cetrina se cernía sobre las casas y el río; y el cielo parecía estar bajando. El suelo se hacía fango bajo los pies y sólo quedaban retazos de nieve so­bre los techos, en el muro del malecón y en las barandas de los alrededores. Las lámparas ardían todavía con un fulgor rojo en el aire lóbrego y, al otro lado del río, el palacio de las Cuatro Cortes se erguía amenazador contra el cielo oneroso.

Caminaba ella delante de él con Mr Bartell D’Arcy, sus zapatos en un cartucho bajo el brazo, sus manos levantando la falda del fango. No tenía ya una pose graciosa, pero los ojos de Gabriel brillaban de felicidad. La sangre golpeaba en sus ve­nas; y los pensamientos se amotinaban en su cerebro: orgullo­sos, regocijados, tiernos, valerosos.

Caminaba ella delante tan leve y tan erguida que él deseó caerle detrás sin ruido, tomarla por los hombros y decirle al oído algo tonto y afectuoso. Le parecía tan frágil que quería defenderla de cualquier cosa para luego quedarse solo con ella. Momentos de su vida secreta juntos fulguraron como estrellas en su memoria. Junto a la taza de té del desayuno, un sobre color heliotropo que él acariciaba con su mano. Los pájaros piaban en la enredadera y la luminosa telaraña del cortinaje cabrilleaba sobré el piso: era tan feliz que no podía probar bocado. Estaban en la concurrida plataforma y él deslizaba un billete en la cálida palma recóndita de su mano enguantada. Estaba de pie con ella a la intemperie, mirando por entre los barrotes de una ventana a un hombre haciendo botellas ante un horno rugiente. Hacía mucho frío. Su cara, reluciente por el viento helado, estaba muy cerca de la suya; y de pronto ella le llamó la atención al hombre del horno:

-Señor, ¿ese fuego, está caliente?

Pero el hombre no la pudo oír con el ruido que hacía la fornalla. Más valía así. Con toda seguridad le habría respon­dido groseramente.

Una ola de una alegría más tierna escapó de su corazón para correrle en cálido torrente por las arterias. Como el tierno calor de las estrellas, rompieron a iluminar su memoria mo­mentos de su vida juntos que nadie conocía, que nadie sabría nunca. Anhelaba hacerle recordar a ella todos esos momentos, para hacerle olvidar su aburrida existencia juntos y que reme­morara solamente los momentos de éxtasis. Ya que los años, sentía él, no habían colmado la sed de su alma o la de ella. Los hijos sus escritos, su labor de ama de casa no habían apagado el tierno fuego de sus almas. En una carta que le es­cribió por aquel tiempo, él le decía: ¿Por qué palabras como éstas me parecen tan sosas y frías? ¿Es porque no hay una palabra tan tierna que sea capaz de ser tu nombre?

Como una melodía lejana estas palabras que había escrito años atrás le llegaron desde el pasado. Deseaba estar a solas con ella. Cuando todos se hubieran ido, cuando estuvieran solos él y ella en la habitación del hotel, entonces estarían juntos y a solas. La llamaría quedamente:

-¡Gretta!

Tal vez no lo oyera ella enseguida: se estaría desnudando. Luego, algo en su voz llamaría su atención. Se volvería ella a mirarlo…

En la esquina de Winetavern Street encontraron un coche. Se alegró de que hiciera tanto ruido, pues ahorraba la conver­sación. Ella miraba por la ventana y parecía cansada. Los otros hablaban apenas, señalando a un edificio o a una calle. El ca­ballo trotaba desganado bajo el cielo sombrío, tirando de la caja crujiente tras sus cascos, y Gabriel estaba de nuevo en un coche con ella, galopando a alcanzar el barco, galopando hacia su luna de miel.

Cuando el coche atravesaba el puente de O’Connell, Miss Callaghan dijo:

-Dicen que nadie cruza el puente de O’Donnell sin ver un caballo blanco.

-Yo veo un hombre blanco esta vez -dijo Gabriel.

-¿Dónde? -preguntó Mr Bartell D’Arcy.

Gabriel señaló a la estatua, en la que había parches de nie­ve. Luego, la saludó familiarmente y levantó la mano.

-Buenas noches, Daniel -dijo, alegre.

Cuando el coche arrimó ante el hotel, Gabriel saltó afuera y, a pesar de las protestas de Mr Bartell D’Arcy, pagó al co­chero. Le dio al hombre un chelín por el viaje. El hombre lo saludó y dijo:

-Próspero Año Nuevo, señor.

-Igualmente -dijo Gabriel, cordial.

Ella se apoyó un instante en su brazo al salir del coche, y luego, de pie en la acera, dándoles las buenas noches a los demás. Se sujetaba leve a su brazo, tan levemente como cuando bailó con él antes. Se sintió orgulloso y feliz entonces: feliz de estar con ella, orgulloso de su gracia y su porte señorial. Pero ahora, después de reavivar tantos recuerdos, el primer contacto con su cuerpo, armonioso y extraño y perfumado, produjo en él un agudo latido de lujuria. Aprovechándose de su silencio, le apretó el brazo a su costado; y al detenerse a la puerta del ho­tel, sintió que se habían escapado a sus vidas y a sus deberes, escapado de la familia y de los amigos, y se habían fugado juntos, sus corazones vibrantes y salvajes, en busca de una aventura nueva.

Un viejo dormitaba en uno de los grandes sillones de ore­jas en el vestíbulo. Encendió él una vela en la oficina y los precedió escaleras arriba. Lo siguieron en silencio, sus pies pi­sando sordamente los mullidos escalones alfombrados. Ella subía detrás del portero, su cabeza doblegada por el ascenso, sus frágiles hombros encorvados como por una pesada carga, su falda entallándola ceñida. Echaría los brazos alrededor de sus caderas para obligarla a detenerse, pues le temblaban de deseo de poseerla y solamente la presión de sus uñas contra la pal­ma de su mano mantenía bajo control el impulso de su cuer­po. El portero se paró en las escaleras a enderezar la vela que chorreaba. Se detuvieron detrás de él. En el silencio, Gabriel podía oír la esperma derretida caer goteando en la palmatoria, tanto como el latido del corazón golpeando sus costillas.

El portero los condujo a lo largo de un pasillo y abrió una puerta. Luego, puso su inestable vela en una mesita de noche y preguntó que a qué hora querían los señores despertarse.

-A las ocho -dijo Gabriel.

El portero señaló para el botón de la luz y empezó a mur­murar una disculpa, pero Gabriel lo detuvo.

-No queremos luz. Hay bastante con la de la calle. Y yo diría -dijo, señalando la vela- que puede usted, amigo mío, librarnos de tan orondo instrumento.

El portero cargó con la vela otra vez, pero sin prisa, ya que se había sorprendido de idea tan novedosa. Luego, murmuró las buenas noches y salió. Gabriel pasó el pestillo.

La fantasmal luz del alumbrado público iluminaba el tra­mo de la ventana a la puerta. Gabriel arrojó abrigo y sombrero sobre un sofá y cruzó el cuarto en dirección a la ventana. Miró abajo hacia la calle para calmar su emoción un tanto. Luego, se volvió a apoyarse en un armario, de espaldas a la luz. Ella se había quitado el sombrero y la capa y se paró delante de un gran espejo movible a zafarse el vestido. Gabriel se detuvo a mirarla un momento y después dijo:

-¡Gretta!

Se volvió ella lentamente del espejo y atravesó el cuadro de luz para acercarse. Su cara lucía tan seria y fatigada que las palabras no acertaban a salir de los labios de Gabriel. No, no era el momento todavía.

-Se te ve cansada -dijo él.

-Lo estoy un poco -respondió ella.

-¿No te sientes enferma ni débil?

-No, cansada: eso es todo.

Se fue a la ventana y se quedó allá, mirando para fuera. Gabriel esperó de nuevo y luego, temiendo que lo ganara la indecisión, dijo, abrupto:

-¡Por cierto, Gretta!

-¿Qué es?

-¿Tú conoces a ese pobre tipo Malins? -dijo rápido. -Sí. ¿Qué le pasa?

-Nada, que el pobre es de lo más decente, después de todo -siguió Gabriel con voz falsa-. Me devolvió el soberano que le presté y no me lo esperaba, en absoluto. Es una pena que no se aleje de ese tipo Browne, pues no es mala persona.

Temblaba, molesto. ¿Por qué parecía ella tan distraída? No sabía por dónde empezar. ¿Estaría molesta, ella también, por algo? ¡Si solamente se volviera o viniera hacia él por sí mis­ma! Tomarla así como estaba sería bestial. No, tenía que notar un poco de pasión en sus ojos. Deseaba dominar su extraño estado de ánimo.

-¿Cuándo le prestaste la libra? -preguntó ella después de una pausa.

Gabriel luchó por contenerse y no arrancar a maldecir bru­talmente al estúpido de Malins y su libra. Anhelaba gritarle desde el fondo de su alma, estrujar su cuerpo contra el suyo, dominarla. Pero dijo:

-Oh, por Navidad, cuando abrió su tien­decita de tarjetas de felicitaciones en Henry Street.

Sufría tal fiebre de rabia y de deseo que no la oyó acer­carse desde la ventana. Ella se detuvo frente a él un instante, mirándolo de modo extraño. Luego, poniéndose de pronto en puntillas y posando sus manos, leve, en sus hombros, lo besó. -Eres tan generoso, Gabriel -dijo.

Gabriel, temblando de deleite ante su beso súbito y la ra­reza de su frase, le puso una mano sobre el pelo y empezó a alisárselo hacia atrás, tocándolo apenas con los dedos. El la­vado se lo había puesto fino y brillante. Su corazón desbordaba de felicidad. Justo cuando lo deseaba había venido ella por su propia voluntad. Quizá sus pensamientos corrían acordes con los suyos. Quizás ella sintiera el impetuoso deseo que él guar­daba dentro y su estado de ánimo imperioso la había subyu­gado. Ahora que ella se le había entregado tan fácilmente se preguntó él por qué había sido tan pusilánime.

Se puso en pie, sosteniendo su cabeza entre las manos. Lue­go, deslizando un brazo rápidamente alrededor de su cuerpo y atrayéndola hacia él, dijo en voz baja:

-Gretta querida, ¿en qué piensas?

No respondió ella ni cedió a su abrazo por entero. De nuevo habló él, quedo:

-Dime qué es, Gretta. Creo que sé lo que te pasa. ¿Lo sé? No respondió ella enseguida. Luego, dijo en un ataque de llanto:

-Oh, pienso en esa canción, La joven de Aughrim.

Se soltó de su abrazo y corrió hasta la cama y, tirando los brazos por sobre la baranda, escondió la cara. Gabriel se quedó paralizado de asombro un momento y luego la siguió. Cuando cruzó frente al espejo giratorio se vio de lleno: el ancho pecho de la camisa, relleno, la cara cuya expresión siempre lo intri­gaba cuando la veía en un espejo y sus relucientes espejuelos de aros de oro. Se detuvo a pocos pasos de ella y le dijo:

-¿Qué ocurre con esa canción? ¿Por qué te hace llorar? Ella levantó la cabeza de entre los brazos y se secó los ojos con el dorso de la mano, como un niño. Una nota más bonda­dosa de lo que hubiera querido se introdujo en su voz:

-¿Por qué, Gretta? -preguntó.

-Pienso en una persona que cantaba esa canción hace tiempo.

-¿Y quién es esa persona? -preguntó Gabriel, sonriendo.

-Una persona que yo conocí en Galway cuando vivía con mi abuela -dijo ella.

La sonrisa se esfumó de la cara de Gabriel. Una rabia sorda le crecía de nuevo en el fondo del cerebro y el apagado fuego del deseo empezó a quemarle con furia en las venas.

-¿Alguien de quien estuviste enamorada? -preguntó iró­nicamente.

-Un muchacho que yo conocí -respondió ella-, que se llamaba Michael Furey. Cantaba esa canción, La joven de Aughrim. Era tan delicado.

Gabriel se quedó callado. No quería que ella supiera que estaba interesado en su muchacho delicado.

-Tal como si lo estuviera viendo -dijo un momento des­pués-. ¡Qué ojos tenía: grandes, negros! ¡Y qué expresión en ellos…, qué expresión!

-Ah, ¿entonces estabas enamorada de él? -dijo Gabriel. Salía con él a pasear -dijo ella-, cuando vivía en Galway.

Un pensamiento pasó por el cerebro de Gabriel.

-¿Tal vez fuera por eso que querías ir a Galway con esa muchacha Ivors? -dijo fríamente.

Ella le miró y le preguntó, sorprendida:

-¿Para qué?

Sus ojos hicieron que Gabriel sintiera desazón. Encogien­do los hombros dijo:

-¿Cómo voy a saberlo yo? Para verlo, ¿no?

Retiró la mirada para recorrer con los ojos el rayo de luz hasta la ventana.

-El está muerto -dijo ella al rato-. Murió cuando ape­nas tenía diecisiete años. ¿No es terrible morir así tan joven?

-¿Qué era él? -preguntó Gabriel, irónico todavía.

 -Trabajaba en el gas -dijo ella.

Gabriel se sintió humillado por el fracaso de su ironía y ante la evocación de esta figura de entre los muertos: un mu­chacho que trabajaba en el gas. Mientras él había estado lleno de recuerdos de su vida secreta en común, lleno de ternura y deseo, ella lo comparaba mentalmente con el otro. Lo asaltó una vergonzante conciencia de sí mismo. Se vio como una figu­ra ridícula, actuando como recadero de sus tías, un nervioso y bienintencionado sentimental, alardeando de orador con los humildes, idealizando hasta su visible lujuria: el lamentable tipo fatuo que había visto momentáneamente en el espejo. Ins­tintivamente dio la espalda a la luz, no fuera que ella pudiera ver la vergüenza que le quemaba el rostro.

Trató de mantener su tono frío, de interrogatorio, pero cuando habló su voz era indiferente y humilde.

-Supongo que estarías enamorada de este Michael Furey, Gretta -dijo.

-Me sentía muy bien con él entonces -dijo ella.

Su voz sonaba velada y triste. Gabriel, sintiendo ahora lo vano que sería tratar de llevarla más lejos de lo que se pro­puso, acarició una de sus manos y dijo, él también triste:

-¿Y de qué murió tan joven, Gretta? Tuberculoso, su­pongo.

-Creo que murió por mí -respondió ella.

Un terror vago se apoderó de Gabriel ante su respuesta, como si, en el momento en que confiaba triunfar, algún ser impalpable y vengativo se abalanzara sobre él, reuniendo las fuerzas de su mundo tenue para echársele encima. Pero se sa­cudió libre con un esfuerzo de su raciocinio y continuó aca­riciándole a ella la mano. No la interrogó más porque sentía que se lo contaría ella todo por sí misma. Su mano estaba hú­meda y cálida: no respondía a su caricia, pero él continuaba acariciándola tal como había acariciado su primera carta aque­lla mañana de primavera.

-Era en invierno -dijo ella-, como al comienzo del invierno en que yo iba a dejar a mi abuela para venir acá al convento. Y él estaba enfermo siempre en su hospedaje de Galway y no lo dejaban salir y ya le habían escrito a su gente en Oughterard. Estaba decaído, decían, o cosa así. Nunca supe a derechas.

Hizo una pausa para suspirar.

-El pobre -dijo-. Me tenía mucho cariño y era tan gen­til. Salíamos a caminar, tú sabes, Gabriel, como hacen en el campo. Hubiera estudiado canto de no haber sido por su sa­lud. Tenía muy buena voz, el pobre Michael Furey.

-Bien, ¿y entonces? -preguntó Gabriel.

-Y entonces, cuando vino la hora de dejar yo Galway y venir acá para el convento, él estaba mucho peor y no me de­jaban ni ir a verlo, por lo que le escribí una carta diciéndole que me iba a Dublín y regresaba en el verano y que espera­ba que estuviera mejor para entonces.

Hizo una pausa para controlar su voz y luego siguió: -Entonces, la noche antes de irme, yo estaba en la casa de mi abuela en la Isla de las Monjas, haciendo las maletas, cuando oí que tiraban guijarros a la ventana. El cristal estaba tan anegado que no podía ver, por lo que corrí abajo así como estaba y salí al patio y allí estaba el pobre al final del jardín, tiritando.

-¿Y no le dijiste que se fuera para su casa? -preguntó Gabriel.

-Le rogué que regresara enseguida y le dije que se iba a morir con tanta lluvia. Pero él me dijo que no quería seguir viviendo. ¡Puedo ver sus ojos ahí mismo, ahí mismo! Estaba parado al final del jardín donde había un árbol.

-¿Y se fue? -preguntó Gabriel.

-Sí, se fue. Y cuando yo no llevaba más que una semana en el convento se murió y lo enterraron en Oughterard, de donde era su familia. ¡Ay, el día que supe que, que se había muerto!

Se detuvo, ahogada en llanto, y, sobrecogida por la emo­ción, se tiró en la cama bocabajo, a sollozar sobre la colcha. Gabriel sostuvo su mano durante un rato, sin saber qué hacer, y luego, temeroso de entrometerse en su pena, la dejó caer gentilmente y se fue, quedo, a la ventana.

Ella dormía profundamente.

Gabriel, apoyado en un codo, miró por un rato y sin re­sentimiento su pelo revuelto y su boca entreabierta, oyendo su respiración profunda. De manera que ella tuvo un amor así en la vida: un hombre había muerto por su causa. Apenas le dolía ahora pensar en la pobre parte que él, su marido, había jugado en su vida. La miró mientras dormía como si ella y él nunca hubieran sido marido y mujer. Sus ojos curiosos se po­saron un gran rato en su cara y su pelo: y, mientras pensaba cómo habría sido ella entonces, por el tiempo de su primera belleza lozana, una extraña y amistosa lástima por ella penetró en su alma. No quería decirse a sí mismo que ya no era bella, pero sabía que su cara no era la cara por la que Michael Furey desafió la muerte.

Quizás ella no le hizo a él todo el cuento. Sus ojos se mo­vieron a la silla sobre la que ella había tirado algunas de sus ropas. Un cordón del corpiño colgaba hasta el piso. Una bota se mantenía en pie, su caña fláccida caída; su compañera yacía recostada a su lado. Se extrañó ante sus emociones en tropel de una hora atrás. ¿De dónde provenían? De la cena de su tía, de su misma arenga idiota, del vino y del baile, de aquella alegría fabricada al dar las buenas noches en el pasillo, del placer de caminar junto al río bajo la nieve. ¡Pobre tía Julia! Ella, también, sería muy pronto una sombra junto a la sombra de Patrick Morkan y su caballo. Había atrapado al vuelo aquel aspecto abotargado de su rostro mientras cantaba Ataviada para el casorio. Pronto, quizá, se sentaría en aquella misma sala, vestido de luto, el negro sombrero de seda sobre las ro­dillas, las cortinas bajas y la tía Kate sentada a su lado, llo­rando y soplándose la nariz mientras le contaba de qué manera había muerto Julia. Buscaría él en su cabeza algunas palabras de consuelo, pero no encontraría más que las usuales, inútiles y torpes. Sí, sí: ocurrirá muy pronto.

El aire del cuarto le helaba la espalda. Se estiró con cui­dado bajo las sábanas y se echó al lado de su esposa. Uno a uno se iban convirtiendo ambos en sombras. Mejor pasar au­daz al otro mundo en el apogeo de una pasión que marchitarse consumido funestamente por la vida. Pensó cómo la mujer que descansaba a su lado había evocado en su corazón, durante años, la imagen de los ojos de su amante el día que él le dijo que no quería seguir viviendo.

Lágrimas generosas colmaron los ojos de Gabriel. Nunca había sentido aquello por ninguna mujer, pero supo que ese sentimiento tenía que ser amor. A sus ojos las lágrimas crecie­ron en la oscuridad parcial del cuarto y se imaginó que veía una figura de hombre, joven, de pie bajo un árbol anegado. Había otras formas próximas. Su alma se había acercado a esa región donde moran las huestes de los muertos. Estaba cons­ciente, pero no podía aprehender sus aviesas y tenues presen­cias. Su propia identidad se esfumaba a un mundo impalpable y gris: el sólido mundo en que estos muertos se criaron y vi­vieron se disolvía consumiéndose.

Leves toques en el vidrio lo hicieron volverse hacia la ven­tana. De nuevo nevaba. Soñoliento vio cómo los copos, de plata y de sombras, caían oblicuos hacia las luces. Había lle­gado la hora de variar su rumbo al poniente. Sí, los diarios estaban en lo cierto: nevaba en toda Irlanda. Caía nieve en cada zona de la oscura planicie central y en las colinas calvas, caía suave sobre el mégano de Allen y, más al oeste, suave caía sobre las sombrías, sediciosas aguas de Shannon. Caía, así, en todo el desolado cementerio de la loma donde yacía Michael Furey, muerto. Reposaba, espesa, al azar, sobre una cruz cor­va y sobre una losa, sobre las lanzas de la cancela y sobre las espinas yermas. Su alma caía lenta en la duermevela al oír caer la nieve leve sobre el universo y caer leve la nieve, como el descenso de su último ocaso, sobre todos los vivos y sobre los muertos.